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EN TRES TIEMPOS

La alianza entre el nazismo y el comunismo

Alejandro San Francisco
martes 26 de agosto de 2014, 20:34h
Actualizado el: 26/08/2014 20:44h

Hace 75 años el mundo se aprestaba a ingresar en una nueva conflagración, después de un par de décadas de la Primera Guerra Mundial, a la cual muchos acudieron precisamente para que nunca más hubiera guerras.

Los días que precedieron a la invasión de Hitler a Polonia (1° de septiembre de 1939), estuvieron marcados por las negociaciones entre Alemania y la Unión Soviética, los dos grandes estados totalitarios de entonces, enemigos acérrimos y aparentemente irreconciliables. Es verdad que la diplomacia de preguerra siempre es muy dinámica, pero no deja de llamar la atención el acuerdo entre ambos dictadores.

Hitler, llegado al poder en 1933, había logrado avanzar en su carrera armamentista prácticamente sin problemas. En el plano militar y en su política expansionista, también había tenido importantes avances: la anexión de Austria en marzo de 1938 y luego la ocupación de Checoeslovaquia en marzo del año siguiente. Todo esto se había producido en parte por la política de "apaciguamiento" que encabezaba Chamberlain en Inglaterra, destinada a preservar la paz en Europa, aún a riesgo de parecer (o ser) débiles frente al nazismo. Como recuerda Niall Ferguson en su excelente La Guerra del Mundo (Barcelona, Debate, 2007), esta relación impidió detener a Hitler en 1938, cuando Alemania era más débil económica y militarmente de lo que sería al momento en que se inició efectivamente la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, lo que quizá pocos previeron fue la osadía de buscar un acuerdo entre Alemania y la Unión Soviética, aparentemente en las antípodas, pero representativas de los mayores totalitarismos del siglo. De esta manera, cuando Ribbentrop y Molotov, los representantes de Hitler y Stalin respectivamente, iniciaron sus conversaciones, se abría un peligro mayor para la paz de Europa. El dictador alemán olvidaba momentáneamente su monserga contra el judeobolchevismo, mientras su par soviético abandonaba a su suerte a los comunistas perseguidos en Alemania y a su propia política antifascista, para avanzar en un acuerdo de mutua conveniencia.

Mientras Hitler aspiraba a Polonia, respetaba que en la división de territorios ajenos Stalin se quedara con el Este polaco, así como con Estonia, Letonia y Finlandia. Las negociaciones comenzaron a cerrarse el 23 de agosto en el mismísimo Kremlin, donde los diplomáticos fueron acompañados por Stalin en los momentos decisivos. A medianoche se produjo un inusual brindis, narrado por el traductor Andor Hencke: "Como sé lo mucho que ama el pueblo alemán a su führer, quiero brindar a su salud". Eran las palabras del propio Stalin, quien rato después pidió que retiraran las botellas cuando se iban a sacar las fotografías de rigor, pues "de lo contrario, pensarán que nos hemos emborrachado antes de firmar el tratado".

El Pacto se establecía, según decía su introducción, "deseosos de fortalecer la causa de la paz entre Alemania y la URSS". En su artículo I, olvidado un par de años después por Hitler, se comprometían "a desistir de cualquier acto de violencia, cualquier acción agresiva y cualquier ataque a la otra parte, ya sea individual o en conjunto con otras potencias". En el Protocolo Secreto Adicional se repartían los países mencionados, las denominadas "esferas de influencia", que firmaban Ribbentrop por el Gobierno del Reich Alemán y Molotov como Plenipotenciario de la URSS, con fecha 23 de agosto de 1939 (aunque en realidad se firmó la madrugada del 24).

Años después Heinrich Hoffman, fotógrafo personal de Hitler recordaba haber conversado brevemente con Stalin en los siguientes términos: "Excelencia, tengo el grandísimo honor de transmitirle el cordial saludo y los mejores deseos de mi führer y gran amigo, Adolf Hitler. Permita que le exprese también el ferviente deseo que alberga de tener la oportunidad de conocer en persona, algún día, al egregio dirigente del pueblo ruso". El anfitrión contestó con una cortesía equivalente, señalando que "debería entablarse una amistad duradera con Alemania y su grandioso führer".

Esta anécdota se encuentra reproducida en el completo y valioso estudio de Laurence Rees, A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Crítica, 2009). Es ilustrativa de un momento decisivo de la historia del siglo XX, con dos de sus actores principales, liderando potencias relevantes y repartiéndose Europa con entera tranquilidad y a mutua conveniencia. Mientras Hitler ansiaba con poner sus garras en Polonia, Molotov se refería a esa nación como "monstruoso hijo bastardo de la Paz de Versalles", comentario que agregaba un detalle adicional a la ignominia.

Conocemos y también podemos imaginar las reacciones que se produjeron en distintos lados al conocerse la noticia. La preocupación de las potencias occidentales, observadoras privilegiadas del camino a la catástrofe; la incredulidad entre nazis y comunistas por el pacto entre los antiguos enemigos; el rostro alegre de Hitler, con carta blanca para invadir Polonia; la tranquilidad de Stalin frente a su mezquino éxito diplomático; la difícil (o imposible) situación de los comunistas en distintos lugares del mundo, obligados a explicar lo inexplicable.

El Führer exclamó al recibir las noticias de la firma del Pacto: "¡Ahora Europa es mía!". Se vio, efectivamente, como un hombre destinado no sólo a recuperar el orgullo alemán, sino a definir la historia de todo el continente. Había demostrado fortaleza y resultados positivos en sus negociaciones con los británicos, ahora mostraba su talento al pactar con Stalin. El territorio alemán había crecido enormemente con las anexiones de Austria y Checoeslovaquia, así como también las riquezas del Reich. En el plano interno no tenía adversarios, puesto que todos habían sido acallados de manera dictatorial y sin contemplación. Solo quedaba invadir Polonia y con ello mostrar que su estrella seguía brillando en el firmamento de los líderes de la Humanidad.

Hitler no conocía el final de la historia. Nosotros sí, y vale la pena recordarla.

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