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TRIBUNA

Monedero no tiene suelto

lunes 15 de septiembre de 2014, 20:19h
Juan Carlos Monedero es un gurú de las fantasías políticas que sólo en un magín enfermo se podían expresar. A veces uno tiene la sensación de escuchar niñerías en boca de este politólogo que parece haber dado un reciente paso saliendo del parvulario para dejar un mundo de fantasías y enfrentarse a la realidad adulta del país donde vive. Ya no le inspira Mazinger Z pero se quedó con aquello de los puños fuera y va pagado de sí mismo, impartiendo doctrina universitaria que, por caprichos del destino, aspira a gobernar una nación. El mozo está crecidito pero juega con las rodillas arrastradas a meter la bola en el gua y darnos de carambola a todos. Sus explicaciones sobre el Rey León y la contumacia capitalista para intoxicar el credo inocente de los niños, o su autosuficiente estulticia para soltar sandeces sin revisión sicológica son redomados simplismos que complican severamente la salud mental de los receptores de tan insanos dogmas. Monedero no ha crecido pero sabe empuñar un arma. Sucede que hay quien se queda en la frontera de la madurez y sigue viviendo en esos mundos de Yupi al que se abonan elementos de ínfima talla personal como el Victor Cucurull de la sedicente Asamblea Nacional de Cataluña. Y así, a lo tonto, van y la arman.

Desgraciadamente, hay quien no crece aun dedicándose a cuestiones tan serias como el revanchismo social para dar un vuelco radical a un país. Para eso existían sumos sacerdotes universitarios. Entre las cuatro paredes de un aula pasaban inadvertidos en el discurso de la idiocia que impone el autoritarismo acomplejado de algunas docencias de la universidad española. No han crecido, pero ahora juegan seriamente a cargarse España.

El problema de los marginados cuando se expresan en círculos cerrados con otros de extrema condición, es que no hay referencia de normalidad que les advierta sobre la estolidez del discurso sectario ajeno de la realidad donde se vive. El hermetismo radicalizado se nutre de ese discurso unívoco y acaba convirtiéndose en una realidad paralela del mismo modo en que la asume un fanatizado jugador de rol que no distingue el mundo real del fingido. Así es fácil retrotraerse a tiempos guerra civilistas o inventarse cualquier excusa demagógica para arremeter contra el sistema. Reinventan la Historia a conveniencia y se montan su propio Juego de Tronos para dar rienda suelta a una imaginación tan calenturienta como la que desarrollaron un Hitler, un Stalin o un Hugo Chávez, Dios lo tenga en su propia gloria; en la del "Chávez nuestro" que la imbecilidad impone sin freno con ese déspota Maduro aherrojando a todo un país, hasta que la muerte los separe.

Recuerdo, cuando el proceso de la destrucción zapaterista, la extrañeza que me causaba ver a la Pajín y Cándido Méndez cantando puño en alto aquello, entonces extemporáneo, de los parias de la Tierra. Todavía quedaba por padecer la estafa de quiebra económica impulsada por Zapatero que convirtió España en una fábrica de parias, muy a propósito para que los gérmenes extremistas proliferaran por estos lares patrios arramplando contra el sistema. Los unos nos llevaron a los otros.

Deberíamos prestar más atención a la esencia del concepto sistema cuando peligra el equilibrio institucional que nos llevó paz a todos durante cuarenta años de la democracia española. El sistema es el orden aceptado, convertido en bastión de consenso básico para la convivencia social y se refrendó con la Constitución. Si se desfonda la base sobre la que se asienta lo común, hay divergencia y caos. Lo antisistema es la desintegración del orden, el imperio de la nada y ya veremos lo que sale. Improvisación nefasta de atrevidos ignorantes empuñando como arma la sin razón de la protesta fácil que aspira a gobernar. Pretender desintegrar el sistema no conlleva propuestas constructivas, sino una fácil ofensiva de la que depende nuestro futuro vital. Al margen de las ideologías políticas, la mayoría intoxicadas de corrupción, no parecemos advertir en su gravedad la gran amenaza, la fácil demagogia de quienes pretenden destruir el orden aparentando acatarlo; aunque los discursos de carácter violento ya no se ocultan esgrimidos desde las mismas premisas de libertad que los permiten, amenazado un país todavía desarrollado pero en vías de extinción democrática.

Monedero se cotiza al alza entre los alumnos que se ven obligados a comprar sus tediosos libros si quieren aprobar la asignatura. Tramposo en las aulas, no dejará de serlo en la política. Ya le cuestionan las bases por ese protagonismo inherente a Pablo Iglesias y que secunda Iñigo Errejón, el alumno aplicado y aventajado de sus profes preferidos. Emerge una nueva casta muy segura del vil triunfo carroñero que aprovecha el desgaste de todos para imponer la ambición particular en nombre del pueblo. Así no hay pueblo que evolucione como bien ha demostrado la racionada Venezuela, después del asesoramiento de estos politólogos que van sobrados de ego y carentes de lógica aplicada a la situación que demanda una España harta de parásitos de la política y aspirantes a serlo.

Monedero va tan pagado de sí mismo que no le queda suelto para dar una, aunque sea escasa, propina de coherencia y lucidez. Pertenece a la misma casta de los descastados que preconizan revanchismo en aras de la Justicia involutiva de no sé qué legados de la Historia, con vencedores y vencidos en décadas que suman casi un siglo después de una guerra que no benefició a nadie y que se olvidó hasta que la resucitó el bellaco Zapatero. Pero volvemos a las andadas con un Monedero atiborrado de codicias políticas que ansían el modelo venezolano donde no queda ni un chavo ni un Chávez que dé razón al ideólogo que aspira a conquistar Madrid auto erigiéndose en el nuevo Tierno Galván de la post transición.

Podemos ser más necios, pero hay que reconocer que el listón algunos ya lo han puesto demasiado alto.
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