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Sin Gobierno ni políticos

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 19 de mayo de 2008, 20:36h
Los interesados por estos temas recordarán que ha unos años, en el fastigio de la gobernanza de Felipe González, cundió, como fuego en cañaveral, entre la clase política socialista y no socialista la lectura del bello libro de la escritora belga Margarita Youcenar Las Memorias de Adriano, aquel emperador romano nacido en la Bética. En el despegue del laicismo ministerial -por entonces, tímido-, uno de sus pasajes más reproducidos en los medios fue el referente al vacío, en las postrimerías del siglo II d. C., de divinidades tras el ocaso de las religiones de la antigua Urbe y el consolidación del cristianismo.

Muy probablemente, respecto al regimiento hodierno del país y la actuación de su estamento político, no pocos miembros de las mencionadas generaciones y de las accedidas ulteriormente al protagonismo nacional habrán repristinado tan curioso y significativo episodio de la vida pública de un veintenio atrás. La razón ha estado ocasionada por la casi total ausencia de gobierno y oposición del escenario indígena y foráneo durante más de dos meses. En efecto, a manera de desaparecidos en combate después de las enconadas elecciones generales de 9 de marzo precedente, antiguos y flamantes componentes del Consejo de Ministros, escoltados pedisecuamente por los del fantasmal y delicuescente “Gabinete en la sombra” del hamletiano Mariano Rajoy, estuvieron disfrutando hasta finales de mayo de unas apacibles vacaciones antes reincorporarse al meticuloso cumplimiento de sus deberes que, según comentaristas avisados mas no aviesos, coincidirá con el inicio del próximo curso escolar... A lo largo de todo ese tiempo, ningún titular periodístico o televisivo informó de medidas de grávida trascendencia adoptadas por el gobierno ni de proyecto alguno de cierta sustancia del lado de su principal adversario parlamentario, más allá de los lances sucesorios entre los diadocos de un José María Aznar -nuevo milagro- convertido en un Alejandro Magno de las huestes populares a las que llevara al triunfo en dos ocasiones.

La verdad sea dicha, sin embargo, en tan prolongado paréntesis la ciudadanía ha echado poco de menos la presencia de la clase política, viniendo así, indirecta y paradójicamente, a dar fundamento a las tesis propugnadas precisamente por una de las corrientes en alza en las filas conservadoras. Parece como si los españoles de la primavera del 2008 hicieran suya y asumieran por entero la coplilla cantada por los serenos madrileños en los primeros días de octubre de 1868, una vez acabado de producirse el derrocamiento de la simpática y muy desnortada reina Isabel II: “Yo era siervo de Isabela /reina constitucional; /hoy es ella una emigrada, /y yo soy mi majestad”...

Bien es cierto que con tal comportamiento tampoco innovamos nada. Cuentan los mejores conocedores de la vida italiana que, en las tierras del Lacio, lo contemplado ahora en nuestro país es allí espectáculo habitual cuando no cuotidiano; y ello no en virtud de una Administración eficaz y diligente en extremo, sino merced a la creatividad y vigor de una sociedad muy superior en cuanto inventiva y actividad al aparato estatal. Sin embargo, “la gentil anarquía” ibérica no llega a tanto. Pese a genes y señas de identidad proclives a la acracia y el “totorresismo”, tras la dilatada etapa franquista los españoles desean que el estamento político dirigente canalice, sin tregua ni paréntesis alguno, todas sus inquietudes y aspiraciones, sin ensanchar más la ya larga -y muy preocupante- distancia que los separa de las esferas rectoras de los grandes partidos.
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