Cómo se escribe cuando todo el mundo escribe (y II)
José Manuel Cuenca Toribio
jueves 20 de marzo de 2014, 20:44h
“En 14 años no he disfrutado de un solo día de auténtica salud; me levantaba enfermo y me acostaba rendido, pero hacía mi trabajo sin pestañear. He escrito en la cama y fuera de la cama; he escrito con hemorragias; he escrito desgarrado por la tos; he escrito con desvanecimientos de debilidad; y, durante mucho tiempo, creo que he ganado mi envite y recobrado mi guante (…) Yo fui engendrado para un combate y las Potestades han determinado que la cama y el tarro de medicinas sean mi deslucido e ignominiosos campo de batalla.”. Cotejada con la descripción del gran escritor escocés R. L. Stevenson, la de otras situaciones terebrantes, a la hora de redactar obras del mayor calado sicológico o narrativo puede alcanzar cotas aún más elevadas de sufrimiento o angustia. En los gulash de la rica variedad de los totalitarismos de la centuria pasada, en las mazmorras medievales y en las prisiones de todos los regímenes de la antigüedad se concibió y se redactó -hecho este último insólito pero no excepcional- buena parte del elenco más aquilatado de la belleza literaria o la profundidad filosófica. ¿Son el dolor físico en grado rayano o ínsito en lo excruciante o la incomodidad extrema fuente indispensable de la creatividad artística y científica en registros muy altos de excelencia o valía? A la vista de la historia, tal vez no se tendría mayor obstáculo en afirmarlo. Boecio, Cervantes, Mazzoni, Dostoieswki o Alexander Solzhenitsyn comparecen en lugar insigne para testarlo de modo irrefragable. Mas, pese a ello, es materia tan delicada que en su análisis o comentario ha de extremarse la mesura. Otros muchos ejemplos de obras maestras en cualquier terreno de la expresión escrita i estética se alumbraron y materializaron en hogares burgueses y palacios aristocráticos y hasta en ocupaciones rutinarias y oficios burocráticos.
De especial atractivo para el cronista es la muestra aportada por un autor predilecto de sus bulímicas lecturas moceriles. Simenon se encerraba en su despacho colmado de viandas y bebidas y aislado por completo del mundo exterior hasta que el interno daba a la luz el torso y, a las veces, hasta las extremidades de la nueva criatura de su poblado y deslumbrante universo novelístico. Los bulliciosos cafés de los barrios de los artistas y la bohemia de más de media Europa asistieron -¿continúa el fenómeno?- a la botadura de ensayos, artículos y libros de superior nivel en los planos de la originalidad y el vigor. Las salas de Espera de hospitales y estaciones ferroviarias dieron en toda época ábrega temperatura a la gestación y nacimiento de obras que figurarían en la codiciada lista de los éxitos publicísticos o de envidiable ascendiente en el desarrollo del pensamiento y las ideas.
Todo lo cual equivale a decir que cualquier paisaje del ancho mundo puede dar vado a textos encumbrados ulteriormente en sitiales de honor y primacía en el gusto lector y en la sensibilidad de los críticos. Menos informados y, por consiguiente, más interesados nos hallamos frente al verdadero núcleo de la cuestión glosada en estas líneas. ¿Dónde y cuando surge el fiat de la cuestión literaria? ¿Es producto de alambicadas reacciones químicas desplegadas en el cerebro, como quieren con creciente fuerza y proyección mediática los seguidores de una corriente no siempre ni mucho menos convincente? ¿Surge espontánea y mansamente el relato literario de la tensión anímica brotada de la hiper-curiosidad o el apasionamiento intelectual que, llegado a su clímax, se desborda y fertiliza el humus en que se enraíza el acto creador? No existe comprobación fehaciente de que sea así; mas no pocos indicios se orientan por tal dirección a la hora de averiguar el punto de arranque de un poema, un editorial periodístico o una monografía histórica o jurídica. Cuántas veces se escucha al efecto de labios de autores en trance de alumbramiento “Por fin me he liberado…”. Exclamación ilustrativa innegablemente del hecho apostillado, pero de muy reducida claridad acerca de su entraña más profunda, la aquí infructuosamente buscada…
¿Pertenecerá el tema que nos ocupa a la gavilla de los asuntos trascendentes o enigmáticos que sólo se desvelarán al fin de los tiempos? No es descartable. En la espera significaría, sin duda. Una aportación de primera magnitud el acrecentamiento en cifra bien ostensible de los testimonios de la diversa fauna de los lletraferits en posesión de una experiencia bien curtida o de una bibliografía cuantiosa. La destilación de su material proporcionaría factores de discernimiento en número tal vez suficiente para asentar una sólida plataforma estudio e interpretación de la raíz última del arte y el compromiso de la escritura.