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El Sistema ha ganado a los antisistema

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 08:57h
La primera noticia de las Elecciones Europeas, incluida su vertiente española, daba cuenta de un asunto gravemente preocupante: fuerzas extremistas, de izquierda y derecha, incluso grupos antisistema, encontraban fuerte respaldo ciudadano. Un respaldo antagonista con la Europa en construcción que conocemos, con su distribución de partidos, con sus intereses y con su formato continental como unidad política y económica, así como potencia alternativa a otras en el mundo.

Bien, esos sentimientos y esas alternativas antieuropeas, anticapitalistas desde el casi nazismo al casi comunismo, existen. En un contexto que en algunos lugares europeos es de crisis, y en otros de perplejidad, el desparrame emocional ha dado lugar a resultados electorales francamente pintorescos. Hay cabreo por parte de los desfavorecidos, y hay cabreo por parte de quienes pagan a los desfavorecidos. Hay desconfianza hacia la financiación del Estado del Bienestar, y hay rechazo de quienes lo sufragan. Crecen fuerzas políticas que prometen el oro y el moro, y también las contrarias, las que creen que se paga demasiado oro y hay demasiados moros.

En ese panorama, hay que pensar que una idea común de Europa es francamente utópica. O, por el contrario, que ahora sí que estamos ante la posibilidad de una idea común de Europa, definitivamente integradora.

¿Qué es Europa, en realidad, hoy y ahora? Una construcción racional y no emocional, una comunidad de intereses por garantizar un modo de vida en un contexto civilizatorio común, que hasta casi antes de ayer sólo ha servido de marco para las confrontaciones internas. Un formato medio artificial de cooperación en un mundo en el que el Viejo Continente sabe que es senil, pero se resiste a morir ante las emergencias americanas o asiáticas. Y que sabe que tiene una posible cura de rejuvenecimiento si aplica para él su todavía inmensa riqueza económica, educativa, social y cultural. Si no tira todo eso a la basura, sino que se recompone, aunque sea únicamente por necesidad y no por sentimentalidad.

De acuerdo: las últimas elecciones han demostrado (como las anteriores) que los europeos no nos sentimos europeos. Que los del Norte no se sienten del Sur, y los pobres se ven explotados por los ricos, mientras los ricos están harto de pagar a los pobres.

Por eso, multitud de opciones ideológicas, desde lo extremo a lo reglado, desde lo estrafalario a lo convencional, han pujado por mostrar su fuerza en las instituciones europeas, en este caso en su Parlamento. Los grandes partidos han sufrido desgaste. Prácticamente ninguno en el Gobierno, ni en el centro izquierda ni en el centro derecha, han aguantado el tirón, y los que mejor lo han hecho (la CDU alemana y el PP español) no lo han conseguido sin dejarse jirones en la batalla. Algunos han fracasado rotundamente, como los partidos de Gobierno en Francia (socialista) o Gran Bretaña (conservador), que han quedado terceros en sus comicios. Fuerzas radicales, incluso neonazis, han ganado asientos hasta en la misma Alemania, además de Grecia. Fuerzas comunistas parecen pujantes como si el paraíso volviera a estar pintado en el Muro de Berlín, como en España o también en Grecia. Fuerzas xenófobas vuelven a desplegarse, como si la Europa del racismo, del antisemitismo, de la Reconquista, resurgiera después de décadas o siglos.

Un panorama de angustia, pues. O bien no tanto.

Porque no sé que tendrá el racional y poco pasional formato europeo, y no sé qué tendrá el aburrido sistema democrático, que despliega la misma capacidad de absorción de sus enemigos que la de los agujeros negros del espacio. Su implacable atracción gravitatoria subsume a todas las fuerzas centrífugas del Sistema.

¿Han avanzado en Europa los antisistema? En teoría, han avanzado. Han metido quizá dos centenares de escaños de los más de setecientos del Parlamento Europeo. Es decir, que los electores de doscientos diputados, muchos millones de personas, en vez de estar dispersos por las calles de Madrid o Berlín, tienen representantes oficiales en las instituciones continentales. Se han metido en el Sistema. El Sistema ha ganado a los antisistema.

En el caso español, el caso paradigmático es el de la emergente plataforma Podemos, que no se quiere llamar partido y prefiere un nombre de movimiento (franquistas y comunistas también lo prefirieron en su momento) pero que se ha inscrito en el registro de partidos para participar en las elecciones. Ahora, su líder es una estrella mediática, y tiene el problema de que cada vez es más conocido, es decir, está más bajo el escrutinio. Era mejor su marginalidad personalista, su autonomía mediática, que su aparición en las primeras páginas de los periódicos nacionales, porque mientras se desplegara en las catacumbas de iniciados, no tenía problema, como no lo tienen los maestros de las sectas. Mientras sus mensajes salieran en sus redes sociales para sus convencidos conmilitones, no había discusión. Otra cosa es que ahora, la gente ha leído su programa y empieza a saber que los nuevos Mesías y su look profético ya no pueden hacer parábolas, sino cuentas de resultados.

Durante algunos años se han formado grupos de diferentes orígenes con un lenguaje común: los partidos no nos representan. Hagamos, por lo tanto, otros. Pues bien, ya los tenemos. Nadie se podrá quejar, ni por la derecha (Vox), ni por el centro (UPyD y Ciudadanos) ni por la izquierda (Podemos). Ahora, los políticos sí nos representan. El Sistema ha cosechado un inmenso éxito. La Democracia europea ha ganado. Los partidos, los denostados causantes o cómplices de la crisis, de la desigualdad, de la pobreza, ya nos representan, porque hay alternativa entre ellos que nos libraría de la crisis, la desigualdad y la pobreza. Podemos, Syriza, el Frente Nacional francés, el UKIPA británico y compañía han legitimado el Sistema, y, además, no se conforman con estar. Quieren triunfar en él.

Es posible que lo que les preocupara a todos los partidos no convencionales era que no tenían hueco de poder razonable. Ahora lo han encontrado. Realmente, lo que querían y quieren ser es califa después del califa. Tienen todo el derecho. Si lo consiguieran, si Rosa Díez o Pablo Iglesias, o Lafarge o Tsipras o Marine Le Pen triunfaran, ellos serían la partitocracia. Pero, en fin, quizá tenga que pasar algo de tiempo.

Por el momento, hemos aventado el aburrimiento político que nos causan unos señores muy serios que tienen que hacer cuentas para ver cómo se baja la prima de riesgo, y nos lo estamos pasando muy bien con otros jóvenes divertidos que nos prometen la felicidad. Divertidos, aunque algo peligrosos, porque hay bastante agresividad, xenofobia y odio de clase, entre ellos. Pero, bueno, mientras comunistas y nazis sean minoría, el problema es controlable. Si ganaran algún día, ni les cuento. Bueno, ni les cuento ni les contaría, porque no me dejarían escribir. Pero, de momento, los divertidos y los aburridos compartirán disciplinadamente sitio en el Parlamento Europeo, por lo que difícilmente algunos podrán tomar las calles para protestar contra el modelo europeo, salvo comportamientos destinados al psicólogo.

Debajo de los adoquines está la playa, ya se sabe. Algunos descubrirán ahora que encima del bañador tendrán que ponerse un traje. Vaya chasco de revolución, oiga.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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