Se habla mucho ahora de regeneración. Casi tanto como cuando los de aquella lacrimosa generación del 98 se enteraron –con casi un siglo de retraso- de que España había dejado de ser lo que había sido. Ahora se despotrica contra “el sistema”, se pide su regeneración, sin precisar mucho más; algún idiota propone “una segunda transición”, no se sabe muy bien hacia dónde; otros nos descubren el bolchevismo o su versión caribeña y, los que comulgan con esa insensatez palurda que son los nacionalismos enanos, proponen deshacer España, en nombre de sus ridículas e inexistentes nacioncitas.
Todos cargan contra lo que llaman “la casta” –aunque algunos de ellos se mueren de envidia y de ganas de formar parte de ella- y se arrogan una representación del pueblo, que nadie les ha dado o magnifican la enteca que han conseguido. Se les ve rápidamente el pelo de la dehesa política, a años luz de la urbe o de la civitas, esto es de la civilización. Y o bien nos proponen un régimen asambleario o un sistema basado en primarias y referendos cotidianos. Pero ya se sabe, desde hace mucho, que donde no hay civilización solo queda la barbarie. En eso está toda esa numerosa tropa.
Pero el fenómeno no es nuevo ni exclusivo de la actual democracia española. ¡Hay que ver las cosas que decían los primeros periódicos ingleses de aquellos primeros parlamentarios británicos! Y en Francia se acuña muy pronto la idea dualista de que hay que distinguir entre ellos, los políticos, y nosotros, el sano pueblo animado por periodistas y otros líderes de opinión. Un reconocido politólogo, de acreditadas credenciales izquierdistas, por cierto, Maurice Duverger, ante la conocida frase de Lincoln en el discurso de Gettysburg, “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, comentaba, acertadamente, que la democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo. Pero rectificaba lo de “por el pueblo” porque decía que nunca un pueblo se gobierna o se puede gobernar a sí mismo.
“Un pueblo –escribió- no se gobierna: lo gobiernan…[porque] todo gobierno es oligárquico por naturaleza”. Y proponía modificar la frase de Lincoln de esta manera: “gobierno del pueblo por una élite salida del pueblo”. Y ponderaba el indispensable papel de los partidos, sin los cuales –añadimos- no hay democracia sino diversas formas de autoritarismo. Seguro que, ante esto, los modernos “regeneracionistas” se escandalizan, porque les molesta el realismo y prefieren vivir del cuento y de los cuentos que propalan a diario. Proponen una democracia boca abajo: En vez de gobernar la mayoría, que gobiernen las minorías, agrupadas en más ruidosa que nutrida turbamulta.
Un pueblo se la juega cuando elige a uno u otro partido para que le gobierne. Es la regla clave de la democracia. No hay otra. Pero a veces el pueblo se equivoca, pues no hay tontería más gorda en política que decir que el pueblo siempre acierta. Hay mil ejemplos históricos de lo contrario. Por supuesto, es una obligación moral y política que no se puede engañar al pueblo contándole irrealizables milongas o tratando de venderle la mula ciega, porque eso ya no sería democracia sino demagogia. No hace falta profundizar en la idea porque está a la orden del día. Algunos expertos se preguntan si esta democracia mediática y cibernética no es ya pura demagogia institucionalizada e informatizada.
El pueblo debe votar. Y elegir. Pero es inaceptable que, después, acaben gobernando los que menos votos han tenido por legales combinaciones parlamentarias, conseguidas “en los despachos”, como se dice ahora. El mismo citado Duverger publicó un libro titulado, precisamente, La democracia sin el pueblo, donde explicaba cómo esas “legales” combinaciones, que se traducían en gobiernos de tres, cuatro, cinco o más partidos fueron la causa de que en Francia cayera la IV República. Llegó de Gaulle y lo primero que hizo fue establecer un sistema electoral mayoritario a dos vueltas que impedía esa “democracia sin el pueblo” en la que los electores no reconocían lo que habían votado. En vez de las urnas, se imponían “los despachos”. Todo muy legal, pero una auténtica estafa al pueblo. Porque la democracia es el gobierno de la mayoría, no de las minorías confabuladas contra ella.
En Italia también se hundió lo que ellos llaman I República por lo mismo. Durante años gobernó allí, a nivel nacional, el “pentapartito”, un prodigio de inestabilidad, demagogia y caradura donde los gobiernos duraban una media de un año: Cuarenta en cuarenta años. Porque, en cuanto se encampanaba uno de los pequeños del “pentapartito”, había que volver a empezar. Algo se remedió cuando se introdujo un cierto elemento mayoritario, aunque ahora Renzi me parece que está jugando a una demagogia bastante poco responsable.
España sigue siendo diferente también en esto. Decíamos que todos hablan de regeneración, de vincular más estrechamente a electores y elegidos, de no tomar el pelo a los ciudadanos con combinaciones aberrantes. Pero cuando desde el Gobierno se ha lanzado una idea tan modesta y limitada como que los alcaldes sean los que más votos han obtenido en su municipio, no ha conseguido ni que las diferentes oposiciones se sienten a considerar la propuesta, aunque políticos de casi todos los colores la habían considerado como válida en algún momento. Se puede entender la actitud de los pequeños, que con este sistema tendrían poco que rascar, pero no se comprende al PSOE, que también llevó la idea en sus programas. A no ser que se hayan convencido de que han dejado de ser el segundo partido. Algo que, personalmente, no creo.
Con este sistema propuesto por el Gobierno -bien se introduzca una segunda vuelta o bien se exija unos determinados porcentajes y una diferencia significativa entre el ganador y los siguientes- se conseguirían gobiernos estables y capaces de hacer una gestión eficaz al servicio de los ciudadanos. Puede beneficiar, sin duda, al PP en algunas localidades, pero, me parece que, con toda probabilidad, en otras muchas el beneficiario sería el PSOE, hoy por hoy, el segundo partido. Los nacionalistas obtendrían también buenos resultados en sus respectivas comunidades, al menos hasta que se desvanezcan las ensoñaciones independentistas, que son la estupidez de nuestro tiempo.
El otro gran argumento, si es que se puede hablar así, es el que afirma que no se puede plantear una medida de este tipo cuando faltan solo nueve meses para las elecciones municipales. Dicen que estamos “a mitad de partido”, ¿qué partido? Aquí hemos modificado la Constitución, a propuesta del PSOE gobernante, agonizante ya la anterior legislatura, y el PP, desde la oposición, apoyó la medida porque estimó que era razonable. No utilizó ninguno de los calificativos con que ahora se ha vituperado al Gobierno (“cacicada”, “pucherazo”, “golpe de Estado”…etc.) ni esperó a ganar las elecciones para apuntarse la “gloria” de la medida. Ahora se trataba de hablar, pero el PSOE solo sabe decir “no” a todo lo que provenga de este Gobierno. Es una regresión patológica a la adolescencia, esa época en la se está contra todo, pero se vive de los papás.
Más allá del incidente concreto, lo verdaderamente triste es que el nuevo equipo dirigente socialista muestra con su actitud que no han sido capaces de salir del hoyo en que les metió Zapatero y en el que se encontraron tan a gusto todos ellos durante siete años. Sencillamente, no están a la altura. Prefieren seguir jugando a la democracia sin el pueblo, a gobernar aunque no ganen, sobre la base de pactar con quien sea. Un partido tiene todo el derecho a querer gobernar. Acusar a un partido de ansia o ambición de poder es una solemne tontería, porque esa es su razón de ser y el que diga lo contrario es un mentiroso. Pero no se puede ni se debe gobernar a cualquier precio ni pactando con el primer impresentable que ha conseguido una concejalía. Pero esa es una cuestión de ética política, que se tiene o no se tiene. Y donde no hay no sirve buscar.