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TRIBUNA

¿Escuela...? ¿Para qué?

sábado 30 de agosto de 2014, 19:40h

Como viene sucediendo desde hace tiempo aires de alivio acompañan indefectiblemente los primeros días de Septiembre.

¡Estoy que no puedo más...! ¡Van a acabar conmigo...! ¡Qué ganas tengo...! manifiestan con harta frecuencia el vehemente deseo de que niños y adolescentes, desarbolados más que aturdidos por su exposición a todo tipo de estímulos de efecto demoledor, como bien puede apreciarse, prosigan su cotidianeidad en escuelas e institutos: la maquinaria escolar está a punto de ponerse en marcha con rutinaria puntualidad.

Me atrevo a asegurar que existe gran desconocimiento y confusión acerca de la esencia y propósito de esta escuela actual, pese a la familiar proximidad de la institución a la que voy a referirme. Por ejemplo, entre educar – transmitir pautas de comportamiento para mantener una convivencia civilizada, respetuosa con los otros, en el espacio público– e instruir –transmitir conocimientos específicos sobre determinadas materias–, muy pocas veces se hace distinción, ni tan siquiera entre los propios profesionales.

Es más, parece claro que la primera tarea es responsabilidad de los progenitores mientras que la segunda, con un correlato más “técnico” en muchas de sus manifestaciones, sería el cometido fundamental de los centros, sin menoscabo de que ambas facetas se confundan en los primeros años escolares: los aspectos propiamente instructivos ganan peso a medida que los educativos se suponen adquiridos; es el transcurso natural del proceso.

La progresiva tendencia a la dejación de responsabilidad familiar –consecuencia quizás del resquebrajamiento de la propia institución y del hedonismo irresponsable vigente– que elude su obligación educativa para transferirla a no se sabe quién en muchos casos, parece hecho innegable.

Los hijos se encomiendan, se confían a la escuela, pero una entrega sobre la base de una confianza ilimitada acerca de las pautas y criterios que van a recibir no parece de recibo; si eso sucede es mejor no hablar de escuela sino de servicio de guardería y custodia.

Lamentablemente la institución –con las salvedades oportunas, claro– ha devenido eso; otro discurso más allá no me es ni familiar ni conocido. Pero como toda institución social la “escuela” tiene su propia esencia y propósito, rasgos que trataré de trazar brevemente bajo mi particular enfoque.

Mientras que la vida de la especie era una mera lucha por la supervivencia, prácticamente hasta el ayer mismo de la historia, los escasos conocimientos que el hombre acumulaba podían transmitirse de padres a hijos verbalmente: la memoria era el soporte de almacenamiento. La escritura vino a superar tal limitación y supuso la posibilidad de poner a salvo esos conocimientos, que se acumulaban paulatina pero incesantemente, en otro soporte. La imprenta –otra aportación del occidente greco–latino y cristiano–, multiplicó enormemente tal potencial.

La acumulación de conocimientos hizo imposible su transmisión verbal de modo eficaz, a la par que la vida en sociedad adquiría una mayor complejidad: en esa encrucijada el grupo social adoptó la escuela como solución para preparar a las futuras generaciones. Preparación, instrucción, cuyo objetivo esencial es la propia pervivencia del grupo social de referencia, evidentemente. Esa es la cuestión.

En la hora presente, como siempre, nuestra civilización, nuestro edificio de convivencia, es resultado, fruto de un esfuerzo hercúleo. No es algo que derive de la naturaleza de las cosas como lo evidencia el hecho de que su ámbito sea el que es, no algo universal. Nuestra responsabilidad consiste en mantener para las generaciones que nos sucedan, y mejorar si es posible, todo este “patrimonio colectivo”, todo este inmenso legado heredado del que disfrutamos. Y una parte nada desdeñable de ella le corresponde –por su esencia– a la escuela, expresión paradigmática de la naturaleza cooperativa de la especie.

No extrañe, asegurar la pervivencia del modelo social vigente en cada época y lugar es propósito común a toda “escuela”; es algo que otros tienen claro.

“... en 1837 [al comienzo de la colonización de Argelia por Francia] existían en la ciudad de Constantina escuelas de instrucción secundaria y superior en las que entre 600 y 700 estudiantes estudiaban los diferentes comentarios del Corán, aprendían todas las tradiciones relativas el Profeta y, además, seguían cursos en los que se enseñaba aritmética, astronomía, retórica y filosofía. Además, en la misma época, en Constantina, había 90 escuelas primarias...”, comentó Tocqueville en el parlamento, en 1847. [AdT. Sobre las Religiones...;p. 57 y sgtes.]

De modo que si por una parte desconocemos la esencia y propósito de la institución escolar, y por otra no tenemos claras cuales son las superiores cualidades de nuestro modelo liberal de organización social, basado en el respeto –en la consideración de la mujer en pié de igualdad a todos los efectos, como parámetro de referencia, frente a su status de sometimiento absoluto en muchos otros ámbitos– la ruina de nuestro edificio de convivencia es un riesgo que acecha.

Y si el edificio se nos viene abajo, adiós, vuelta a la no-civilización, vuelta a la barbarie. Así que nadie se lamente por lo que está por venir y del juicio que nos tiene reservado la historia si perseveramos en el error irresponsable en el que estamos inmersos.

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