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EN TRES TIEMPOS

Estalla la Segunda Guerra Mundial, 1° de septiembre de 1939

Alejandro San Francisco
martes 02 de septiembre de 2014, 20:35h
Después del ominoso Pacto Ribbentrop-Molotov de fines de agosto de 1939, las puertas quedaron abiertas para el inicio de la guerra en Europa. Hitler estaba determinado a invadir Polonia, mientras Stalin haría lo propio por el Este polaco. El acuerdo resultaba curioso: ambos regímenes eran enemigos hasta la víspera, en lo ideológico y en los hechos; por otra parte Hitler había anunciado sin ambigüedades en Mi Lucha, su libro manifiesto, el deseo de apoderarse de los territorios rusos como parte del plan de expansión de la gran Alemania. A comienzos de septiembre todo ello carecía de valor, ante el acuerdo entre los dos dictadores.

Un tema central es que el alemán y el georgiano eran, en realidad, bastante parecidos, como han señalado diversos estudios. Así lo explica Niall Ferguson en La guerra del mundo (Barcelona, Debate, 2007): Hitler artista fracasado, Stalin un ex seminarista; ambos revolucionarios que habían pasado tiempo en la cárcel por sus acciones políticas; se relacionaban con dificultad con las mujeres; capaces de ejercer el terror según convicción, conveniencia o necesidad. Eran figuras que se miraban como en un espejo y, quizá por lo mismo, Stalin -siempre desconfiado de todos y por todo- se abandonó a Hitler de manera tan decidida.

Habiendo cerrado ese posible foco de conflicto, el Führer avanzó hacia la realización de su proyecto militar, y el 1° de septiembre inició la invasión de Polonia, en una operación militar extraordinaria a juicio de los contemporáneos, y con destacamentos militares desproporcionadamente altos frente al enemigo al que acechaban. Lo que podríamos llamar "la destrucción total de Polonia" se inició muy temprano, cuando sonaron los primeros disparos a las 4.45am, cerca de Danzig, ciudad que opuso escasa resistencia y donde los sobrevivientes fueron ejecutados después de la batalla.

Así resume la situación Antony Beevor, en La Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Pasado & Presente, 2012): "Las banderas nazis empezaron a ondear en los edificios públicos, y las campanas de las iglesias a sonar, mientras sacerdotes, profesores y maestros y otras figuras destacadas de la ciudad eran detenidas junto a los judíos". Era el comienzo del infierno, la mecha que hizo estallar el frágil conflicto sobre el que se edificaba Europa, la última provocación de un líder expansionista con quien ya era imposible convivir si no se quería vivir bajo su permanente sometimiento. Los días siguientes fueron de terror para los polacos, y una "orgía de atrocidades se desencadenó desde arriba" (Ian Kershaw, Hitler 1936-1945, Barcelona, Península, 2007).

Nos imaginamos a Hitler en Alemania, recibiendo las noticias de la invasión relámpago, de la grandeza de las tropas germanas, ufanándose de su propia conducción política y diplomática de los años anteriores. Asimismo podemos ser capaces de comprender los gestos y adulaciones de los altos mandos políticos, militares y policiales del Reich hacia su líder máximo. Finalmente, sabemos de la acción de los emisarios nacionalsocialistas en territorio polaco, convertido en territorio de muerte y experimentación, que sería creciente a medida que la guerra fuera adquiriendo sus características de brutalidad y exterminio que la caracterizarían en los años siguientes.

Polonia, lamentablemente para ellos, era un lugar y tenía una situación especialmente delicada: estaba en el medio de dos imperios tan ambiciosos como inescrupulosos. Además, contaba con una población judía alta en términos comparativos, pasto fértil para el odio nazi, la experimentación racial y la organización de las políticas ya no solo de discriminación, sino de exterminio, en una invasión y terror que se ejecutaría desde ambos extremos. Era la "Europa de Molotov-Ribbentrop", como explica Timothy Snyder en Tierras de Sangre (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011), quien resume que al mes de iniciada la invasión hitleriana, "la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaron el protocolo que definía su nueva frontera común. Polonia había dejado de existir".

Entre medio, como sabemos, tanto Francia como Gran Bretaña declararon la guerra al Tercer Reich, con lo que comenzó a rearmarse el puzle europeo de alianzas, así como quedaron abiertas algunas situación, especialmente la de la Unión Soviética, socia de Hitler, pero que permanecería al margen del conflicto hasta un par de años después. La invasión de Polonia implicó volver a la pregunta permanente sobre el ideal de la paz y la necesidad de la guerra en determinadas circunstancias, que en este caso costarían al mundo incontables millones de víctimas fatales.

En la jornada del 1° de septiembre, como algunos han argumentado, no comenzó exactamente la Segunda Guerra Mundial, por cuanto ella llevaba más de dos décadas de gestación precisamente a consecuencia de la Gran Guerra de 1914 y su culminación que dejó tantos frentes abiertos y no logró consolidar la paz en Europa. Era toda una paradoja, después de todo muchos fueron a los campos de batalla bajo la promesa que había que combatir para que nunca más hubiera guerras, pero un cuarto de siglo después nuevamente comenzaron a sonar los cañones, volvió el ruido ensordecedor y aterrorizante de los aviones sobre las ciudades, los jóvenes se multiplicaron en los campos de batalla y también los cadáveres aumentaron como parecía que no era posible.

El 1° de septiembre de 1939 es un día de luto eterno, reflejo de la incapacidad (no imposibilidad) de construir formas estables de convivencia, así como de la penosa demostración de que los errores se pueden repetir y aumentar en la historia. Fue hace exactamente 75 años, y nunca debemos olvidarlo.
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