El digno adiós de un gran Rey
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:48h
Juan Carlos I ha presidido e impulsado el periodo más brillante y creativo de la historia contemporánea de España, a la que ha devuelto la normalidad institucional, política, económica e internacional. Justo hace ahora doscientos años, España ni siquiera firmó el Acta Final del Congreso de Viena (1814-1815) ni logró hace valer el papel relevante que había tenido en la derrota de Napoleón Bonaparte. La hasta entonces gran potencia española desapareció como casi por completo del escenario internacional y, en el ámbito interior, fue dando tumbos entre guerras civiles, pronunciamientos militares, dictaduras y cortos periodos de estabilidad política.
Tras más de siglo y medio, Juan Carlos de Borbón, acertadamente definido como “motor del cambio”, puso en marcha, hace ahora casi cuatro décadas, un imparable proceso de modernización, devolvió a los españoles el orgullo de serlo e hizo de España una referencia, en el escenario internacional pero, sobre todo, en el europeo, donde entramos con el peso y la influencia a que teníamos derecho por nuestra historia. Y recuperamos la relaciones de normalidad con las repúblicas hermanas de Iberoamérica, en las que don Juan Carlos es conocido como “el rey”, sin más, porque, de alguna manera, también lo consideran como algo propio.
Ciertamente, no estuvo solo en esa tarea. Los españoles demostraron en aquellos cruciales años de la Transición que formaban parte de una gran Nación y entendieron muy bien qué significaba, qué comportaba que todos ellos, el conjunto del pueblo español, eran los titulares de la recuperada soberanía nacional. Pero todo hubiera sido mucho más difícil, quizás muy diferente y, muy posiblemente, mucho peor sin el Rey que, el 22 de noviembre de 1975, asumió el compromiso de serlo “de todos los españoles”; que, tres años después, juró e hizo suya la Constitución de 1978 -que establece la “monarquía parlamentaria”- y que, después de otros tres escasos años, desbarató, con una enorme gallardía, la repulsiva intentona del 23 de febrero de 1981.
Juan Carlos I ha demostrado, desde el primer momento de su reinado, una exquisita sensibilidad por la pluralidad que existe en la sociedad española. Nadie puede olvidar que en 1977, cuando todavía poseía unos poderes mucho más amplios que los que le asignó la Carta Magna, se legalizó el Partido Comunista como, algo más tarde, se hizo lo mismo con ERC. Fue, en suma, el alquimista que logró lo que parecía imposible: transformar el plomo de la dictadura en el metal precioso de la democracia. Y, con tanta serenidad como contundencia, ha sido el símbolo de la unidad y permanencia de España.
En esa tarea colectiva –ahora que tanto se critica a los políticos- tuvieron un papel importante los políticos del momento, muy parecidos a los de ahora, creo que ni mejores ni peores, aunque algunas de sus positivas actitudes de entonces ahora no sean tan patentes. En aquel momento supieron anteponer los intereses de España a los suyos personales o de partido y, utilizando el instrumento del consenso, acertaron a dar a España una Constitución que, por primera vez en nuestra historia, no era la de unos contra otros, sino la de todos, porque todos contribuyeron y todos –o casi todos- la hicieron suya. El tacto de don Juan Carlos para dirigir todo el proceso, sin que apenas se notara su mano, es la prueba de su categoría de hombre de Estado, tan difícil para quien tiene como norma reinar sin gobernar.
Alguien dijo esa enorme tontería de que don Juan Carlos era “un rey muy republicano” o algo por el estilo, pero sin caer en semejantes simplezas, es evidente que se trata de un Rey que ha sabido convivir con quienes mantienen, pacíficamente, ideas distintas de las que están institucionalizadas en la Constitución, con el apoyo de una inmensa mayoría de españoles. Santiago Carrillo lo entendió muy bien y todavía recuerdo cuando, en 1977, pudimos verle en televisión mientras ondeaba tras él la bandera nacional, la de todos los españoles. Captó perfectamente lo que era el pálpito, el espíritu del momento, algo que no han sabido hacer, desgraciadamente, sus sucesores, que, víctimas de un patológico fenómeno de regresión, se han quedado enganchados en una rancia ideología que está cuidadosamente enterrada en todo el mundo desarrollado.
Se equivoca de medio a medio la muy minoritaria izquierda radical cuando saca sus entecas masas a la calle, enarbolando la bandera que presidió uno de los más tristes periodos de nuestra historia contemporánea y tratando de contraponer monarquía y democracia. Ignoran –o fingen ignorar- que la democracia llegó a España gracias al impulso del Rey Juan Carlos, a pesar de los sectores reaccionarios –aquello que se llamó el “búnker”- que trataban de perpetuar la dictadura o de aquellos otros que preconizaban el salto en el vacío, con la esperanza de ganar a rio revuelto lo que ya intuían que no iban a conseguir en las urnas.
A veces se oye a alguno de estos izquierdistas, nostálgicos del sovietismo o del bolivarianismo, elogiar a los países escandinavos, olvidando que son monarquías. El discurso de esos izquierdistas radicales de por aquí produciría carcajadas en esos países que ellos admiran por sus políticas sociales o por sus amplias libertades que, por cierto, no se practican ni se aplican en los pocos países que todavía mantienen esas ideologías, no solo superadas sino, con los totalitarismos de todos los colores, culpables de la gran tragedia que ha vivido Europa en el siglo XX.
Durante el, ciertamente, largo reinado de Juan Carlos I ha habido muchos momentos estelares, pero también otros mucho más polémicos que, con patente injusticia, algún sector carente de la más elemental generosidad ha tratado de utilizar contra su persona y contra la institución. Es inevitable que, en cualquier sociedad, existan gentes mezquinas y de estrecha visión que solo ven defectos. Cualquier análisis objetivo tiene que concluir que el Rey ha estado siempre a la altura de las diversas circunstancias y que ha demostrado una enorme dignidad y un agudo sentido del servicio a los ciudadanos y a España. No es un tópico sino una patente evidencia que don Juan Carlos ha sido nuestro mejor y más prestigioso embajador. Y que lo ha sido hasta el último momento, hasta cuando ya tenía decidida su abdicación. Este ejemplo de servicio público es el legado más importante que deja a su sucesor, el ya próximo Felipe VI, al que hemos visto crecer en edad, preparación, sabiduría y espíritu de servicio, que pronostican que será un digno heredero de ese gran Rey que ha sido su padre.
Nuestra convulsa historia del siglo XIX y del primer tercio del XX no nos ha dejado ejemplos de abdicaciones voluntarias y es de admirar la sencillez y dignidad con que don Juan Carlos ha afrontado el inédito proceso de abandonar, por su propia voluntad, la Corona, que automáticamente pasa a su heredero constitucional. Para quienes nos sentimos parte de su generación, es inevitable un sentimiento de nostalgia ante la marcha de quien nos llevó a la democracia e hizo posible nuestro reconocimiento como ciudadanos dotados de plenos derechos. Creo que la inmensa mayoría de los españoles, cualquiera que haya sido su trayectoria y su suerte personales, tendrá que reconocer que siempre tendremos una deuda de gratitud con don Juan Carlos I, a quien deseamos larga vida y todo lo mejor. No tengo ninguna duda de que la historia le colocará en el relevante lugar que merece.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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