El extraño circo de la Administración Pública
Ignacio Fernández Candela
lunes 12 de mayo de 2014, 20:39h
Raro sería el circo que cobrara entradas a los espectadores para que saltaran a la pista y dieran el espectáculo. Ningún espectador paga por hacer de payaso él mismo, sino que espera que sean los profesionales quienes le hagan reír. Se abona el derecho para ver al domador enfrentándose en singular batalla por el dominio ante las fieras enjauladas. Nadie paga una entrada de circo para convertirse en domesticador y afrentar a las bestias.
Pero en España todo es diferente. En este extraño circo de la política y del despilfarro de lo público, a los espectadores no sólo les cobran sino que además los obligan a actuar para que otros se monten el espectáculo a costa del sufrido y manipulado pagador. Un circo donde los que deberían entregarse asumen pocos riesgos subiendo en el trapecio al jubilado, al mileurista y al pueblo en general mermado de fuerzas y con pocas ganas de padecer más vértigo. Aquí el salto mortal corre a cuenta del público que apoquina.
Rajoy se presenta como un insólito funambulista que pretende hacer desfilar al ciudadano por la cuerda floja de la experimentación hacia la supervivencia económica. Es chocante ilusionista porque pretende los aplausos mientras otros asumen el paso en la incertidumbre. Él no arriesga absolutamente nada pero no duda en hacerlo con el pueblo más debilitado por la crisis, pretendiendo que el equilibrio nacional recaiga sobre los esforzados sacrificios de los más proclives a abismarse en el vacío. El Partido Popular se anuncia en el cartel del espectáculo pero son otros los que asumen el riesgo y llevan así ocho torturantes años del zapaterismo y otros dos de agobio fiscal; factores radicales que pueden romper la cuerda porque los extremos donde se sustenta son el gasto público. Así no hay manera de que la actuación tenga un final feliz.
El verdadero entretenimiento de los imposibles equilibrios de Rajoy consiste en un circo de piruetas económicas con tal de que la broma de las administraciones públicas siga siendo la payasada más aceptada en toda esta función. Una payasada de risa amarga porque los únicos que ríen las gracias del drama del pueblo son esas administraciones públicas que terminarán hundiendo la carpa, para descubrir que todo era una distracción con el fin de mantener el mayor espectáculo destinado a la quiebra institucional y económica.
Europa advierte constantemente sobre el saco roto del gasto público que anula toda posibilidad de una recuperación real. Sobran políticos y sindicados y por ende las cuantiosas subvenciones, fruto de la corrupción históricamente aceptada, de la que se nutre un elemento radicícola dañino y de insano carácter vitalicio.
Las contribuciones prohibitivas contra las personas chocan frontalmente con la ligereza para gastar en innúmeras vergüenzas con una administración de la riqueza abominable, lastrados a perpetuidad con una deuda creciente.
¿A quién engañan ignorando el perjuicio que causa un coste inasumible para la regeneración económica? No se puede abordar ninguna reforma sin que se incluya el gasto público. Pueden tomarse medidas laborales contra la depredación sindical que convierte en imposible la exigencia para la subsistencia empresarial y conseguir que crezca el empleo. Pueden intentar tapar los agujeros del globo fiscal por donde escapa el oxígeno de la recaudación, aunque el efecto sea contrario alentando el riesgo de la economía sumergida; pueden esgrimir una política represiva desde diversos estamentos con el objetivo de encontrar mil y un pretextos para sancionar económicamente al ciudadano y nutrir las arcas centrales, autonómicas, provinciales y municipales.
Cualesquiera medidas de presión siempre obtendrán una reacción beneficiosa para acumular ingresos, pero nada servirá si cae todo esfuerzo en el saco roto del oportunismo permanente en que se convirtió y prevalece la Administración Pública.
El Partido Popular sabe cómo atajar la crisis y lo ha demostrado con todos los factores en liza pero cuidándose mucho de no generar controversias entre los beneficiados por la subvención. Vencieron el más difícil todavía evitando un rescate al que había abocado la deleznable y desintegradora gestión del socialismo zapaterista; sin embargo, la intención de los recortes en lo público ha sido más que insuficiente.
Al director de pista Mariano Rajoy no parece importarle avivar un descontento popular. Ignora la indignación que ante las prebendas políticas clama contra la esclavización de particulares y las exiguas posibilidades económicas, manteniéndose abierto el chiringuito de la parasitación oficializada con castas aborrecibles que explotan a la ciudadanía. Un circo del desaliento y del riesgo asumido por el pueblo ante estos malabaristas del descaro que piden sacrificios desde las plazas de cómodos espectadores que no deberían ocupar.
En todo circo existe un amplio abanico de posibilidades sobre la temática en las actuaciones. En España sólo hay millones de involuntarios capaces de dar saltos mortales sin red para sobrevivir a duras penas, actuando además como payasos que solazan a unos pocos impresentables vividores de la política y el sindicalismo. En esta pista circense en que se ha convertido el país con tal de no tocar la estafa continuada de las Administraciones, sólo hay funambulistas sobre cuerdas resbaladizas y los payasos en que han convertido a la ciudadanía para que unos parásitos del trabajo colectivo se rían a carcajadas de los sacrificios ajenos. Un circo extraño y aceptado, con imprudente resignación, a sabiendas de que así no hay espectáculo que pueda continuar.
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Escritor-Crítico literario
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