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PASO CAMBIADO

Guerra civil en la izquierda

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 09 de julio de 2014, 20:19h

La confrontación política en todas las sociedades es permanente. Más visible en las democracias y más soterrada en las dictaduras. Pero permanente. Normalmente se produce entre actores enfrentados de forma clásica, como entre las piezas blancas y las negras del ajedrez. Sin embargo, esto, ahora, no es así en España. Algo fundamental ha cambiado.

La actual batalla política está en la izquierda. Y, más que una batalla, podríamos hablar de una guerra. Civil, si sirve la metáfora.

Toda crisis lleva a la emergencia de populismos. En el norte de Europa, esos populismos tienden a expresarse en la extrema derecha. Aquí, después de la vacuna dictatorial, los populismos que mejor se digieren son los de la izquierda. Y, precisamente por eso, es en ese espectro ideológico donde se concentra la ambición de la hegemonía.

La tendencia al crecimiento de la izquierda, que siempre da soluciones sencillas a los problemas (que se resumen en que los ricos son malos y los pobres buenos) se apuntaba ya como tendencia en España antes de la emergencia de la última aportación mediática de la plataforma conocida como Podemos.

Los sondeos preveían un crecimiento de Izquierda Unida (y de otros grupos ideológicamente próximos, aunque llenos de peculiaridades, normalmente en el aspecto nacionalista). Un crecimiento que hacía abrigar esperanzas a IU, como marca ocupada en lavar la cara al Partido Comunista de siempre, de alcanzar mayor poder hasta el punto siempre soñado de superar al PSOE en la representación genérica de la izquierda.

Sin embargo, otra iniciativa populista, pero más fresca por lo novedosa (pese a defender lo más rancio de la ideología revolucionaria comunista) como la que representa Pablo Iglesias, ha entrado como elefante en cacharrería en las previsiones de reparto de poder en la izquierda. Primero, porque se ha aprovechado del aspecto casposo que tiene el comunismo tradicional, que aunque ladra mucho, en realidad es un partido del sistema, y busca moqueta siempre que le dan oportunidad, véase Andalucía. Y, segundo, y derivado de lo anterior, porque ha servido de refugio a quienes no veían forma de integrarse en la confrontación política y se movían en la periferia del sistema.

Así, mientras IU veía cerca a su adversario socialista, se encuentra con que le sale un competidor inesperado. Y, así, el discurso comunista que le servía para ganar espacio al PSOE (que ya no podía mantener la ficción de su izquierdismo estético, después del desnudo integral que le propició Zapatero) se convierte en insuficiente cuando aparece el otro comunismo competidor, más creíble para su electorado por su novedad mediática, por su estado virginal no contaminado por su historia, justo por no haber existido.

Y, además, animado por el éxito de su irrupción, Podemos se crece y no sólo se reivindica como nuevo actor político, sino que confiesa directamente que lo que busca es la hegemonía en la izquierda. Algo bastante normal para ideologías que incluyeron a Lenin.

El primer movimiento táctico de IU ha sido la aproximación a su adversario. Para ello, ha dedicado la misión a un joven diputado, de ideología indistinguible de sus interlocutores de Podemos, Alberto Garzón. Su propuesta, aún no contestada por los crecidos seguidores de Iglesias, es la coalición.

En ese escenario, caben opiniones. La apariencia es que los sectores de la izquierda buscan la unidad para acercarse a la victoria. Pero hay otra posibilidad bastante más verosímil. Izquierda Unida, es decir el Partido Comunista, ha tenido un hueco tradicional en el panorama, y ahora ese espacio está amenazado. Luego tiene que neutralizar la amenaza. Y una buena forma de hacerlo es con la unión con su competidor para diluirlo en unas siglas en las que pueda prevalecer a largo plazo la antigua organización del PCE, mucho más arraigada que la del nuevo partido con muchísima menos organización al estar basado en la espontaneidad de las redes sociales.

Si Izquierda Unida consigue la unión, podría lograr lo que en términos empresariales se llama fusión por absorción. Y esa coalición resultante sería controlada en el fondo, aunque con caras nuevas en la forma, por el comunismo tradicional.

Supongo que expertos en teoría política como los líderes de Podemos lo habrán pensado también, por lo que habrá que ver si su alternativa es justo la contraria: en lugar de abandonarse a la infiltración por el PCE, infiltrarse ellos a su vez en Izquierda Unida para quedarse con sus estructuras de poder.

Y ¿cuál es el papel del PSOE en todo esto? Su situación es delicada, porque el PSOE ha vivido de la ficción ante la opinión pública. Se apoyaba en una difusa imagen izquierdista para la galería como coartada para endulzar lo que en realidad era: un partido transversal dedicado a la búsqueda del Gobierno, sin cuestionar ni en lo más mínimo el modelo de democracia burguesa.

Por eso, su política, esencialmente la económica, es casi indistinguible de su competidor de la derecha, el PP, que, por su lado, hace exactamente lo mismo: tiene una imagen de moderación conservadora que también tiene su propia clientela, pero en nada cuestiona políticas socialdemócratas, como el Estado del Bienestar. Parece que ambos están en las antípodas, si se escucha un mitin, pero son intercambiables en lo esencial. La gran diferencia estriba en su capacidad de gestión y en sus cuadros dirigentes, lo que explica que cuando fueron sólidos en tiempos pasados, el PSOE ganara, y cuando se deblitaron, fueran derrotados.

De esa derrota, o más bien diríamos derrotas sucesivas, se deriva la actual confusión del PSOE. Pues se ha quedado sin credibilidad en la gestión, y además está perdiendo a marchas forzadas la verosimilitud de su maquillaje izquierdista.

El PSOE ya no es capaz de embridar mayoritariamente a la izquierda. No es un cadáver, pero está aquietado por su problema existencial, y por eso, los carroñeros le sobrevuelan. Se ha convertido en el enemigo a batir por el comunismo, que a su vez se disputa el espacio entre Podemos e IU (y las izquierdas territoriales independentistas, de paso).

Es un momento desagradablemente propicio para que el PSOE pierda los nervios. Puede también tener tentaciones de abandonarse al populismo izquierdista, soñando con que el acercamiento les permitiría el control de la izquierda. Lo que es inverosímil, pues muy pocos se creerían que el partido que fue de Felipe González, el que renunció al marxismo, pueda hacer prevalecer su denominación socialista frente a las crecidas huestes comunistas.

Por el contrario, si el PSOE se inspira en lo que fue, un partido de alternativa de Gobierno con sus matices igualitarios y con su respeto institucional, puede ser que tarde pero volverá a lo que fue, puesto que la España de hoy no es tan distinta en lo sociológico a la que ha sido, sino fundamentalmente en lo mediático. El electorado no se ha radicalizado tanto como aparenta la enorme cobertura pública de los sectores radicales.

El PSOE, en todo caso, está jugando con fuego. Está confiando en los modelos de democracia directa frente a los de democracia representativa, y es imprevisible el comportamiento coyuntural de las masas, pues la opinión pública es extraordinariamente mudable. Los sistemas asamblearios parecen más democráticos cuando son simplemente más manipulables. Por eso, las democracias se basan en instituciones, y por eso los partidos lo son.

El PSOE se ha volcado en la asamblea permanente. Primero, la elección directa de secretario general. Inmediatamente después, la elección de candidato electoral por primarias abiertas. ¿Cuántas pruebas han de autoinfligirse todavía para purgar sus pecados?

Necesita este partido una vuelta urgente a la racionalidad, a la estabilidad. Porque está dejando a España al albur de una amalgama de fuerzas emergentes que carecen del más mínimo sentido de la realidad, que venden paraísos en la tierra.

Quizá haya suerte, y Madina o Sánchez (porque si gana Tapias ya no hay previsión posible), puedan embridar la situación, lo que es una moneda al aire, porque ya no están eligiendo los socialistas a un dirigente probado, sino pagando el máster de líder a uno sin probar. Pero, si no tienen éxito, las termitas de la izquierda van a irrumpir en la estabilidad política, que es la económica y la territorial, de forma letal. Y aunque el PP se mantenga sólido, no puede con este reto en solitario.

Por eso, ahora la disputa derecha-izquierda está en segundo plano. Es la Guerra Civil de la izquierda de la que podemos hablar. Y no es fácil pronosticar un vencedor entre ellos, pero sí prever temibles incertidumbres para España según quien sea el ganador. Salvo que ninguno gane y simplemente se debiliten entre ellos, lo que tampoco es tan inverosímil.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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