Evocación y presencia de Salvador de Madariaga
domingo 11 de mayo de 2008, 21:17h
Días atrás tuvo lugar en la ciudad de Aquisgrán, la entrega del prestigioso Premio Carlomagno a la canciller alemana Sra. Ángela Merkel, otorgado a quienes favorecen y luchan por la integración europea. La decisión y ceremonia me han hecho recordar al primer español en recibirlo, Salvador de Madariaga, en el año 1973. Los otros españoles premiados han sido, S.M. el Rey Juan Carlos -1982-, Felipe González -1993-, Javier Solana -2007-.
En mi condición de diplomático, Secretario de Embajada destinado en Berna en 1977, tuve la suerte de conocer personalmente a D. Salvador quien con su esposa Mimí -Emilia Szekély- residían entonces en la ciudad suiza de Locarno, en el Hotel “La Palma au Lac”, donde la dirección del establecimiento había conseguido crearles un clima cálido y familiar, en un apartamento muy acogedor de sus plantas superiores.
Fue en septiembre de 1978, el día diez, si mi agenda o dietario no me falla, es decir, dos meses y pico antes del fallecimiento del escritor, cuando acudí por última vez a comer en un domingo soleado y a hora temprana con “la joven pareja”. Almuerzo, primero en la planta baja, en el comedor del hotel, después café en sus habitaciones, y aun cuando han pasado los años, recuerdo con nostalgia cómo eran siempre veladas estimulantes y animadas.
Tengo muy presente que en el transcurso de la comida, entre plato y plato, D. Salvador disfrutaba cogiendo la mano de Mimí, sobre el mantel y con qué dulzura y ternura estaban muy pendientes el uno del otro. Evocaban anécdotas y recuerdos de su último viaje y estancia en nuestro país. Observador agudo e irónico, el escritor rezumaba un antifranquismo visceral del que siempre, creo, hizo gala. De diplomático a diplomático me aconsejaba y sugería que algún día tratara de conseguir un puesto en México, país que adoraba y en donde tenía gran amistad con la familia Prieto, Carlos Prieto.
De Madrid me habló con mucho afecto de Luis María Anson y de Eduardo García de Enterría pero en donde le gustaba extenderse, a punto de llegar el postre, era en sus tesis y aspiraciones de una Europa unida y vigorosa capaz de servir de contención a los “ismos” peligrosos, sobre todo los de los nacionalismos.
Como funcionario luchador que había sido, evocaba con nostalgia sus años de Ginebra, en la Sociedad de Naciones en la que, entusiasta defensor de la diplomacia multilateral, brilló de forma excepcional. Ginebra, pero también Londres, Washington, capitales en las que, a pesar de las constantes dificultades a las que hizo frente, por sus dotes, sus idiomas, su carácter vehemente y batallador, en fin, por su condición de gallego, español y europeo “cartesiano” dejó una profunda huella.
Sabido es, y si no, conviene actualizarlo ante las nuevas generaciones, que fue también, admirable ensayista, historiador, novelista, conferenciante, biógrafo, poeta... con un “currículum” inigualable, y con una forma de entender la diplomacia, que con especial singularidad sobre su vertiente de hombre profundamente liberal, debería, creo modestamente, constituir asignatura obligada en nuestra Escuela Diplomática.
Terminado aquél almuerzo de 10 de septiembre, y a punto de despedirnos para mi regreso a Berna, se desarrolló este, para mí, inolvidable epílogo:
-D. Salvador, me olvidaba. De parte de mi Embajador, Nicolás Martín Alonso (por cierto, excelente profesional) que me lleve unas fotografías suyas, de carnet, para cumplimentar los formularios y prepararle sus pasaportes diplomáticos (al que tenían derecho como ex ministro del gobierno español).
Tras unos instantes, volvió D. Salvador de su habitación y me alargó un sobre.
-Tome, aquí van las “fachas”, con las fechas, para las fichas…