TRIBUNA
House of Cards
domingo 28 de septiembre de 2014, 20:10h
De un tiempo a esta parte puede constatarse un auge innegable de las producciones estadounidenses para televisión, llegándose a afirmar que ha habido un desplazamiento del eje de la producción audiovisual desde su centro tradicional de los estudios de Hollywood, esto es, el séptimo arte, hacia el ámbito de las series emitidas con gran éxito de audiencia y crítica por las diferentes cadenas en sus prime times. Presupuestos propios de la gran pantalla, guiones más arriesgados, y en muchos casos de gran creatividad, así como la irrupción creciente de actores consagrados explican, en gran parte, el extraordinario seguimiento de las producciones televisivas en la actualidad.
Entre las mismas cabe destacar el que podría calificarse como thriller político “House of cards”, serie estadounidense basada en la homónima británica emitida en los años 90 (altamente recomendable), trasunto a su vez del libro de igual título de Michael Dobbs, y que está encontrando una amplia y positiva (algo que en principio podría sorprender) acogida entre el público español.
House of cards narra las intrigas de un alto dirigente político norteamericano, Frank Underwood (interpretado magistralmente por Kevin Spacey), en su carrera hacia la Casa Blanca. La serie refleja las miserias y, en general, los aspectos más negativos de la vida política: egos, traiciones, corrupción… de una manera algo exagerada con el fin de dotar de dramatismo a la misma hasta el punto de que algunas situaciones no son del todo creíbles, asesinatos incluidos. La visión transmitida es quizás demasiado negativa o desalentadora, dado el comportamiento maquiavélico de la pareja protagonista, aunque en este aspecto no faltan tonalidades más suaves e incluso acciones positivas, como la valiente denuncia de los abusos sexuales (en el caso de la Sra. Underwood) o el toque más humano y cálido en las relaciones del personaje principal con los ajenos al mundo político. Por lo demás, hay que señalar que muchas de las vicisitudes políticas narradas en la serie aparecen claramente inspiradas en diversos episodios de los últimos años, muchos de ellos recurrentes desde hace décadas en la política del otro lado del Atlántico.
En relación con lo apuntado, la serie es transmisión y reflejo de la cultura política de Estados Unidos, retratada con gran acierto. El mundo de la política americana y, más en concreto, del Washington imperial es recreado como pocas veces antes (la única que se le acerca, aunque con una visión más edulcorada, es la conocida “El ala Oeste de la Casa Blanca”). El espectador de la serie se familiariza así con las tensiones y situaciones propias de la vida pública estadounidense, concentrada en pocas millas (las que van desde la Casa Blanca al Capitolio). Confirmación parlamentaria de nominaciones presidenciales, líderes de la mayoría y minoría, whips, negociaciones para lograr apoyos parlamentarios, pork barrels, midterm elections, obstruccionismo parlamentario o filibusterismo, quórums, lobbys, super pacs, privilegio ejecutivo, fiscal especial, Gran Jurado, artículos de impeachment, etc… son nombres que resumen los aspectos fiel y certeramente abordados en la serie comentada. En este sentido, los diferentes capítulos constituyen un manual práctico de derecho constitucional y parlamentario norteamericano (una suerte de Riddick televisivo) amén de un tratado de ciencia política contemporánea.
Más allá de las peripecias políticas relatadas en la serie, la misma transmite el dinamismo de un sistema en donde los diferentes intereses presentes se contrapesan. Así, los célebres “checks and balances”, plasmación en la arquitectura política americana de la física de Newton, resulta captada en toda su esencia a lo largo del metraje: política-prensa, mayoría-oposición, Senado-Cámara de Representantes, ejecutivo-legislativo, grupos de intereses, ejecutivo-judicial… Y en el nivel de los concretos personajes (encarnación estereotipada, pero encarnación al fin y al cabo de la galería de retratos del Washington real) sus ambiciones e intereses “egoístas” (y no tan egoístas) se armonizan finalmente en un sistema razonablemente eficaz. En este sentido, es inevitable traer a la memoria la famosa “Fábula de las abejas” de Mandeville (precursora de la no menos célebre “mano invisible” de Smith) y su consideración de que sin el egoísmo personal no sería posible el avance social (“cada parte estaba llena de vicios, pero todo el conjunto era un Paraíso”). Algo parecido se destila como “moraleja” de la serie, de evidentes ecos hobbesianos, al partir de que las virtudes sociales son el resultado del deseo egoísta de la propia conservación. Ello no quita para que, como ya se señalara anteriormente, se muestren las acciones más deleznables y condenables de ese contexto de egoísmo y ambición, si bien, como suele suceder en la política no-ficción los comportamientos despiadados y calculadores circunscriben sus blancos a los insertos en el propio círculo político (a los rivales o contrincantes, de diferente o del mismo partido), en una suerte de regla no escrita por la que todo aquel que “juega” en política acepta poder ser objeto de las artimañas más arteras (a cambio, claro está, de poder también hacerlas).
Conocida es la “pasión” (junto con su tradición) anglosajona por la política, muestra de la cual es el dato de que seguramente el idioma inglés sea la lengua del mundo con un más rico vocabulario político. Si a ella se une su don casi natural para hacer cine y televisión se explican la impecable factura y el atractivo de la producción comentada. El éxito de la misma pone en cuestión el predicado desinterés del público hacia la política y de relieve el papel pedagógico (aunque muestre las cloacas de la polis) que puede y han de cumplir los canales de comunicación contemporáneos. No es deseable que surjan nuevos Franks Underwood, pero sí constitucionalistas, analistas, periodistas… y, sobre todo, mejores ciudadanos.