El 26 de septiembre se celebró la Noche Europea de los Investigadores de Madrid 2014 (El Imparcial 22/09/14
www.elimparcial.es/noticia/142433/) con diferentes actos y conferencias, cuyo único objetivo es la divulgación científica. Los actos se celebran simultáneamente, desde 2005, en más de 300 ciudades europeas. Una iniciativa tan loable podría enriquecerse si los investigadores, en cualquier campo del saber, contaran el esfuerzo que implica investigar. En efecto, sin esfuerzo y tesón personal nada se puede hacer. Pondré un caso de investigador, en el ámbito de la historia, que es un modelo, digno de imitarse para quien se dedica, como es mi caso, a esta ciencia. Me refiero a Marcelino Menéndez Pelayo. Sus
Advertencias preliminares a la segunda edición de la Historia de los heterodoxos españoles (
www.larramendi.es) deberían ser recordadas como algo más que un prólogo, escrito treinta años después de la primera edición; en verdad, ese prólogo contiene todo un tratado de deontología profesional del científico en general y del historiador en particular.
No entremos ahora en la imagen, por así decir, peculiar que se ha construido en torno a la figura de Menéndez Pelayo en los círculos académicos, vamos al grano, es decir a lo que dice don Marcelino sobre los deberes del investigador. He aquí algunas de las ideas que exhibe en este texto el sabio español:
El primer deber de todo historiador honrado es ahondar en la investigación cuanto pueda y corregirse a sí mismo cuantas veces sea menester. La exactitud es una forma de la probidad literaria y debe extenderse a los más nimios pormenores, pues ¿cómo ha de tener autoridad en lo grande el que se muestra olvidadizo y negligente en lo pequeño? Nadie es responsable de las equivocaciones involuntarias; pero no merece nombre de escritor formal quien deja subsistir a sabiendas un yerro, por leve que parezca.
Lo que determina a una escuela no es la brillantez del estilo ni miras sintéticas, pero sí la escrupulosa veracidad en el testimonio, sólido aparato de conocimientos previos, método práctico y seguro en las indagaciones, sensatez y cordura en los juicios.
La crítica, audaz y respetuosa a un tiempo sin las más mínimas concesiones al dolo pío ni a la indiscreta credulidad. Especialmente un amor puro y sincero a la verdad y un grande arrojo para proclamarla, aunque tropezase con preocupaciones arraigadas, aunque se granjease enemigos dentro de su propio campo. A semejanza de aquellos antiguos eruditos que fueron martillo y terror de los falsarios, embiste sin reparo alguno contra todo género de patrañas.
De la enseñanza oficial poco hay que esperar en esta parte, porque su viciosa organización acaba por desalentar las vocaciones más fuertes. Al cuerpo universitario pertenecen o han pertenecido (dígase para gloria suya) la mayor parte de los investigadores de mérito que modernamente ha tenido España, pero casi todos se formaron solos y no sé si alguno ha llegado a crear escuela.
Restablecer el sentido que tuvo la Historia antes de que se había trocado en arma de controversia política. Como muchas de las ideas políticas que buscan su apoyo en la historia no son ensayadas todavía, y por tanto muy vagas, por ende tienden a quebrantar la objetividad y romper con la tradición. La imparcialidad que falta a algunas obras ha de ser lograda a pesar de las controversias y miras políticas.
La continuidad en el esfuerzo, un impulso común y desinteresado, una imparcialidad u objetividad, como ahora se dice, que da firmeza a sus resultados y contrasta con el individualismo anárquico en que hemos caído. El olvido o el frívolo menosprecio con que miramos nuestra antigua labor científica, es no sólo una ingratitud y una injusticia, sino un triste síntoma de que el hilo de la tradición se ha roto y que los españoles han perdido la conciencia de sí mismos.
Evitar la tendencia hipercrítica que se vislumbraba en el tiempo de Menéndez Pelayo y ahora junto con lo políticamente correcto se ha apoderado de la ciencia histórica y está a punto de convertirla en nada más que un pirronismo histórico.
La materia histórica es flotante y móvil de suyo, y el historiador debe resignarse a ser un estudiante perpetuo y a perseguir la verdad dondequiera que pueda encontrar resquicio de ella, sin que le detenga el temor de pasar por inconsecuente. El que sueñe con dar ilimitada permanencia a sus obras y guste de las noticias y juicios estereotipados para siempre, hará bien en dedicarse a cualquier otro género de literatura, y no a éste tan penoso, en que cada día trae una rectificación o un nuevo documento.
En fin, he querido recoger del modo más fiel posible las ideas de Menéndez Pelayo porque, a más de un siglo de distancia, tienen tanta vigencia como en su época. Pero, si se me permite sintetizar todo esa inmensa sabiduría y grandeza moral del sabio español, diría que no son los principios teóricos o morales lo más importante para la construcción de una obra de investigación, sino la expresa voluntad del investigador de trabajar día a día por encima de las dificultades económicas y burocráticas que nos impone la actual crisis económica. Sin voluntad de superación y amor al trabajo bien hecho no puede crearse una obra valiosa.