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ORIENT EXPRESS

Las protestas en Hong Kong

Ricardo Ruiz de la Serna
domingo 05 de octubre de 2014, 19:50h

Hay algo familiar en las imágenes que llegan de Hong Kong, donde las protestas callejeras duran ya dos semanas. Las multitudes que ocupan los espacios centrales de la ciudad han creado una estética –las mascarillas, los paraguas de colores, las pantallas de los móviles iluminadas que se mueven al unísono- que relaciona a los manifestantes de la antigua colonia británica con las Primaveras Árabes e incluso, más atrás en el tiempo, con las revoluciones que desde el comienzo de siglo se suceden en distintos lugares del planeta.

El ciclo comenzó en 2000 –apenas un año después de los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia- con las movilizaciones que derrocaron a Slobodan Milosevic, donde destacó el movimiento estudiantil OTPOR, y que emplearon el humor y la creación de escenas que ridiculizasen a las instituciones del Estado. La risa ganó un valor subversivo que no tuvo en las revoluciones del siglo XX (la rusa, la china, los procesos de descolonización más o menos violentos). Los jóvenes con el rostro pintado, los grupos de pop, las coreografías urbanas de la protesta sustituyeron a las milicias revolucionarias, los uniformes y los gestos serios de los líderes. El siglo XXI sería el tiempo de las “manifiestaciones”.

Así que el modelo que vemos en China dista de ser nuevo. Lo vimos en 2003 en Georgia con la caída de Shevarnadze; en 2004 en Ucrania con la victoria de Yushenko; en Kirguistán con la salida de Askar Akayev y en El Líbano con el fin de la presencia y la influencia sirias. En 2006 la Revolución Blanca fracasó en el intento de derribar del poder a Lukashenko. En 2007 vimos el modelo en Birmania con la revuelta de los monjes budistas. En 2009 le tocó el turno a Irán, donde la oposición fue reprimida con una brutalidad que conmocionó al mundo. En 2009, la república de Moldavia vio cómo la agitación movida a través de Twitter canalizaba las protestas contra el presunto fraude en las elecciones parlamentarias que ganó el Partido Comunista de Moldavia. En 2010, las multitudes echaron a Ben Ali de Túnez. En enero de 2011, cayó Mubarak en Egipto. Los procesos revolucionarios en Siria y Libia dieron en dos conflictos civiles que distan de estar resueltos. En 2013 manifestantes de distintas tendencias ocuparon la plaza de Maidan e iniciaron un proceso que ha generado inestabilidad en toda Europa oriental. Hay más ejemplos, pero creo que esto basta para señalar que ya hemos visto lo que está sucediendo en Hong Kong. Permítanme cierta desconfianza cuando se habla de espontaneidad después de lo que vamos conociendo sobre esos procesos.

La República Popular China no ha quedado al margen de estas protestas. En algunos casos, como con las llamadas “Primaveras Árabes”, las autoridades lograron controlar el flujo de información que llegaba a China continental aunque no lo lograron en Hong Kong. Por otro lado, en la propia China llevan años sucediéndose protestas contra la corrupción de los líderes locales en distintas provincias y ciudades. La elección de Xi Jinping como Secretario General del Partido Comunista Chino en su XVIII Congreso el 15 de noviembre de 2012 anticipó el cambio que llegaría cuando llegase a ocupar la Presidencia de la República el 14 de mayo de 2013. Así, Xi Jinping, descendiente de los dirigentes históricos compañeros de Mao antes de 1949, ha lanzado una lucha contra la corrupción que satisfaga las protestas de las clases populares sin poner en peligro los fundamentos del sistema nacido en 1949.

Sin embargo, la civilización china hace de la armonía y el equilibrio una de las virtudes centrales del gobierno. Por supuesto, China ha sufrido procesos revolucionarios a lo largo de su historia milenaria pero, en general, han sido provocados por el caos y el desorden reinantes. En la China moderna, tanto las rebeliones del siglo XIX –en especial, la de Taiping Tian Guo- como las del siglo XX –la Revolución China que llevó a la fundacion de la República en 1912 y la que condujo a la República Popular en 1949- hundían sus raíces en las injusticias sociales, la corrupción y el caos (por ejemplo, el terror impuesto por los señores de la guerra). La reivindicación democrática y la exigencia de sufragio universal que llenan las calles del centro de Hong Kong son ajenas a la cultura y la tradición del resto de China que, a diferencia de la antigua colonia y de Taiwan, no han alcanzado el desarrollo económico a través de un sistema democrático.

Por supuesto, la crisis política en Hong Kong puede influir en el resto de China y de ahí la decisión de censurar la información que sale de la región. Sin embargo, toda censura tiene sus grietas. El temor a que el movimiento en Hong Kong tenga imitadores en China está justificado si volvemos la mirada a Mongolia Interior, al Tíbet y a Xinjiang, desde donde el terrorismo independentista uigur se ha extendido al resto de China. No hay que minusvalorar el efecto contagio que se pueda producir en esas regiones pero tampoco exagerarlo. Las críticas a los malos gobernantes no equivalen a críticas al Partido Comunista, verdadera fuente del poder en la República Popular. Una agenda inteligente de reformas y cambios puede contribuir a canalizar el descontento de China continental sin necesidad de cambios políticos como los que los jóvenes reclaman para Hong Kong. Por otro lado, esas reivindicaciones no son unánimes. Algunos habitantes de Hong Kong –de los que se habla menos en occidente- se oponen a los manifestantes y desean una vuelta a la normalidad. El nacionalismo chino también es una fuerza social muy poderosa.

Así, es improbable que las protestan en Hong Kong desencadenen una proceso similar en el resto de China. La economía, incluso en el actual momento de enfriamiento, dista de estar paralizada. La estabilidad política en la mayor parte del país va más vinculada a la cobertura de necesidades básicas como el alimento, el vestido, la educación básica o la vivienda que a reivindicaciones como el sufragio universal. En realidad, el mayor peligro para China es que el temor a la inestabilidad detenga o revierta las reformas que se puedan acometer para combatir contra la corrupción o para ampliar ciertos derechos humanos como la libertad de expresión en el marco político. Los conflictos sociales como las expropiaciones de tierras, las demoliciones de casas o el deterioro ambiental en las ciudades tienen un mayor poder de movilización que las reivindicaciones de Hong Kong.

En la historia de China, un gobernante podía ser magnánimo o despiadado pero jamás débil y, parafraseando a Goethe, debía preferir cometer una injusticia antes que tolerar el desorden.

A ver quién gana el pulso por el poder en la Región Especial Autónoma de Hong Kong.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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