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"La inmersión lingüística en Cataluña: una cuestión de Estado"

David Felipe Arranz
miércoles 16 de abril de 2014, 18:29h
Dicen los separatistas catalanes que la inmersión lingüística proporciona cohesión a la región. Ya saben de lo que trata este vacile, el de la educación en cualquier asignatura en catalán como lengua vehicular, operación orientada supuestamente a fomentar el bilingüismo pero dirigida por los secesionistas a la inmediata sustitución en todas las esferas de la vida pública de la lengua española por la catalana.

En realidad, la inmersión solo potencia el uso del catalán y combate el del español, lengua universal que hablan 500 millones de hispanohablantes en todo el mundo, incurriendo responsables de educación y políticos tocados con la barretina en un grave regionalismo propio de las mentalidades más estrechas y rurales que uno pueda imaginarse. Un decirle al niño cada mañana la respuesta, sí o sí, a esa cuestión palpitante de “a quién quieres más, a papá o a mamá”.

Solo ocho familias –dicen los informes– han reclamado la escolarización de sus hijos en castellano y han denunciado al Departamento de Enseñanza de la Generalitat ante los tribunales. Familias, digámoslo bien alto y claro, que han sido estigmatizadas. Si las encuestas del CIS, SEP y DYM dicen que entre el 70 y el 91% de los catalanes quiere para sus hijos el castellano como lengua vehicular, la cosa está clara. Una omertà o ley del silencio más propia de la mafia siciliana que de una sociedad libre actúa haciendo estragos en la opinión pública. La espiral del silencio que teorizó Elisabeth Noelle-Neumann en 1977 hecha realidad apabullante en 7 millones y medio de ciudadanos, que se dice pronto. Para la socióloga, la opinión pública es una forma más de control social, una piel social en la que los individuos han de adaptar su comportamiento a las actitudes y opiniones predominantes, so pena de ostracismo. Así van vestidos ahora con la moda del idioma español las familias en Cataluña, al desgaire, no se vaya a notar que es muy “ponible”, para todo tiempo, y alguno de los boixos nois, en pleno arrebato de pureza aria, les parta la boca (o la lengua).

La ética emerge en el horizonte de lo humano cuando la consideración de lo lícito ha de superponerse a la de lo simplemente posible, cuando los límites de lo que se puede hacer han de ser vallados por lo que se debe hacer. La cuestión de la inmersión lingüística exige una fundamentación de orden moral y una apelación a la inteligencia. El progreso moral es, sobre todo, el resultado del empeño en inscribir lo factible en el círculo de lo justo.

La historia de esa forma de convivencia humana que se llama el Estado moderno es, paradójicamente, la historia del empeño de reducir lo lícito al libre arbitrio del Poder, de convencer al ciudadano de que lo justo es sinónimo de lo que al Príncipe le es físicamente posible, extendiendo sus posibilidades físicas de acción a todos los ámbitos del individuo, en especial el educativo. La lengua, en el caso de los “príncipes” catalanes, Artur Mas (CiU) y Oriol Junqueras (ERC), compañeros de hamaca pactista que han lanzado en pleno tonteo de reyes del Mambo un nuevo órdago por la independencia de la región, se convierte en ese obstáculo supraestatal, de libre uso por cada hablante, que hay que instrumentalizar y doblegar. De ese modo, el Príncipe se transforma en señor omnipotente que echa la tarde con qué les va a hacer a sus súbditos.

La hipertrofia del poder en la Cataluña separatista cañonea desde hace décadas la línea de flotación del español universal en la escuela. Los “príncipes” omnímodos y absolutos de este nuevo Estado catalán desligado de todo principio ético trascendente no quieren nada con Fernando de Rojas, Cervantes, Quevedo, Lope, Jovellanos, Larra, Bécquer, Alberti ni Cernuda. Escribe el filósofo inglés Thomas Hobbes en Leviatán (1651): “A lo que no podrá obligarme mi soberano es a pensar lo contrario de lo que me dicta la razón (but not to think any otherwise then my reason persuades me)”. Soberano es un gobierno que legisla y declara hostilidades porque tiene la facultad de guerrear; totalitario un régimen que se las declara a sus ciudadanos.

En cualquier caso, para buscar aliños semejantes hemos de bucear en el siglo XVIII, en plena eclosión del movimiento romántico alemán, cuando Johann Gottfried von Herder afirmó que los conceptos de lengua y patria eran equiparables. La pregunta es qué harán los jóvenes catalanes de hoy, educados en un totalitario régimen inmersivo y antihispanoparlante, cuando empiecen a sentir los efectos de su incapacidad de uso oral y escrito de la que también fue la lengua de sus padres y abuelos, tan propia de Cataluña como el catalán. La respuesta es fácil: que no podrán comunicarse con el resto de sus congéneres… salvo en la lengua de los llamados Països Catalans. El nacionalismo es como esa madrastrona, tan ogro, fea y castradora ella, que le dice a su hijastro cuánto lo quiere mientras le pulveriza las meninges.

Estamos ante una cuestión de Estado, aunque el Ejecutivo se entretenga más en remendarse las vergüenzas –ay, si las tuviera– de los sobres de Bárcenas. La batidora inmersiva donde el “príncipe” Artur Mas y sus hordas preparan su cóctel separatista para 2014… o se entiende metafóricamente o linda con la ilusión más lujuriante. Pero de eso sabían mucho Herder y los románticos. La lengua, hablada libremente, es más fuerte que los achaques de salón y empalmes con Viagra propagandística de Mas y sus alegres muchachos. A los hispanohablantes –catalanes y el resto– la lengua se nos empina sola.
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