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España es una maravilla

Alejandro San Francisco
lunes 03 de marzo de 2014, 20:42h
Durante dos años he tenido el privilegio de servir como Agregado Cultural de la Embajada de Chile en España, y este miércoles 5 regresaré a mi país a las labores académicas que han sido la tarea profesional que me ha apasionado desde siempre.

Vine por primera vez a España en 1992, sólo unos días, mientras era estudiante universitario. Me encantó desde el primer momento, aunque sólo estuve en Madrid y Barcelona. Desde entonces me correspondió regresar varias veces por distintas razones: participación en encuentros de historiadores, clases en alguna universidad, presentación de libros, por turismo, a visitar amigos, a conocer alguna ciudad o pueblo que me interesaba, y ciertamente a ver fútbol. Pero esta vez fue distinto, ya que estuve más tiempo, a dedicación completa y con posibilidades insospechadas.

En la práctica pudimos comprobar que las relaciones entre Chile y España pasan por un momento excepcional, tanto por la fortaleza de sus vínculos políticos como por el significativo intercambio comercial y económico. Lo mismo puede decirse, sin ninguna vacilación, sobre el ámbito cultural, en sus más diversas expresiones, desde la educación a la pintura, desde el cine a la historia, desde la música a la literatura y tantas otras iniciativas y oportunidades que se presentan fruto de la iniciativa de los artistas y creadores, así como el respaldo de las instituciones y del propio Estado.

Sin embargo, además de lo que podríamos llamar la gestión cultural, estar en España me ha permitido conocer y querer a un país realmente maravilloso. Sé que no soy el primer chileno que se enamora de esta tierra, y con certeza tampoco seré el último. Hace ya mucho tiempo que mis compatriotas, y estoy seguro que muchas personas más, descubrieron que a lo largo y ancho de España hay gente valiosa, una cultura que se ha desarrollado con el paso de los siglos, tradiciones religiosas y seculares que han dado vida a una sociedad dinámica, tan europea como iberoamericana, igualmente tradicional y moderna.

España tiene una historia llena de logros, lo que no impide ver también sus dolores y momentos más grises, sus dificultades pasajeras. No desconozco los problemas o defectos que pueda tener el país, simplemente privilegio todo lo bueno que he vivido y conocido. Por ejemplo, conocer sus ciudades y monumentos es un placer que realmente vale la pena vivir: Granada con la Alhambra, la Mezquita en Córdoba, las catedrales en Toledo, Burgos o Sevilla, la Sagrada Familia en Barcelona, el Prado en Madrid, el Teatro Romano en Mérida, la belleza del País Vasco, las costas de Valencia, Andalucía o Galicia, el acueducto de Segovia, las casas colgantes en Cuenca, la belleza que se repite en Cantabria, el carácter histórico de Cádiz y Valladolid, las ciudades suspendidas en el tiempo como Ávila y Cáceres, la sierra de Atapuerca con sus descubrimientos, y un largo catálogo que debería acompañar a los visitantes e incluso a los residentes en España, que muchas veces desconocen algunas de estas maravillas. ¡Y cuántos lugares quedaron por conocer!

La cultura en España tiene una vitalidad asombrosa y permanente, que se refleja en diversos ámbitos: por ejemplo en una literatura que se renueva, con autores que emergen cada año y nuevas obras que se transforman en obligaciones. Mencionar algún autor siempre tiene sus problemas, pero sabemos de sobra que la tradición cervantina sigue viva en la novela, así como la poesía también pervive en la voz de nuevos creadores. Los cuerpos culturales de los periódicos mantienen al día la información y animan a leer, ir al teatro o contemplar nuevas exposiciones. En lo que se refiere a Iberoamérica resulta especialmente valioso el aporte que hacen instituciones como el Instituto Cervantes –a través de la lengua española que tiene un potencial inmenso– o la Casa de América en Madrid o su homónima en Cataluña, entre otros esfuerzos relevantes.

Llegué a España a estas funciones el 2012, cuando la palabra que más se escuchaba en la prensa y en las conversaciones cotidianas era “crisis”. Desempleo, recortes, un desánimo más o menos generalizado, momentos de crispación política, protestas sociales y otros problemas parecían dominar toda la escena y en ocasiones –como se decía en algunos análisis– impedía enfrentar el problema y derrotarlo como corresponde, por el bien de España y de su gente. Algo de eso subsiste, pero es evidente el cambio de ánimo que se percibe en la sociedad, felizmente para mejor.

Ni me corresponde ni soy la persona indicada para dar consejos sobre cómo afrontar esta difícil coyuntura. Sin perjuicio de ello, me atrevo a señalar dos cuestiones que me parecen de la mayor relevancia.

La primera, es tener la genuina convicción de que España es un país extraordinario. No solo por su historia, sino también por lo que ha llegado a ser y por las oportunidades de desarrollo que tiene hacia el futuro. Más todavía si vincula parte de su esfuerzo en las relaciones con Iberoamérica, porque la unión entre todos augura un resultado mucho mejor que las fórmulas egoístas o desperdigadas. Si somos 500 millones de personas en el mundo los que hablamos español, esa ya es una razón suficiente para evaluar cómo podemos aprovechar mejor este privilegio.

En segundo lugar, la convicción de que la riqueza y la pobreza que se da en un país son circunstancias pasajeras en la vida de los países, pero que no reside ahí la grandeza de los pueblos. Es el trabajo cotidiano, decidido, honesto y perseverante, el que labra el crecimiento económico y el progreso social; son las virtudes humanas las que cimientan el edificio social, cuyos ladrillos más importantes son las personas; es el patriotismo genuino que se define no por animadversión hacia otros, sino por amor verdadero a “mi país”, con sus logros y sus dificultades, al que se ama –así lo enseñaban los clásicos– no porque sea grande o poderoso, sino porque es propio.

Este miércoles regreso a Chile, con la tristeza de dejar un país maravilloso, aunque con la alegría inmensa de haber conocido a grandes amigos en el mundo de la cultura, el deporte, la política, la prensa o la diplomacia. Como ya lo dijo Neruda en otro momento, me voy “con España en el corazón”.
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