Telma Ortiz y el derecho a la intimidad
martes 13 de mayo de 2008, 23:38h
Resulta irónico que haya tenido que ser una hija y hermana de periodista quien haya puesto el dedo en la llaga en un tema sangrante y sobre el que nadie se atreve a dar una opinión clara. La eterna disputa entre el derecho a informar y el derecho a la intimidad. La hermana de la princesa de Asturias ha denunciado a medio centenar de medios, incluyendo televisiones, páginas web y revistas, solicitando que no se tomen imágenes suyas ni de su familia, si no es en actos oficiales. Telma Ortiz se ampara para exigirlo en el artículo 9 de la Ley de 5 de mayo de 1982, que se basa en el derecho fundamental a la protección del honor, la intimidad personal y familiar y la propia imagen, establecido en el artículo 18 de la Constitución.
A la espera de saber si la jueza del juzgado de primera instancia número 3 de Toledo acepta la demanda, muchas voces han surgido dentro del gremio periodístico aduciendo que, en caso de tramitarse la causa, esto supondría un grave ataque al ejercicio periodístico, cercano a la “censura previa”. Nada más lejos de la realidad. Afortunadamente, la profesión periodística como tal -aunque lamentablemente hay casos que rompen la norma- poco o nada tiene que ver con las carnicerías al honor de las personas que se practican en muchos círculos de la llamada prensa rosa. No se puede confundir la información de sociedad, algo que la hermana de la princesa está dispuesta a asumir, con intromisión en la intimidad, acoso y, en muchas ocasiones difamación. Telma Ortiz tiene una vida privada que pretende preservar, en lugar de venderla. Nada más razonable y atendible. Que una información atraiga a un mayor número de audiencia, no es sinónimo de que esa información sea de interés público. Es decir, tratar de tergiversar el debate mezclando los intereses comerciales de algunos medios –en contenidos que se podrán considerar de espectáculo o entretenimiento, pero nunca de periodismo-, con el sagrado derecho a la libertad de expresión y el de la información, es perverso y miserable. Por el bien de la profesión periodística, y de la sociedad en general, es necesario que la diferencia entre ambas labores quede bien clara.