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TRIBUNA

"Podemos" y la Facultad de Ciencias Políticas

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 11 de julio de 2014, 20:02h

Cuenta al cronista un antiguo y querido alumno que  alguien tan admirado por entrambos como el enciclopedista D. Ramón Tamames –verdadero demiurgo de la vida cultural y política desde que, más de medio siglo atrás, diera a la luz el más acreditado de losbest sellers de la bibliografía científica hispana, el, muy comprensiblemente, mítico y legendario libro La estructura económica de España- acaba de subrayar, en una de las muchas tertulias radiofónicas y televisivas de cuyo elenco más selecto y asiduo forma parte muy principal,  que en la estruendosa discusión suscitada en torno al nacimiento, morfología y objetivos del movimiento social “Podemos” se olvida con frecuencia el mínimo porcentaje que, en el universo universitario español, representa la Facultad de Ciencias Políticas madrileña .

Relata refero… Pero resulta extraño que tan buido personaje haya planteado su inusitado influjo en términos numéricos, sin atender, por consiguiente, a las parcelas más sustantivas del fenómeno. Por lo demás, él es, como demuestran sus eutrapélicas y un poco decepcionante Memorias (-menos en el terreno literario, tan bien roturado siempre por su envidiable esteva-), un excelente conocedor de las vicisitudes del centro, erigido en un principio a manera de escuela de dirigentes del régimen franquista.

En el recorrido último de la guerra mundial el Instituto de Estudios Políticos se convirtió en el auténtico vivero de la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas – inaugurada  en febrero de 1944-, dirigida en sus comienzos por el tercero de los directores del Instituto, el catedrático de Derecho Internacional Fernando María  Castiella, una vez regresado de su experiencia bélica en los campos de Rusia como soldado de la División Azul. Dada la notable cualificación del claustro fundacional, no fue sorprendente que desde su puesta en pie el flamante centro gozara de una elevada estima y atrajera, pese al subido listón de su exigencia, a buena parte de los universitarios más vocacionados y capaces de todo el país. No obstante lo azulado de su fachada oficial, los saberes heterodoxos no tardarían en cultivarse en su recinto de manera más o menos esotérica, lo que acrecentaba su atracción cara a muchos de los iniciados en sus materias y hasta los cripto-conversos. Necesitado con perentoriedad de cuadros para implementar su política económica –aún dentro de cauces autárquicos-, el funcionamiento de la Facultad recibió los aplausos de los jerarcas de la dictadura, dotándola de plausibles recursos de la general indigencia presupuestaria del Estado de la época.

Peor prensa tuvo sin duda la Facultad desgajada de la referida. También aquí el alguacil saldría alguacilado, ya que si de la Facultad de Económicas cabría decir que en su primera hora nutrió su profesorado de los integrantes del Instituto de Estudios Políticos, con más énfasis podría afirmarse de la de Ciencias  Políticas, reducida en su arranque a una delegación del Instituto. Los más reputados de sus docentes –José Antonio Maravall, Luis Díez del Corral, Carlos Ollero,  Salvador de Lisaguirre- se reclutaron, en efecto, entre los antiguos miembros de dicho centro, cursando igualmente su carrera afiliados a la Falange, no pocos de entre ellos en fase desmovilizadora o en proceso de conversión. Dos generaciones más tarde, con la Transición ya en marcha, resultaba casi imposible encontrar algún componente de los estratos medios y superiores de los partidos ideológicamente avanzados no intubado por la madrileña Facultad de  Ciencias Políticas y Económicas. En ella se ubicó la retorta de las elaboraciones doctrinales que cimentaron a los sectores ideológicos de izquierda. Fue, pues, la Facultad mencionada el laboratorio-madre de la doctrina marxista de mayor empleo en la vida cultural del tardo-franquismo y de la Transición. Tan fuerte implantación  no puede comprenderse más que a luz de un fenómeno originado también las aulas de “Políticas”, cada año con mayor matriculación de alumnos y principal masa de maniobras a manera de brulote de las espectaculares huelgas de la Complutense a lo largo de un decenio.

A la vista del éxito de la empresa se comprende el carácter casi epopéyico que en los recuerdos de ciertos de sus protagonistas reviste el aludido fenómeno. La aleación entre la mentalidad progresista, de raigambre y tenor herederos por vía directa de la Ilustración, y el pensamiento marxista, de troquel y vitola hegelianos, se llevó a cabo de manera impecable en varios de los departamentos de la Facultad madrileña en un periodo extendido aproximadamente entre el ingreso de España en los grandes organismos internacionales y el despegue desarrollista. Los principios dieciochescos del progreso indefinido, la división de poderes como fundamento del Estado de Derecho y garantía de las libertades; el valor de la utopía; la crítica del fundamentalismo religioso, y, en fin, la superioridad moral ab initio de las fuerzas anticonservadoras sobre las de la tradición se amalgamaron e imbricaron sin confusión con los del marxismo doctrinal y dialéctico, con la oposición común al capitalismo y la fe compartida en un futuro de perpetua felicidad para el género humano, una vez vencidos definitivamente los resabios de la reacción. Ideario, bien se entiende, en nada  diferente al de la totalidad de las sociedades occidentales, pero con ciertos rasgos peculiares de innegable importancia, como en parte ya se ha expuesto más atrás. La lucha contra la dictadura y la impronta de algunos rasgos de la personalidad histórica española –negada de consuno por el cosmopolitismo y universalidad de la ideología ilustrada y la marxista- aportaron al discurso así conformado un mesianismo obrero y un  implacable, rectilíneo e hipertrofiado sectarismo político e intelectual sin paralelo posible en las colectividades mencionadas. El combate contra el franquismo legitimaba cualquier acción. El fin justificaba los medios, tesis opuesta per diametrum a cualquier mentalidad democrática y liberal. Explicable en términos bien relativos en determinadas circunstancias, tal talante, brotado innegablemente de un fondo de violencia latente en la vida nacional desde un siglo atrás, se mantendría inercial o deliberadamente arrumbada la dictadura y adentrada la nación en la  venturosa senda democrática.

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