Esta columna pretende abordar la cuestión de “la bomba Pujol de efecto retardado” e, inicialmente, el título iba a ser algo así como “El honor perdido del muy honorable presidente”, pero de inmediato caí en la cuenta de que, para perder el honor -como cualquier otra cosa, cualidad o atributo- es preciso estar, previamente, en posesión del mismo. Y a la vista de cuál y cómo ha sido la trayectoria de esta persona, abrigo intensísimas dudas de que haya poseído en algún momento tan preciado atributo. Recordé entonces una famosa frase de Churchill sobre Rusia (“un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”) y me pareció que, con una cierta adaptación, convenía mejor como descripción de lo que ha sido-y, en buena medida, sigue siendo- todo el elaborado y engañoso montaje del nacionalismo catalán así como la peripecia personal desu sumo sacerdote y supremo fullero, Jordi Pujol Soley.
La noticia conocida apenas hace una semana, ha sido, ciertamente, un bombazo, aunque me parece mucho más discutible que pueda considerarse una sorpresa. Seguramente no ha habido nadie en la política española, desde aquellos lejanos años de la Transición, que haya sabido hacer un uso más astuto y acomodaticio de la piel de cordero, como Pujol, siempre con sus intereses personales –y los de la famiglia- como norte inalterable. Me sorprende que algunos veteranos “analistas” se queden ahora boquiabiertos ante el notición, que es cualquier cosa menos novedoso. Y ni siquiera los más jóvenes se podrán sentir extrañados, a poco uso que hayan hecho de las hemerotecas.
Personalmente creo –y estoy más que seguro de no ser el único- que al menos desde el asunto de la fraudulenta quiebra de Banca Catalana quedó en evidencia la calaña del personaje. Su supuestamente escandalizada reacción ante aquel turbio incidente que era abordado en sede judicial, su discurso desde el balcón de la Plaza de Sant Jaume y su teatral arrebujamiento en la bandera catalana,fueron un fallido intento de justificar lo injustificable. Y hay que reconocer, sin embargo, que, por el momento –un largo momento-logró un notorio éxito, pues dejó establecido como dogma indiscutible que cualquier crítica contra él mismo o su entorno inmediato era un brutal e inaceptable ataque a Cataluña. Y lo curioso es que parecieron aceptar la indigerible patraña, los de aquí y los de allá, en una bochornosa operación de pleno encubrimiento, que nadie ha explicado todavía. El bombazo se produjo entonces, aunque sus efectos más patentes se vean ahora, más de treinta años después.
Y no solo eso. A pesar de todo y gracias ese encubrimiento, Pujol logró convertirse en el político modelo de la naciente democracia. Hasta se le llegó a considerar como hombre de Estado, aunque nadie aclaró a qué Estado se referían. Se montó en el mito de la “gobernabilidad” y muchos creyeron –o, al menos, eso decían- que Pujol era la pieza clave para que la democracia funcionase. ¡Lo que le ha costado a España la gobernabilidad de Pujol! Astutamente ocultaba sus últimos fines pero, de vez en cuando, sus objetivos quedaban paladinamente a la vista. Nacionalismo e independentismo son, en definitiva, causa y efecto, y aunque el lobo se enharine la patita sus intenciones acaban quedando a la intemperie.
La astuta identificación entre el líder y la entidad territorial que presidía –con rancias resonancias de “El Estado soy yo” de Luis XIV, del franquista “solo nos critican los de la Anti-España” o de la hitleriana fusión entre el Führer y el Reich- exhibía sin complejos y sin la menor duda la naturaleza totalitaria de todo nacionalismo. Nunca el nacionalismo aceptará de buen grado el pluralismo porque, por definición, quienes no aceptan el dogma nacional son excluidos y excluibles. Y hasta, si es preciso, se va al notario –como sabe muy bien el señor Mas- para que quede claro que jamás se pactará con quienes no reconocen ese dogma, pues son una mezcla repugnante de traidores y apóstatas.
Como demostraron los estudiosos del totalitarismo, desde Guiglelmo Ferrero a HannaArendt, y tantos otros, en las sociedades donde impera esa permanente tentación totalitaria, el miedo es el aire que se respira. Y ese ha sido el caso de la Cataluña pujoliana, con unos medios de comunicación controlados directa o indirectamente por el poder, incapaces de alzar la voz y de criticar o, simplemente avisar, de los errores y de los abusos. Con unos empresarios incapaces incluso de defender abiertamente sus legítimos intereses por el temor a la imprevisible y siempre temible reacción del poder. Con una sociedad incapaz de desviarse de la doctrina oficial que se impone callada pero eficazmente, sin violencia física, sin recurrir a ese medio brutal que es el terrorismo porque se logran los mismos resultados “encadenando el alma”, como explicaba Tocqueville. No hay un ejemplo más cumplido y completo de la espiral del silencio, que amordaza a las mayorías y las vuelve dóciles y pastueñas, como la Cataluña del nacionalismo.
El aborregamiento de la sociedad y la pestilente corrupción de los gobernantes se entrelazan en la sociedad nacionalista en un indesatable nudo gordiano que impide constatar dónde termina la avaricia y empieza la coacción política. Pero todo el mundo lo sabía, aunque todos lo callaban. Por eso fue también un bombazo –corría el 2005- cuando Pascual Maragall, entonces presidente de la Generalidad, le dijo al entonces líder de la oposición, Artur Mas, en sede parlamentaria: “Ustedes tienen un problema que se llama tres por ciento”. El escándalo fue enorme porque, como en el famoso cuento medieval, era proclamar a voz en grito que el rey estaba desnudo. Todos lo veían pero todos preferían callar: el miedo, los pactos inconfesables o, quizás, las dos cosas.
Este entrelazamiento entre lo público y lo privado –otra característica de las sociedades cuasi-totalitarias- explica el escepticismo con que se han acogido los intentos de Artur Mas de catalogar todo el asunto como puramente personal o familiar, poniendo a salvo al partido y a sus planes separatistas. No creo que nadie se atreva en la presente situación a adelantar cómo va a evolucionar todo este sucio asunto, porque el delincuente (presunto, por supuesto) no es un miembro más o menos distinguido del partido sino su propio fundador, su inspirador, su deus ex machina, su demiurgo el que acaba de confesar públicamente su condición de persistente evasor fiscal que no ha tenido un solo instante en más de seis lustros para remediar sus desafueros. ¿Cómo no pensar que quién tanto ha mentido, sigue mintiendo ahora? Algunos hablan de refundar al partido, pero la refundación es una operación noble y CiU se enfrenta ahora con algo muy distinto, similara aquel trabajo de Hércules, cuando limpió los establos de Augias, que rebosaban de basura porque nunca pasaban por allí los barrenderos.
Abusivos intereses personales y planes políticos casan a la perfección. ¿Cómo evitar que nos controlen los ajenos? Convertirnos nosotros mismos en nuestros controladores, con “nuestra” propia agencia tributaria, “nuestro” propio poder judicial. La vía directa para alcanzar esos objetivos es la independencia. Quiscustodietipsoscustodes? Se preguntaban los romanos con Juvenal. Nosotros somos nuestros propios custodios, nuestros propios vigilantes, nuestros propios controladores. ¿No es genial?