Bernard Lewis escribió sobre Oriente Medio en 1957 una reflexión de candente actualidad. “El Oriente Medio de hoy consiste en una serie de estados nacionales ninguno de los cuales, en su forma actual, posee raíces en el pasado. Estas nuevas entidades políticas fueron irrelevantes e irreales para las gentes que lo habitaban. Ello es debido a que la nación, concebida lingüísticamente, y el estado-nación, soberano, son ajenos al Oriente musulmán, donde las lealtades básicas han estado determinadas no por la lengua o la patria, sino por la religión. La lealtad, en definitiva, es el rasero con el que medir la diferencia entre un hermano y un extranjero, residió siempre en la religión mientras que la obediencia política se le concedía solo a la dinastía soberana, encarnada en el Estado Islámico”. Anatomía radiante de una evidencia frecuentemente ignorada.
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Iraq, para el caso, es el ejemplo más elocuente del fracaso de una superposición estatal (una “superestructura” en la concepción marxista), encaramada a una realidad territorial poblada por disjecta membra. Es decir, por gentes de filiación clánica y tribal rigurosa, de religión musulmana, aunque agrupada en dos sectas mayoritarias dentro del Islam: sunní y chií. La fractura del Islam medieval (siglo VII Agnus Dei) entre sunníes y chiíes fue reproduciéndose secularmente; ya fuese bajo administración turco-otomana, ya fuese durante el breve Mandato británico (1920-1932). Este último fue un subproducto geopolítico y administrativo del Tratado de Versalles y, prioritariamente, del acuerdo franco-británico de 1916, dicho Sykes-Picot por los apellidos de los diplomáticos signatarios del arbitrario trazado de fronteras, tal como fue concebido por la diplomacia de Londres y París (en Siria-Líbano) de aquellos años.
La independencia de Iraq vino a ser caldo de cultivo propicio a la dicotomía etno-antropológica, religiosa y territorial a la que apuntaba Bernard Lewis en el pasaje con que arrancaron estas cuartillas.
Ni la dinastía hashemí hasta el destronamiento de Faisal II, ni las pretensiones panarabistas del generalato iraquí bajo Abdelkarim Kassem o los hermanos Aref, lograron hacer en Mesopotamia un estado moderno a partir de los disjecta membra originarios. Quizá la prolongada dictadura de Saddam Hussein entre julio de 1979 y abril de 2003 logró hacer de Iraq un país, aunque apagando a sangre y fuego los focos kurdos de disenso activo, entre otras represiones dictadas por el clan de Tikrit.
Más tarde, la presencia de Estados Unidos en el mundo musulmán fue mucho más indirecta en Turquía (base militar de Incirlik y control marítimo adjudicado a la Sexta Flota en el Mediterráneo oriental) que en Irán, donde el sha de Persia fue el guardés de Washington DC en aguas del Golfo. En ninguno de los casos, la relación de Oriente Próximo-Medio con Europa y Estados Unidos de América a partir de 1948-1956 ha distado de ser un camino de rosas.
La implantación de los estados árabes durante la primera posguerra del siglo XX, y de Israel a partir de 1948, no ha facilitado una geometría geopolítica rentable para las relaciones internacionales, aunque sí para algunas potencias acaparadoras de la extracción, refino, y distribución del gas y petróleo que yace en el subsuelo localizado en las márgenes del Golfo Pérsico.
Debido, pues, a su valor estratégico y energético, el Oriente Medio ha experimentado serios avatares internos, con mediación israelí, soviética y euro-americana reincidente a lo largo de medio siglo de discordia permanente.
En el caso de Iraq, son ya tres (Clinton, Bush, Obama) los presidentes de Estados Unidos “víctimas”in partibus de varias intervenciones armadas en Mesopotamia no siempre acertadas; aunque hayan sido, por el contrario, exuberantes en providencialismo ejemplarizante a través de una panoplia de consignas como la “guerra inteligente”; la misión redentora de la democracia en Oriente Medio; e, incluso, de la eficacia de losdrones que han errado, empero, en varias ocasiones su utilización en el transcurso de la guerra contra la insurgencia en Afganistán. Subyace en esta política estadounidense en Oriente Medio una cruel paradoja, cual ha sido el discurso que pronunció Barack Obama en la Universidad de El Cairo (junio, 2009).
Dentro del mensaje pacífico-pacifista dirigido al mundo árabe-islámico, que pronunció el presidente de los Estados Unidos, hay un pasaje revelador donde pueda haberlo. Se trata de una afirmación enraizada en lacreencia de que la “fórmula magistral” en que consiste la democracia americana puede aplicarse para erradicar los males que afligen a sociedades disruptivas situadas en otras latitudes -ya se trate de los “tristes” trópicos, ya de los mares de arena que ocupan los desiertos-. El pasaje de marras dice como sigue: “Nuestra identidad se forjó con todas las culturas provenientes de todos los rincones de la Tierra, y estamos dedicados a un concepto simple: E pluribus, unum: De muchos, uno”. A partir de esta fórmula, la tradición tribal de Mesopotamia y su más profunda intrahistoria quedarían transustanciados en democracia de pura cepa americana por ensalmo. Es decir, con prontitud extraordinaria y de modo desconocido (según elDiccionario de la Lengua Española, RAE, 1970).
En la “Primavera Árabe” han sobrevenido secuelas imprevisibles en todo el norte de África y Oriente Medio -salvo en Marruecos y Argelia; naturalmente, Turquía e Irán-. Siria e Iraq, a la vista está, son los escenarios más revueltos de aquella “Primavera”, cuya gran esperanza se llama Túnez. Los visos actuales de un triunfo militar de Bachar al-Assad en Siria luego de una guerra civil o fitna entre hermanos sunníes y chiíes (2001-2004), y la desestabilización tribal y regional de Iraq, han concitado, hace pocos meses, el resurgimiento de un yihadismo que es el motor del ¿eventual? Estado Islámico de Siria y Levante.
Las reacciones encadenadas que se han retroalimentado, tanto en el ámbito árabe-islámico, como en el de Estados Unidos y sus fieles -aunque incongruentes- aliados, durante el verano de 2014, pretenden, de nuevo, aniquilar desde el aire la iracunda insurgencia yihadí que simboliza el presunto califato que encabeza El-Baghdadi. El cambio de un hombre de paja (Kamal Al-Maliki) por otro (Haider al-Abadi) en la presidencia del gobierno iraquí en Bagdad tampoco augura una estrategia intervencionista por parte de los aliados que arranque admiración entre los analistas más críticos del INYT, The Times (Londres), Der Spiegel, o Le Monde. Por algo será, si es que el pasado sirve para algo más que para acumular un depósito de recuerdos entomologizables. El cariz que presenta el panorama sirio-iraquí es, pues, alarmante a todas luces por la red de intereses subyacentes: los regionales (Irán versus Arabia Saudi versus Irán) e internacionales (Israel y Rusia, además de Estados Unidos). Toda “cuestión de Oriente” tiene en su cuajo una raíz originaria. La internacionalización de su conflictividad vuelve luego inextricable el panorama de la situación que se pretende resolver.