Mercedes Salisachs y otras mujeres
lunes 19 de mayo de 2014, 20:59h
Con el reciente fallecimiento, a los 97 años, de Mercedes Salisachs ha desaparecido una de las escritoras en activo más longevas de que hay noticia, autora de una obra narrativa extensa y sobre cuya calidad se pronunciarán los expertos, pero que sin duda tuvo éxito y no carece de atractivos. Con ella desaparece también una de las últimas representantes vivas del extraordinario conjunto de escritoras que publicaron en España en los años de 1940 y 1950, constituyendo, además de un episodio específicamente literario, un fenómeno sociológico, o si se quiere de sociología de la literatura.
En efecto, hasta esos años de la posguerra civil no había habido en la narrativa española tan densa presencia femenina. Por supuesto que hubo una Pardo Bazán, y antes una Fernán Caballero, y después, por ejemplo, una Carmen de Burgos o Concha Espina, y otras figuras, pero no una irrupción que puede llamarse propiamente generacional como la que entonces se produjo. Mujeres, por lo general jóvenes, nacidas en los decenios de 1910 y 1920, que se asentaron como novelistas y narradoras profesionales y acreditadas. Acreditadas, desde luego, por la calidad de su trabajo y la ambición de sus temas. La que por lo general abordaron no era la misma literatura, de mucho éxito por cierto, que ya en los treinta cultivaba Concha Linares Becerra o desde el decenio siguiente Corín Tellado, ambas cronológicamente pertenecientes a las mismas generaciones y aplicadas al relato romántico de limitadas pretensiones, normalmente etiquetado como novela femenina o para mujeres. Estas otras escritoras, por el contario, de ninguna manera quisieron escribir sólo para mujeres ni sobre mujeres, y si sus personajes eran femeninos los presentaban en situaciones o envueltos en conflictos cuya dimensión y cuya comprensión quería hacerse inteligible, interesar y conmover por igual a hombres y a mujeres.
Sería difícil determinar a qué se debió esa confluencia de narradoras, el largo elenco que incluye, además de a la propia Salisachs, a Carmen Laforet, Ana María Matute, Dolores Medio, Elena Quiroga, Carmen Martín Gaite, Mercedes Ballesteros, Paulina Crusat, Carmen Kurzt, Mercedes Fórmica, Concha Castroviejo, Elena Soriano, Carmen Barberá, Concha Alós, e incluso Elisabeth Mulder, muy activa en el decenio de 1940, o Eulalia Galvarriato, tal vez las mayores del grupo. Grupo, el de las citadas, al que podrían agregarse muchos otros nombres, y allegado al azar de la memoria, sin ningún criterio de selección u ordenación. Grupo específicamente reducido a aquellas que publicaron en España y en español (aunque alguna novela de Barberá, por ejemplo, saliera en Puerto Rico), pudiendo hacerse más amplio y heterogéneo si se incluyen algunas más como María Aurelia Capmany, cuyos primeros relatos y novelas en catalán se publicaron en el decenio de 1950. Grupo de escritoras muy distintas. Sobradamente renombradas varias, con frecuencia por sólo una de sus novelas; otras semidesconocidas (pero no necesariamente de menor calidad: no será por eso por lo que cuesta encontrar el nombre de Paulina Cruset o el de Carmen Kurtz en antologías y repertorios, o por lo que se conozca tan poco “La Isla y los demonios”, la novela de Laforet de no menor categoría que su tan admirada “Nada”) Unas, realmente magistrales en alguna o varias de sus novelas; otras, voluntariosas currinches. Con extracción social y formación diferente; con posiciones y convicciones políticas distintas y hasta encontradas. Afrontando parecidas dificultades con aquella censura arbitraria y caprichosa. Varias casadas con escritores; unas con vidas matrimoniales estables, otras con separaciones y emparejamientos que por los años de mitad de siglo no encontrarían siempre fácil comportar. Con similares recursos técnicos pero personalidad bien definida, que no permite suponer que ninguna se viese directamente influida por alguna otra. Con un fondo estético común vinculado al realismo propio de la época y del que prácticamente todas partieron, pero con maneras diferenciadas de abordarlo, entre el realismo existencial y el llamado social, incluso el tremendismo.
Seguramente no hay una única razón que explique aquella irrupción femenina en la narrativa española, y seguramente sería erróneo intentarlo pensando en un fenómeno específicamente español. Aunque la mayor parte de su obra fuese algo anterior, aquellos fueron los años de mayor influencia en nuestro país de Colette, de tan decisiva participación en la feminización de la narrativa francesa, o de la sensación de Sagan, aunque su novela (o sea, la única de que hay que acordarse) no se tradujese hasta los primeros sesenta. Posiblemente tras ello haya cambios en el nivel de alfabetización del país, de acceso regular de las mujeres a la enseñanza superior, de cambios en la percepción social de la mujer culta, en los gustos y hábitos culturales de las clases medias, y otras muchas cosas. Pero entre ellas habrá de contarse, seguro, la institucionalización de premios literarios prestigiosos y razonablemente remuneradores, que supusieron para las mujeres, aunque no sólo para ellas, una vía de acceso transitable al mercado literario. Casi todas ellas ganaron o fueron finalistas en aquellos decenios del Destino, el Planeta, el Sésamo, el Cuidad de Barcelona, etc. En suma, fueron parte destacada de un panorama cultural más rico, complejo, variado de lo que se suele decir y cuyo desconocimiento actual tanto dice de la pobreza de horizontes de una cultura, o lo que sea, pagada de ignorar su pasado inmediato.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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