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Una nueva dolencia: “la austerofobia”

sábado 03 de mayo de 2014, 18:32h
Tras el reciente 1º de Mayo es posible dar carta de naturaleza definitiva a una nueva dolencia, para la cual todavía no hay a la vista receta curativa disponible. La dolencia se puede ya catalogar con claridad como: “austerofobia”. Un padecimiento que comienza a adquirir tintes de pandemia con accesos de delirios furiosos. Se trata de un nuevo modelo de enconada aversión irracional no exactamente contra un estilo de vida austero, sino más bien contra las políticas de austeridad, llevada por un visceral aborrecimiento hacia las operaciones matemáticas más simples, particularmente un ataque de rencor a las sumas y las restas. El paciente de “austerofobia” se caracteriza por una intensa repugnancia a sumar gastos y calcular los desembolsos que exige un estilo de vida. En el plano social y político, la “austerofobia” se manifiesta mediante una energuménica exigencia a las Administraciones para que gasten sin límite mastodónticas cantidades sin contabilizar los recursos económicos reales, eludiendo las odiadas sumas y restas.

La fobia de moda posee un componente psicótico según el cual los afectados llegan a ver fabulosas remesas de dinero donde solo hay arcas vacías, en un auténtico episodio delirante. La “austerofobia” lleva incorporada, también, ingredientes paranoicos, presuponiendo que cuadrar las cuentas para no gastar más de lo que se ingresa, es una maquiavélica maquinación con el fin de que los ricos estudien y los pobres desemboquen en el analfabetismo, los niños no reciban asistencia médica y las personas mayores se mueran en una extinción en masa. Pesadilla paranoica que resumen en una palabra mascullada con inquina: “austericidio”.

Se sabe que la nueva dolencia se ha gestado en centrales sindicales, organizaciones de ideología tercermundista y partidos de izquierda. El sufrimiento de “austerofobia” no se produce únicamente entre una población que ve recortados gastos gubernamentales. En los lustros de los Gobiernos de Rodríguez Zapatero la “austerofobia” operó en una sociedad de abundancia e hiperconsumo mediante dispendios frenéticos que no es justo achacar, en exclusiva, a la manifiesta incompetencia del expresidente, pues no habrían sido posibles sin el frenesí de derroche de los cargos públicos de la época y de todo su equipo de colaboradores. El total rechazo a la austeridad encontró entonces cauce a través de la solicitud de préstamos demenciales que hacían la vez de aparente cuerno de la abundancia con el que se empeñó al país hasta las cejas. Noticias de una “austerofobia” eufórica del mismo cariz nos llegaban desde el otro lado del Atlántico, en la Venezuela de Hugo Chávez, que ponía a su país rumbo a la actual bancarrota. Los mismos protagonistas de esa disparatada política de la pasada década, se autoproponen ahora a sí mismos como dueños de la clave de redención y salvadores del difícil momento por el que atravesamos, enarbolando nada más y nada menos… ¡que idéntica fórmula “austerofóbica” que nos arrastró a la quiebra!

De la “austerofobia” exultante de hace unos años a la “austerofobia” depresiva de hoy solo hay un paso. Con la diferencia de que en este instante se trata de criminalizar el sencillo acto de ajustar las cuentas y así alimentar el resentimiento, fomentar el odio e instigar a reacciones violentas en la calle, con el peligroso sueño de inducir a una explosión social de corte tercermundista que justifique el retorno de la izquierda por la vía rápida al poder. No nos equivoquemos: también existe la “austerofobia” hipócrita, una impostura interpretada con el arte del más refinado histrión. Sindicatos, partidos políticos y otras organizaciones interesados en que los euros fluyan a sus arcas sin tasa, cursos de formación con dinero del contribuyente para engrosar sus bolsillos, oenegés opacas, trileros de todos los colores y de toda la escala social profundamente deseosos de que las Administraciones no sean austeras, precisamente para que el dinero recaudado engorde alegremente sus cuentas bancarias. Siempre, obviamente, bajo el paraguas ideológico de las causas más nobles. Pero esto entraría en el ámbito de la sofisticada puesta en escena de los Tartufos del siglo XXI, en el lado más oscuro de la comedia política.

Cabe una bocanada de esperanza para hallar una cura a esta pandemia. Acabamos de ver una súbita recuperación de la salud en el presidente francés François Hollande. Después de ruidosas campañas “austerofobas” de repercusión europea, el inquilino del Elíseo ha vuelto al principio de realidad, tras golpearse en reiteradas ocasiones con quimeras inviables. A través de su jefe de Gobierno, Manuel Valls, los dirigentes socialistas del país vecino han enunciado una verdad muy simple: “Francia no puede vivir por encima de sus posibilidades”. Ni Francia, ni España, ni Alemania ni ninguna otra nación, continente, empresa, familia o persona particular. Una formulación sencilla que desencadena la furia más vesánica de los “austerofobos”. Se trata de una curación que, al fin, tiene un efecto extraordinariamente beneficioso, pues al aceptar que deben cuadrarse gastos e ingresos, el socialismo galo ha podido entrar en el verdadero debate de establecer prioridades sobre dónde ha de hacerse un desembolso de dinero público y dónde no, incrementando los controles y la transparencia. Pero parece que la izquierda española no está por esta labor.

El último 1º de Mayo en nuestro país ha servido para constatar que la “austerofobia” patológica necesita tratamiento urgente. Y la “austerofobia” basada en un cínico fingimiento, un buen tirón a las máscaras que protegen a los impostores.

Rafael Fuentes

Profesor universitario y crítico

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