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RESEÑA

Manuel García: La sexta cuerda

domingo 06 de abril de 2014, 16:44h
Manuel García: La sexta cuerda. Hiperión. Madrid, 2014. 100 páginas. 10 €
La sexta cuerda de una viola deja en el aire una nota grave que desprevenidamente nos sacude en lo más íntimo. Así lo hace La sexta cuerda de la pluma de Manuel García. Una nota grave que nos habla del absurdo de una enfermedad como el Alzheimer, del dolor que el simple vivir implica, de la culpa inevitable, de la muerte, pero también de la amistad sencilla, de la grandeza del esclavo que lucha por la libertad, de lo sublime de una pieza de Bach o de Wagner…, de la ternura del amor, de la sencillez que encierra la felicidad. Reflexiones intemporales y eternas, como la música.

Manuel García (Huéscar, Granada, 1966; hombre polifacético entregado por igual a las letras, los libros y la música), que ya nos tenía acostumbrados a la extraordinaria calidad e intensidad de sus versos en sus anteriores volúmenes: De bares y de tumbas (2011), Manuel de cordura (2008), Poemas para perros (2008), La mirada de Ulises (2006), Cronología del mal (2002), Sabor a sombras(1999), Estelas (1995), vuelve a sorprendernos con esta obra.

El poemario se presenta dividido en cuatro cantos de 13 poemas cada uno, precedidos por un “Preludio”. Cantos que van subiendo de intensidad -temática y poética- desde un “allegro tranquillo”, en el primero, en el que recrea historias en torno a “Los libros”, hasta la gravedad del tono elegíaco del último, dedicado a la muerte de una persona que fue muy cercana pero lejana ya en el tiempo. En medio, un segundo dedicado a la música y un tercero en el que el mítico gladiador Espartaco y su lucha por la libertad son el marco para diversas reflexiones. Todos los cantos comienzan con el sonido de esa sexta cuerda que, sucesivamente, irá vibrando con “los nombres de las cosas sencillas”; con el “trino de los pájaros” y los sonidos todos del paisaje y de la ciudad”; con el “chasquido brutal del relámpago que anuncia convulsiones”; y finalmente, con la “vibración opaca de algo que sube de lo oscuro de las aguas”; y así quedan enlazados en la pieza musical común. Gracias a tan lograda estructura y presentación de los poemas, la variedad de temas y de formas que el volumen reúne -que aisladamente podrían haber parecido inconexos- conforman una unidad de sentido, que es también el sentido sin sentido que es la vida. Junto a ello, el título -muy acertado-, que es clave para la lectura del libro y que anuncia su sentido trágico, pues esa sexta cuerda es la que en una viola emite el sonido más grave, muy semejante en su acento, como saben los amantes su música, al lamento humano.

Hay que destacar igualmente el acierto de la combinación -que el volumen presenta con cuidada naturalidad- del poema en prosa con formas métricas clásicas como, entre otras, el soneto o el romance; del tono sublime de una oda con la humilde sencillez de un cantar de amigo; de la cadencia pausada y culta del endecasílabo con el ritmo popular del octosílabo; de la audacia métrica -consonancias con dobles palabras, rima en caída…- con el párrafo de buscado prosaísmo; con todas las connotaciones culturales y de lecturas -de los clásicos a las vanguardias y al momento actual- que ello implica. No hay manera más adecuada de ofrecer esos retazos brillantes y oscuros, lejanos y cercanos, alegres y tristes, trascendentes o insignificantes de la existencia humana.

“Así es la vida”, decimos cuando se nos presenta una realidad difícil de asumir, o también cuando esta hace coincidir de forma indiscriminada lo peor y lo mejor que puede darnos: “así es la vida”. Y así es este poemario en el que Manuel García -como en otros anteriores pero con más intensidad si cabe- sabe dejarnos también, junto a tanto dolor, la imagen de la fuerza incontenible que regula “el círculo cumplido de las horas: / Renacer en la flor que se estremece, / piar como el polluelo que amanece / y pasar como pasan las auroras”.

Si no hay silencio más cargado de emociones que aquel que se produce en el instante justo de acabar una pieza musical, es ese el sentimiento que dejan las palabras y los silencios de La sexta cuerda. Y entonces… “a nosotros nos falta el infinito / y nos sobra la vida cotidiana”, y nos sentimos, como se suele decir vulgarmente, conmovidos hasta el tuétano.

Por Inmaculada Lergo

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