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TRIBUNA

Mal comienzo

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 21 de julio de 2014, 20:37h
Actualizado el: 21/07/2014 21:35h
Nadie parece dudar de que la presente situación del PSOE es uno de los más serios problemas que actualmente existen en la política española. Sabemos del extenso desafecto por las instituciones y por los partidos, en general, y comprendemos el amplio descontento de quienes han padecido –y aun padecen- las consecuencias de una crisis que solo ahora empieza a quedar atrás. Pero sobre este telón de fondo, la cuestión del PSOE se destaca por su relevancia, porque afecta a uno de los dos partidos capaces de gobernar a nuestro país y que es, por ello mismo, un pilar básico del sistema político. Y no es solo un problema de liderazgo, que también, sino, sobre todo, de identidad, en el sentido de que ni sus dirigentes, ni sus votantes, ni, por lo tanto, los ciudadanos, parecen tener claro qué significa el PSOE en este momento político, cuál es su papel y qué se puede esperar de él en el presente y en el inmediato futuro.

En este contexto –que no sería muy exagerado definir como desalentador- la reciente elección de un nuevo secretario general y las expectativas que suscita su próximo congreso no parecen ni clarificadoras ni estimulantes. No sé muy bien porqué –ya que personalmente no llegué a encontrar diferencias significativas entre los dos candidatos a los que se atribuían mayores posibilidades de ser elegidos- los medios se empeñaron en etiquetar a Pedro Sánchez, que finalmente saldría elegido, como de centro-izquierda, mientras que Madina, sería izquierda-izquierda, por no decir izquierda radical. Los mensajes del primero fueron muy confusos y lo han seguido siendo después de su elección. Y el propio interesado cuando se refiere al centro, solo la falta decir “vade retro”.

Las “navegaciones” de Sánchez en el tema catalán, por ejemplo, han sido muy notables y han llegado a su punto culminante en el discurso que ha pronunciado en la clausura del congreso del PSC. Un acto que, visto desde fuera, fue una auténtica ceremonia de la confusión, no solo por lo que le oímos a Sánchez, sino también por lo que dijo el nuevo “primer secretario” del PSC y la propia presidenta de la Comunidad Autónoma de Andalucía, presentada a veces como “guardiana de las esencias” pero que, como los otros, cae en las más flagrantes contradicciones cuando quiere conciliar lo inconciliable, porque no se puede satisfacer al mismo tiempo a sus compañeros catalanes, partidarios de la consulta, cuando no de la autodeterminación, pura y simple, con lo que piensan sus votantes del resto de España.

Los socialistas deberían recordar lo que Alcalá Zamora le dijo a Cambó, en el Congreso de los Diputados, en una fecha ya tan lejana como el 10 de diciembre de 1918:”No se puede ser a la vez Bolívar en Cataluña y Bismarck en España”. Es un hecho que demuestra que algunos, en noventa y seis años, ni han cambiado nada ni han aprendido nada. No deja de ser sorprendente que estos jóvenes socialistas solo se sientan a gusto con lo más rancio y superado de su añeja ideología. Y no deja de ser notable que las imposibles pretensiones de un hombre tan a la derecha, como era Cambó, sean ahora las de los jóvenes de la izquierda oficial.

Sánchez rizó el rizo de una bisoñez rayana en la más capital impericia cuando dio la orden a los eurodiputados del PSOE de que votaran en contra de la candidatura de Juncker a presidente de la Comisión Europea. Se metió en esa ocasión en un jardín que no le correspondía. En primer lugar, porque, propiamente, no era todavía secretario general, como el propio Rubalcaba ha recordado indirectamente, por lo que es discutible que pudiera dar órdenes de tamaña transcendencia. Podría haber consultado con sus colegas en Estrasburgo, podría haber valorado pros y contras y, en todo caso, debería haberse sometido al juicio de los que están sobre el terreno y conocen mejor de qué iba la cosa. Podría incluso haberles pedido que atendieran al discurso de Juncker antes de pronunciarse, porque votar en nombre de la lucha contra el “austericidio” contra un futuro presidente que anuncia un presupuesto de 300.000 millones de euros para programas similares a los que propician los socialistas es, más bien, hacer el ridículo y ponerse en evidencia.

En segundo lugar, su desordenada orden, obligó a los eurodiputados del PSOE -que en el Parlamento Europeo forman parte de un grupo parlamentario “multinacional” denominado “Socialistas y Demócratas”- a incumplir, frívola y deslealmente, con un pacto escrito al que había llegado ese grupo parlamentario con los otros dos grupos principales, populares y liberales. Se trataba de buscar la estabilidad de las instituciones europeas y de impedir que los extremistas y eurófobos marquen la agenda del Europarlamento. Sánchez, con su extravagante superficialidad, ha obligado a los eurodiputados del PSOE a alinearse con esos mismos extremistas y eurófobos. No puede extrañar que la señora Valenciano se pusiera oportunamente enferma el día de la votación, ni que un socialista tan sólido como Ramón Jáuregui expresara públicamente su amargo descontento.

Toda esta peripecia suscita serias dudas acerca de los supuestos conocimientos europeos de Sánchez que figuran en su curriculum. Si tales conocimientos existieran, no se le habría ocurrido decir esa solmene tontería, respondiendo al PP, de que lo que preocupa en Bruselas son las supuestas manipulaciones estadísticas de la Comunidad Valenciana, mucho más que su poco presentable fechoría parlamentaria. A ese mismo género de demagogia política, dedicada a engañar a los ciudadanos, tomándolos por cretinos, pertenece esa otra repetida salida de Sánchez según la cual “no pactará con el PP ni aquí ni en Bruselas”, de la que ya no hemos ocupado en esta columna. Aquí, por supuesto, hará lo que le parezca oportuno y lo que haga solo servirá para mostrar, positiva o negativamente, su sentido de Estado. En Bruselas, los socialistas europeos ya han pactado con el PPE y lo seguirán haciendo cuando sea necesario. Y vista su actitud, ni le preguntarán a Sánchez su opinión. No será eso, en todo caso, un buen servicio a España.

No se entiende muy bien, la verdad, la manía que les ha entrado a los del PSOE con su deseo de hacer un Estado federal, previa reforma de la Constitución. Ya nos hemos ocupado aquí (7/10/13) de su documento “Hacia una estructura federal del Estado” que aprobaron hace un año en Granada. Dicen allí que nuestro Estado es “de claro corte federal” y que funciona de acuerdo con “los principios federales”. Si ya somos federales –y lo somos en no menor sentido que, por ejemplo, Alemania- ¿por qué meterse en todo el lío de una innecesaria reforma constitucional y para la que es dudoso que haya un amplio consenso? ¿Por mor de la palabrita en cuestión, “federal”, que parece que a los socialistas les pone? ¿Creen acaso que con eso iban a convencer a los separatistas catalanes que verían en el federalismo un nuevo instrumento para igualarlos con las otras comunidades y mantener este “abusivo centralismo que padecemos”? ¿O es que con el pretexto federal de lo que se trata de meter de tapadillo una confederación que haría de Cataluña un Estado a parte entera hasta que, supuestamente, maduren los tiempos y puedan optar a una independencia total?

No quedarían ahí las incoherencias del PSOE y de su nuevo líder, pero tiempo habrá de abordarlas. Pero no se puede dejar de mencionar su manía laicista, que demuestra un pobre entendimiento de lo que significa el laicismo porque, el suyo, no es el sano laicismo que, por ejemplo, establece la Enmienda 1ª de la Constitución de los EE UU, sino aquel otro, rabiosamente anticristiano pero complaciente con cualquier otra confesión, que está en la línea del viejísimo y volteriano “Aplastad al Infame”. Por ahí, el señor Sánchez me parece que no va a ninguna parte. Y no deja de ser notoria otra de sus últimas ocurrencias. Ha dicho también en Hospitalet que en cuanto llegue al Gobierno (?) derogará la reforma del mercado de trabajo. Y lo dice no solo cuando ya es perceptible el positivo efecto contra el paro de esa reforma, sino cuando el TC acaba de sentenciar que esa reforma es plenamente constitucional, en contra de lo que mantenían los socialistas. Poner los intereses de España, por encima de los de su partido, es una lección que todavía muchos no han aprendido.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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