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Manrique, clave española

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 04 de julio de 2014, 20:19h
Actualizado el: 07/08/2014 18:30h

De un tiempo acá, al paso que el impulso escisionista de la unidad nacional semeja adoptar velocidad crucero, parece también que se asiste  al revival de un género literario de roborante actualidad en otras épocas. Las monografías y ensayos acerca del ser histórico español pugnan con imparable vigor por situarse en los puestos de vanguardia de las listas de los bests sellers.

 

Tal fenómeno se halla en la base misma de la búsqueda acezante de claves interpretativas de nuestro pasado, según recordábamos en artículo precedente. Velázquez, Cervantes, Gracián, Goya, Larra, Unamuno, Picasso… son algunas de las figuras que, conforme juicio unánime, atesoran mayor riqueza analítica a la hora de interrogarse por los caracteres esenciales de la cultura española, y son, naturalmente, legión los libros consagrados a bucear por las entrañas de sus imperecederas creaciones a la husma de presa tan codiciada cómo descubrir la razón o razones últimas de un biografía colectiva largamente milenaria, cuando menos.

 

            Una personalidad quizá menor en el olímpico acabado de citar encierra para el cronista una de las claves interpretativas más hondas de lo español, del conjunto básico de ideas y motivaciones que dio y da vida a la actividad de los habitantes de la península y sus dos archipiélagos como sociedad y como seres individuales. Es, en efecto, Jorge Manrique (1440-79) un autor de obligada y permanente si no obsesiva compañía para los españoles que, cerca de seis siglos más tarde de que naciera el grande, inconmensurable poeta elegíaco, quieran conocer el basamento de su cultura y la argamasa de la convivencia plural y secular de ésta en días cruciales de su formación. La fuerte e inspiradora presencia de lo tanático en el arte y la literatura españoles recibió, sin duda, un aliento decisivo con la popularización, de intensidad sorprendente e incluso increíble en una comunidad casi analfabeta hasta fechas recientes, de buena parte de las percutientes estrofas del vate palentino en su obra suprema, Coplas por la muerte de su padre don Rodrigo. La embridada mesura, el decoro bien implementado, la difícil contención en la expresión de la vivencia angustiosa más compartida y del anhelo común más universal y sin fronteras de edad ni clase entre los hombres elevan su actitud a las cimas de una admirable dignidad y sentimiento humanista.

 

            Fue la primera, como es bien sabido, la cualidad más valorada por los extranjeros de los siglos clásicos de las naciones europeas que configuraron de fond en comble la civilización occidental, en el comportamiento de los líderes del mundo en tiempos de los Austrias. Los integrantes del instrumento militar de su poderío, los soldados-campesinos de oriundez castellana de los Tercios de Flandes, tenían tan inculcada dicha creencia como los hidalgos que los comandaban. En los salones diplomáticos como en los campos de batalla y talleres de los imagineros andaluces, aragoneses o valentinos la visión de la Parca era única, uniforme y, en especial medida, creativa. Las aguas de los ríos no quedaban detenidas por ninguna esclusa, fecundando eternamente las tierras por las que cursaban…

 

            Hoy, en los antípodas de esa concepción de la muerte –y no sólo por el proceso irrefrenable de la secularización-, la estima por el modelo manriqueño permanece enhiesta y, tal vez, crecientemente admirativa. De ahí la vigencia de las Coplas…  y de su, en verdad, inmortal autor.

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