Miembro combatiente de la I Bandera de la Falange andaluza desde que ésta “liberara”, comediado agosto de 1936, a su pueblo natal de Aracena; discípulo hondamente estimado y valorado por D. Juan de Mata Carriazo -eminente catedrático de la Universidad Hispalense de hondas raíces “institucionistas”- y también alumno muy apreciado por su coterráneo D. Diego Angulo Íñiguez, prestigioso docente en la misma Alma Mater Hispalense -de filiaciones y afecciones con la derecha moderantista que gobernó a España desde el advenimiento de la dinastía borbónica hasta el consolidamiento de la actual democracia-; cabeza de fila del grupo etiquetado “Arbor” – del nombre de la misma revista publicada por el C.S.I.C. a partir de 1942; primer y competente catedrático de la flamante disciplina de Hª de los Descubrimientos Geográficos; conspicuo integrante del círculo monárquico constituido en redor del aspirante al trono español D. Juan de Borbón, conde Barcelona; asiduo columnista del diario Arriba; director general de Información en el ministerio de Información y Turismo, creado en 1951 y rectorado por el galaico Gabriel Arias Salgado hasta ser sustituido por su coterráneo M. Fraga Iribarne en 1962; presidente del Ateneo de Madrid y vicerrector de la Universidad Internacional de Santander y personalidad destacada del Opus Dei; tal era el impactante pedigrí intelectual y político del onubense Florentino Pérez-Embid (1918-74), cuando, desde el otoño mismo de 1951, comenzó a sentirse con fuerza en el mundo cultural catalán su decidida apuesta por sus empresas y protagonistas más descollantes.
Entre éstos sobresalía, ya con aura muy extendida por el Principado, el gerundense Jaume Vicens Vives (1910-60), con seguridad el modernista más original y relevante de la historiografía hispana, así como contemporaneísta de altos y elevados quilates, con una obra en uno y otro campo –de igual modo en el bajo-medievalismo- de alto coturno y dechado de perfecciones metodológicas y expositivas en mú1tiples de sus áreas. De orígenes sociales bien modestos pero casado en plena guerra civil con una mujer de encumbrado linaje ampurdanés vinculado en algunas de sus ramas con el mundo de la edición, en el ilusionado arranque de los decisivos años cincuenta, el autor de los libros de mayor audiencia en diversos ámbitos de nuestra historiografía constituía, una vez retornado a Barcelona, la esperanza blanca del catalanismo de cochura burguesa, olvidado ya de las vibrantes polémicas mantenidas por Vicens, poco antes y en medio de la contienda civil, con algunos de los más cualificados representantes y gurúes del espíritu más romántico y radical de la Renaixença. Con un fuerte feeling con Pérez-Embid, contraído tiempos atrás después de un fructífero Congreso –eran otros tiempos…- celebrado en Sevilla –segunda y embrujadora patria del primero-, reforzó pronto su querencia catalanófila, puesta de relieve, entre otras muchas muestras, por su manifiesta inclinación por Fernando el Católico y su desafección por Isabel, actitud que en los años 40 y 50 no constituía, precisamente, una posición acomodaticia en el seno del Régimen. La aparición sin tracto alguno censorio de la espléndidamente escrita y harto documentada Historia de España del respetado y ahora templado catalanista Ferran Soldevila, en la que la tendencia “aragonesista” se manifestaba tan ancha como nítida, se erigió en los inicios mismos de los 50 en evidencia palmaria de los vientos que impulsaría ya sin retrocesos notables la navegación del pensamiento y la ciencia catalana por el alto mar de la cultura, en un país, por supuesto, en que las heridas de la contienda de 1936 se descubrían claramente rebeldes a toda suerte de cauterios… A punto de abandonar sus responsabilidades ministeriales, Pérez-Embid tuvo también la satisfacción de impulsar y dar amplio vado a la última de las grandes empresas pilotadas por su entrañable amigo: la Historia social de España y América, publicación cimera de la cultura hispana en el novecientos, según es bien sabido.
Abierta la ruta, resultó con posterioridad no demasiado arduo proseguirla, como aconteciera justamente con el sucesor del catedrático onubense, el también historiador, famoso integrante del Opus Dei y amigo de Vicens, el ceutí V. Rodríguez Casado, hijo de un general victorioso y sobrino de D. Manuel Azaña por vía materna. Los un tanto colmatados recuerdos del cuñado de Fraga Iribarne, el valenciano Carlos Robles Piquer, quien sucediera en 1962 a Rodríguez Casado al frente de la importante dirección general de Información, ofrecen un amplio material de ésta relativo a sus andanzas y desventuras con el mundo cultural del Principado en los días del fastigio franquista y de su pronta e inexorable decadencia. Los patrones de los 50 permanecieron sustancialmente intactos. La catalanofilia se convertía poco a poco en política de Estado, por la imposición misma de una sociedad de fuerza y creatividad incontenibles, proel de todas las comunidades restantes españolas por su energía, virtualidades e inmensa capacidad de trabajo.