Francia, España, Marruecos y Argelia están librando un combate contra el avance del yihadismo en el norte de África desde Malí hasta Libia. Junto al despliegue estadounidense en el Azawad, los europeos y africanos tratan de contener el crecimiento de grupos yihadistas de distinta filiación pero objetivos comunes. Es difícil orientarse en la galaxia de células y organizaciones que se declaran afiliadas a Al Qaeda, una red de grupos terroristas más antigua, o al Estado Islámico de Abubakr al Bagdahdi, que ocupa parte de Siria e Irak y contra quien se ha articulado una alianza internacional que comenzó la semana pasada sus ataques.
El liderazgo francés en la lucha contra el Estado Islámico ha sido el pretexto para que una célula yihadista –se sospecha del grupo llamado Jund Al Khilafah- secuestrase y decapitase el pasado miércoles al guía de montaña francés Hervé Gourdel, de 55 años, en la Kabilía. El vídeo del vil asesinato se ha difundido por las redes sociales y ha disparado el número de visitas a los sitios web yihadistas. El Presidente de la República, François Hollande, declaró que Francia “no se dejará amedrentar por los que violan sin vergüenza los principios elementales de la dignidad humana” y que “es el deber de Francia luchar contra el terrorismo y más aún, su honor”. Cuando uno escucha estas palabras, se siente orgulloso de tener unos vecinos así.
Por desgracia, los esfuerzos de las autoridades argelinas por encontrar al montañero – se movilizaron más de 2.000 soldados, 500 infantes de marina ayudados de tropas de élite y unidades caninas- fueron en vano. A pesar de las declaraciones del gobierno argelino –el Ministro de Industria, Abdessalem Bouchouareb, afirmó que el secuestro no dañaría las inversiones extranjeras- es evidente que Argelia no podrá mantenerse al margen del avance del yihadismo en el norte del continente. La sombra del antiguo Grupo Salafista para la Predicación y el Combate ha resurgido con la figura de Abou Abdallah Othmane el Assim, presunto inductor del secuestro, miembro fundador del grupo salafista y, ahora, uno de los líderes de Al Qaeda en el Magreb Islámico, que ha declarado su alianza con el Estado Islámico este verano.
Por otra parte, España y Marruecos luchan codo con codo para desarticular células terroristas que envían yihadistas a Siria, Malí y Libia. En lo que llevamos de año ha habido cuatro operaciones importantes contra la estructura de reclutamiento en los dos países, cuyo epicentro en España está en Melilla y, especialmente, en sus barrios llamados “periféricos”.
Se calcula que entre 1.500 y 2.000 yihadistas marroquíes combaten en Siria e Irak. La colaboración entre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado españolas y las autoridades marroquíes, especialmente la Dirección de Vigilancia del Territorio (la famosa DST) que dirige Abdelatif Hammouchi, ha dado evidentes resultados. Ya en enero de 2014 fue detenido en Marruecos Jamal Alcalá Damir, español nacido en Casablanca y acusado de reclutar yihadistas en Tetuán, Alhucemas, Taza, Fez, Marrakech, Nador y otras localidades del Rif y la Yebala. En marzo, hubo tres detenidos en Melilla, uno en Málaga y tres en la zona de Nador. En mayo, otra operación concluyó con seis detenidos en Melilla que operaban en la zona de Nador y habían enviado como mínimo 26 yihadistas a Siria, Mali y Libia. Esta semana, la Policía ha detenido a nueve personas-un español y 8 marroquíes- en la Cañada de Hidum-uno de los barrios más pobres de Melilla- y Nador.
Sin embargo, es difícil calibrar el impacto que los vídeos y mensajes del Estado Islámico tiene entre los jóvenes de Argelia, Marruecos y las dos ciudades españolas en el norte de África. Las operaciones policiales de 2014 arrojan indicios de que la radicalización en el Rif, la Yebala y la Gomara –Ceuta y Melilla incluidas- es un fenómeno persistente y no aislado. Esta semana, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Primer Ministro marroquí, Benkirane, ha explicado la estrategia “proactiva” de su Gobierno, centrado en la vigilancia policial y la movilización social en torno al Rey Mohammed VI. No he encontrado datos estadísticos fiables del poder que esta movilización pueda tener para contrarrestar los efectos de la propaganda yihadista. La penetración de las redes sociales en Siria y Egipto –tal vez, los países sobre los que existe información más fiable en relación con las llamadas “primaveras árabes”- muestra que primero sirvieron, sin duda, para movilizar parte de las oposiciones a Asad y Mubarak, pero ahora se están nutriendo de los mensajes que el Estado Islámico, Al Qaeda y otros grupos difunden a través de grupos de noticias y comunidades de fans en el sentido que le da Jenkins para analizarlas como grupos participativos en la cultura de masas. Este fenómeno del “fan”, que interactúa con la comunidad y hace de ella una parte significativa de su vida, está produciendo, a la vez, una radicalización juvenil, cuya gravedad han notado ya las autoridades, y el aprendizaje y adopción de métodos terroristas que hacen presagiar atentados de “lobo solitario”, es decir, aquellos cometidos por una única persona que no se relaciona con un grupo estructurado –o lo hace solo de forma circunstancial- y que escoge su objetivo libremente para contribuir a la yihad global.
La influencia de personajes como Anwar Al Awlaki, muerto en 2011 en Yemen por el ataque de un avión no tripulado, ha permitido a las agencias de seguridad mundiales valorar la amenaza que suponen estos mensajes propagandísticos. Con un blog, una página de Facebook, la revista Inspire y vídeos distribuidos a través de Youtube, Al Walaki fue considerado el “Bin Laden de internet” y su influencia se dejó sentir entre los yihadistas de todo el mundo pero, especialmente, en Occidente. El Estado Islámico goza de recursos cuantiosos para invertir en mejorar su propaganda. Algunos de sus vídeos más recientes tienen cierto aspecto cinematográfico que les da un mayor poder persuasivo, que viene acrecentado por la imagen de resistencia que cultiva la organización terrorista. Sería ingenuo minusvalorar el poder de sus acciones de comunicación, que tienden a desviar la atención de los actos terroristas para presentarlos como acciones de resistencia. Es una lógica perversa y atroz, sí, pero efectiva.
Por eso, junto a la lucha estrictamente policial, Francia, Marruecos y España tienen ante sí el desafío de la persuasión y la acción en las redes sociales. La movilización de los musulmanes franceses para condenar el asesinato de Hervé Gourdel marca el camino de la lucha en el terreno no solo de las ideas sino, sobre todo, de las emociones. En un lugar emblemático como la mezquita alzada en honor de los musulmanes muertos por Francia durante la Primera Guerra Mundial , Dalil Boubakeur, presidente del Consejo Francés del Culto Musulmán y rector de la Gran Mezquita de París, convocó a” los musulmanes y sus amigos” a una manifestación de repulsa y condena del atroz crimen. A la llamada respondieron, entre otras personalidades, Anne Hidalgo, alcaldesa de París, y Gil Taïeb, vicepresidente del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia.
Los vídeos de las decapitaciones y los atentados son solo algunos de los contenidos que circulan por las redes y foros yihadistas. Internet se ha convertido en el ágora donde los yihadistas difunden sus crímenes y en el gran apoyo para la captación de jóvenes. España, Francia y Marruecos combaten su avance y han cosechado éxitos importantes. Sin embargo, el Estado Islámico, Al Qaeda y las demás organizaciones terroristas han hecho de la red un nuevo teatro de operaciones.
El asesinato de Hervé Gourdel ha conmocionado a Francia. La despedida de sus seres queridos toca lo más profundo del corazón de cualquiera que crea en la razón, la libertad y la dignidad intrínseca de todo ser humano, es decir, justamente eso que odian los asesinos que lo decapitaron. Ninguna religión ni creencia puede legitimar ese crimen abominable. No puede haber paraíso alguno para sus autores, que mancillan el nombre del Islam. Ojalá ganemos la batalla contra esta tiranía teocrática que amenaza con extenderse.