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TRIBUNA

El honor del Ejército alemán

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 25 de julio de 2014, 20:18h
Actualizado el: 25/07/2014 20:46h

De entre las leyendas de más alta trascendencia histórica tejidas ante los ojos mismos de los coetáneos figura en muy primer lugar la que hace de la Wehrmacht la longa manu en los campos de batalla del régimen nazi. Entre otros muchos méritos formales y mediáticos, hay que atribuir a ésta y otras varias de la misma relevante índole el indudable mérito de haberse afianzado contra pruebas múltiples de la evidencia y el sentido común. 

          Por el contrario, entre los forjadores de la Wehrmacht y los jerarcas hitlerianos existió siempre entre 1933-45 todo un mundo de mores y usos, códigos éticos y pautas sociales, memorias y creencias que jamás desapareció, y aun ni tan siquiera se redujo considerablemente durante los años en los que el viento de la historia sopló más favorable a la identidad y cohesión más estrechas entre las diversas clases y estratos de la nación germana, retornada al liderazgo mundial en los inicios de su episódico III Reich. Era esa misma historia la que marcó rígida e indeficientemente una barrera infranqueable entre el cuerpo de oficiales del ejército alemán y el credo nacionalsocialista y sus artífices y agentes principales, el Fürher a la cabeza. Ninguna pluma describió mejor ese abismo infranqueable que la de un reputado estratega –Von Manstein-, conspicuo ejemplo él mismo de todas las excelencias que hicieron de la Wehrmacht la más perfeccionada arma terrestre del arte militar de todas las épocas, al paso que testimonio insuperable en el plano personal de la reluctancia de sus cuadros hacia la organización par-estatal de las SS, en especial, frente a sus milicias y unidades: “El que iba a ser comandante del Grupo de Ejércitos del Sur, coronel general Von Rundstedt (…), era hombre que al punto captaba el nervio de los problemas y que en vez de embarazarse con minucias que desdeñaba, se entregaba enteramente al estudio y solución de los aspectos fundamentales. Personalmente era lo que solemos llamar un caballero a la vieja usanza, con un estilo y unas maneras que desdichadamente van desapareciendo, por más que tuviesen la virtud de embellecer la vida. Tenía, indudablemente, charme el coronel general, hasta el punto de que el mismo Hitler se rendía a esta su distinción. Se diría, en efecto, que le había cobrado una afición sincera: Y lo sorprendente es que, aun después de haberlo recusado por dos veces, parecía subsistir algún destello de aquella simpatía. Acaso tenga esto su explicación en la suposición de que Hitler reaccionaba ante Rundstedt bajo la imponderable impresión de hallarse en presencia de un hombre de otros tiempos para él incomprensibles, de otros tiempos a cuyo ambiente y tono él no había tenido acceso nunca”. (Victorias frustradas. Barcelona, 2006, pp. 43-4).

       Pese a acciones específicas –algunas, sí, de singular relieve- a cubierto o amparadas por ciertos elementos castrenses –generalmente, juveniles-, las matanzas, masacres y lances de terrorismo puro y duro contra los miembros más activos de la heroica resistencia civil rusa nunca contaron con el asentimiento o la complicidad efectiva de los mandos de la Whermacht, para los que la invocación y recuerdo de Gneseinau, Von Molke trazaron la hoja de ruta de su comportamiento, por encima de directrices y consignas partidistas y politizadas, ajenas al talante y conducta de la inmensa mayoría de los miembros del Estado Mayor, que velaría en cualquier coyuntura por preservar el legado de honor de sus antepasados. En un régimen que suscitó casi hasta su final el respaldo inconmovible de la sociedad, los mandos de sus fuerzas armadas mantuvieron permanentemente el norte de una misión y una actitud fraguado en siglos de entrega al duro oficio de la guerra, sólo explicable y justificable como extremo recurso de la política de gobiernos legítimamente constituidos. Que ello fue así, quizá nada lo evidencie mejor que el rechazo -no siempre encubierto- que recibieran del lado de sus compañeros los generales y mariscales más próximos a las posiciones o inclinados por la simpatía a la dictadura nazi, como, verbi gratia, el muy popular E. Rommel.

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