Poco o nada simpático, despreciado con ahínco por la generalidad de la opinión pública creada por los principales medios de comunicación del país entonces y ahora más mediático del mundo, “perfecto villano” de la tragicomedia de su tiempo, a Richard M. Nixon se debe, sin embargo, por mucho que cueste el admitirlo, uno de los más grandes monumentos oratorios de su época, coincidente, a trazos gruesos, con la historia occidental del siglo XX. Esos “milagros” o formidables sorpresas se dan, en efecto, en el transcurso del devenir humano y provocan también la fuerte extrañeza de quienes asocian con demasiada rapidez bondad e inteligencia, riqueza moral y excelso talento.
En este mes de agosto –y en su día noveno- se cumple casi medio siglo -40 años exactamente- del abandono forzoso de la Casa Blanca por Nixon, a causa del impeachment provocado por el célebre –celebérrimo, por mor del inmenso poder de la prensa en las naciones auténticamente libres- escándalo del Watergate, vinculado de modo muy estrecho al espionaje parlamentario, de sostenida presencia incluso en las democracias más avanzadas, según testifican ad satietatem las crónicas de actualidad.
Al mediodía del 9 de agosto de 1974, en el ecuador de su segundo mandato, el ya expresidente pronunció, en el hall de la Casas Blanca y ante el staff de ésta, un discurso que pasaría con la más alta calificación todas las exigencias y requisitos que los retores de la Antigüedad y los modernos maestros de la elocuencia pública colocaron, y, cada vez más desvaída y escépticamente, continúan haciéndolo, como indispensables para que –a la manera catalana- un parlamento o un Speech oficial merezcan enaltecimiento y susciten segura y sincera admiración. Y, ciertamente, todo el breve texto semeja haber experimentado la labor de lima y cincelado más alquitarada, sin que por ello –obra sólo de un artista o de un genio de la palabra oral- sus párrafos adolezcan de un mínimo de formalismo o tiesura. Pues, justamente, la emoción contenida, el énfasis soterrado constituyen piezas vertebradoras del discurso, al igual que la insuperable dosificación de intimidad y privacidad, oficialismo y grandeur, escapada al yo –“my days (en el famoso Despacho Oval) usually have run rather long”- y a los escenarios más simbólicos del poder.
Sin eclipsarse por entero, el siempre reluctante “yo” aparece como pilar básico de la admirable implementación de su arquitectura, conforme era natural y casi inevitable, pero en todo momento sugerido y “esfumato”, sin perfiles disonantes ni en exceso egocéntricos. Confidencias, evocaciones, recuerdos, juicios y sugerencias sobre la trayectoria personal y pública de quien fuese –ora como vicepresidente, ora como mandatario supremo- uno de los políticos con mayor conocimiento y bagaje factual de la Norteamérica “profunda”, se muestran constreñidos y reglados por una síntesis singular del ciudadano Nixon y del trigésimo-séptimo presidente de los Estados Unidos, con resultado, en verdad, únicos. Prosa de las conferencias “en la cumbre” y púdico lirismo, pragmatismo de la gobernanza y elegía de la familia y la niñez adquieren máxima expresión en el discurso de un político de raza y, por ende, de un hombre obnubilado por el poder, en frases de calidez remecedora de un personaje asaltado, en las cimas del más poderoso Estado de la tierra, por las mismas tentaciones y preso de las mismas debilidades que sus semejantes.
En días de estiaje desolador del bello arte de la elocuencia, que alcanzara su fastigio en los pueblos de mayor contribución a la cultura de Occidente, la reflexión, siquiera breve, sobre una de las oraciones política de más sustancia estilística y hondura conceptual, será, incuestionablemente, provechosa para el público en general.