Una buena noticia
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 26 de abril de 2014, 19:43h
A veces, uno tiene la suerte de poder escribir acerca de buenas noticias. Esta es una de esas ocasiones. El pasado martes se presentó en la Secretaría de Estado de Inmigración el Consejo de Víctimas de Delitos de Odio y Discriminación apoyado por más de veinte organizaciones no gubernamentales comprometidas en la lucha contra la xenofobia, el antisemitismo, la homofobia, el racismo, la islamofobia y otras formas de intolerancia. Sus primeros objetivos son abordar el Estatuto de la Víctima, que ahora se debate en el Congreso de los Diputados, y promover una Ley de Protección de Víctimas de Crímenes de Odio.
El Consejo tiene una Red de Apoyo que reúne a organizaciones vinculadas a la lucha por la dignidad, la libertad, la igualdad y los derechos humanos. A esta Red pertenecen el Movimiento contra la Intolerancia, la Red Europea contra los Crímenes de Odio, la Unión Romaní, la Federación de Comunidades Judías de España, la Red Cívica contra el Antisemitismo, la Asociación de Refugiados e Inmigrantes de Perú, la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia, la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales, la Asociación de inmigrantes Senegaleses y otras organizaciones no gubernamentales.
Digámoslo claramente. Durante años, en España se ha ocultado la realidad de los crímenes de odio. Esta es la forma más efectiva de no resolver un problema. Afortunadamente, esto está cambiando gracias al trabajo de las víctimas y las organizaciones no gubernamentales que las apoyan, los medios de comunicación y algunos políticos. El Secretario de Estado de Interior ha presentado esta semana las cifras de los delitos de odio en España. En 2013, hubo 1172 ataques a personas por sus creencias, identidad sexual u origen étnico. La mayoría de agresiones están relacionadas con la identidad sexual de la víctima. Tras las cifras hay casos de odio, discriminación, hostilidad y violencia contra discapacitados, gitanos, extranjeros, judíos, musulmanes y gente pobre, habitualmente personas sin hogar que viven en la calle.
Así, junto a las formas más tristemente tradicionales del odio contra los homosexuales, los extranjeros, los gitanos, los musulmanes o los judíos, encontramos formas de discriminación y violencia que se comienzan a catalogar y que –hasta ahora- pasaban desapercibidas. Así sucede, por ejemplo, con las personas pobres, indigentes, personas sin hogar, etc. La literatura académica lleva ya algunos años trabajando con el concepto de “aporofobia”, el odio y la discriminación contra las personas pobres aunque, a veces, sería más justo llamarlos empobrecidos, porque sufren las injusticias y las desigualdades estructurales que padece nuestra sociedad. Si usted es pobre, mujer, extranjero, homosexual, discapacitado o todo ello junto, quizás sepa de qué le estoy hablando. Si no, tal vez quiera que lo descubramos juntos.
Porque el problema de fondo es este. La invisibilidad que durante siglos han sufrido las víctimas de violencia, odio y discriminación por su identidad sexual, etnia, religión, nivel económico o nacionalidad. ¿Se agota aquí el catálogo? No, estamos comenzando a descubrir una realidad delincuencial que nos asoma a los agujeros más profundos de nuestra sociedad y nuestra Historia, el dolor palpitante de los excluidos, los olvidados, los que jamás salen en otra sección del periódico que la de sucesos.
Poco a poco, las víctimas y quienes están de su lado –y no crean que suele ser mucha gente- han ido rompiendo este muro de silencio y olvido. Han ido reclamando el espacio social que les corresponde y la visibilidad que merece su caso, que delata una de las profundas carencias de nuestra democracia: la desigualdad real de muchos. Este problema excede las diferencias políticas de izquierda y derecha y entronca directamente con las raíces de nuestra civilización, que se alza sobre el principio del valor intrínseco de todo ser humano. Cuando afirmamos la libertad, la igualdad, la democracia o el derecho que todos tenemos a buscar la felicidad, estamos afirmando al mismo tiempo que nadie es más que nadie, que todos somos humanos y eso es lo máximo que podemos ser. En eso consiste la dignidad intrínseca de la persona.
En España, asistimos al desarrollo de movimientos que –so pretexto de defender la libertad, la democracia y la igualdad- las hieren de muerte y las socavan. Quien reparte comida solo para españoles –como los ultras de España 2000 en Valencia hace unas semanas- mancilla el nombre de España y traiciona el significado de la civilización occidental. A cada persona se la debería juzgar por sus acciones y no por el color de su piel, su lugar de nacimiento ni su identidad sexual. Nadie debería ser discriminado por su fe ni por su físico. Cada vez que alguien siente miedo por llevar un velo, una kipá o un crucifijo fracasamos como sociedad. El legado de Atenas, Roma y Jerusalén –eso que damos en llamar Occidente- vincula la libertad y la igualdad como las dos caras de la dignidad humana.
Esa dignidad no admite divisiones. El antisemitismo, la islamofobia o la cristianofobia deberían conmovernos sin distinción de credos ni ideologías. Cada caso de xenofobia, de racismo o de gitanofobia debería conmovernos a todos. Cada vez que se discrimina a un discapacitado se resiente el edificio entero de la convivencia. Cada caso de homofobia refuerza al antisemita, al racista, al nazi.
El 26 de abril de 1937 los aviones de la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria fascista arrasaron Guernica. Los nazis experimentaron en España –con nuestro pueblo, sirviéndose de una guerra entre hermanos- las tácticas de combate con las que después sembrarían el terror en toda Europa. Contra ellos lucharon durante años las mejores generaciones de Europa, América, África y Asia. Los nazis y sus aliados del Eje fueron derrotados gracias al sacrificio de europeos y americanos, senegaleses y chinos, eslavos y marroquíes, cristianos, musulmanes, ateos. Contra ellos lucharon los partisanos de todo el continente. Ahí está el sacrificio del pueblo ruso: entre veintiséis y veintisiete millones de muertos. La antigua Yugoslavia perdió aproximadamente el 10% de su población. En Jasenovac, serbios y judíos encontraron el mismo destino de muerte y destrucción. Las chimeneas de Auschwitz deberían recordar a Europa el significado de la intolerancia. El desprecio de la dignidad humana jalona el camino a los campos de exterminio.
Hoy en nuestro continente, en España, en nuestras ciudades y nuestros pueblos, algunos pretenden volvernos de nuevo contra aquellos a quienes culpan de todos los males, aquellos a quienes se odia o se discrimina porque la discriminación y el odio siguen saliendo muy baratos y a menudo quedan impunes. Los nazis decían defender la civilización occidental pero, en realidad, destruyeron todo lo que Occidente debe representar. El Holocausto nos impuso el deber de no dar a Hitler y sus aliados una victoria póstuma. Hoy hay quienes reparten comida solo para unos o dicen defender la libertad de otros pero solo pretenden alimentar el odio y acabar con la libertad. Es necesario reaccionar.
Por eso, el nacimiento del Consejo de Víctimas de Delitos de Odio y Discriminación es una buena noticia.
Y por eso, esta columna lo celebra.
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Analista político
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