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Tanto monta el juez Castro como Elpidio Silva

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 23/07/2014 16:15h
El juez Castro sólo se diferencia de Elpidio Silva en que el segundo fue impulsado por un sectarismo cuya manifestación evidente desembocó hacia el intento político de RED, mientras que al primero le impele una terquedad protagónica en lo personal, la ambición particular, que de tan henchido que está no puede disimularla. Ambos jueces aprovechan la demagogia para fines personales en tanto vistan la toga o se despojen de ella como es el caso del acosador de Blesa. En lo que se parecen es en el fondo verdadero e inconfesable de sendos criterios en tan extraña impartición de Justicia

Las circunstancias sociopolíticas puntuales y beligerantes con una España cada vez más divergente ideológicamente, dieron pie a Silva para encausar a Miguel Blesa y convertirlo en cabeza de turco contra la corrupción del sistema, sin cuidar modos profesionales en esa persecución descarada que le sumergió de lleno en la prevaricación por la que ahora es juzgado. Bajo la premisa de punición contra el poderoso, el juez no dudó en traspasar los límites de la ley mostrando de modo autosuficiente el empeño ideológico tras el acoso y derribo que practicó contra el antiguo presidente de Caja Madrid. Flaco favor hizo a la Justicia pretendiendo juzgar a quien denegó el derecho fundamental de la defensa, convirtiendo al imputado en víctima de la irregularidad procesal.

El juez Castro se excede de manera mucho más sutil en sus funciones de modo que sólo profesionalmente se le puede reprender, como lo ha hecho el fiscal Horrach, ante sus insuficientes y contradictorias razones para seguir adelante con la imputación de la Infanta Cristina. La dicotomía generada, república versus monarquía, ha solapado la demagogia intrínseca que conlleva la persecución, escudado el juez tras los radicalismos que censuran cualquier movimiento de la Corona. Todo es judicialmente digerible en el desgaste de la institución con el contrapunto republicanita que ansía la condena de cualquier miembro de la Familia Real.

El afán de protagonismo del juez Castro en un juzgado perdido de Mallorca, allende la península donde se gesta la importancia de las decisiones de todo el país, es parejo a la de otra juez de allí que obtuvo su momento de gloria televisiva mandando detener a un octogenario empresario cuando ya estaban comprados los billetes de avión para viajar a Mallorca dispuesto a declarar ante ella.

Estar lejos de los centros de poder no es malo pues determina la ubicación perfecta de profesionales de la Justicia que con humildad ejercen su encomiable función sin mirar de reojo otras influencias. No parece ser así con este juez Castro al que se le advierte cierto estrabismo cuando se percibe que no ha podido evitar esas influencias y celos mirando de reojo a otros magistrados con las mismas ínfulas de estrellato que gastaba, verbigracia, Garzón.

Todos estos son jueces estrellados que brillan efímeros cuando aprovechan sus funciones profesionales para arramplar con toda la ética personal que disfrazan con el criterio togado, sabiendo bien lo que hace la mano derecha como la izquierda. Imparcialidad inexistente.

Le es indiferente a Castro que el fiscal Horrach denuncie su manifiesta arbitrariedad con argumentos peregrinos para una imputación que harían avergonzarse a cualquier magistrado con mínimo decoro para la reflexión autocrítica. Castro es un juez estrella y por tanto un agujero negro donde cabe todo en la inmensa dimensión de la parcialidad jurídica con tirria a la monarquía, tan inmensa como el ego del que hace gala y no puede disimular. Lo mismo que le pasaba a Elpidio Silva, tan chulo cuando era él el que juzgaba como ahora que no cambia las actitudes fulleras al ser juzgado. Castro y Silva son tal para cual.
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