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TRIBUNA

Nueva política económica para Europa

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 13 de octubre de 2014, 20:31h
Actualizado el: 13/10/2014 22:14h
El ya largo debate entre quienes defienden para la UE la política económica de la canciller Merkel –reducción del gasto público, control estricto del déficit y de la inflación, rigor fiscal, en suma, austeridad y equilibrio presupuestario- y quienes propugnan un cierto keynesianismo, esto es incremento del gasto público para cebar el crecimiento y reducir el desempleo, puede haber empezado a dar un importante vuelco la semana pasada. Conviene no simplificar el sentido de este debate que no se puede limitar a una confrontación derecha-izquierda, como tampoco a las diferencias existentes entre Alemania, sus ciudadanos y empresas, junto con los países más cercanos a las tesis germánicas (Austria, Países Bajos, Finlandia, países escandinavos y bálticos) y los países del sur, en tiempos denominados los PIGS (“cerdos” en inglés), siglas que se referirían a Portugal, Italia, Grecia y España, grupo del que, en estos momentos, quedaría excluido nuestro país, gracias a sus esfuerzos reformistas, y se añadiría, por el contrario, Francia.

Hasta el pasado día 8 de octubre todo parecía seguir el usual camino y los comentaristas internacionales afirmaban que nada hacía pensar que ni Angela Merkel ni las empresas alemanas fueran a ceder en sus conocidas posiciones, aunque ya se señalaba que el desafío a esa política –austeridad presupuestaria como obligada condición para un crecimiento saludable- nunca había sido más intenso. Ese día se celebró en Milán una cumbre de jefes de gobierno de la UE para tratar del desempleo, especialmente del juvenil y, aparte de constatar la preocupación general por los altos porcentajes de paro, sobre todo entre los jóvenes, no se dio la impresión de que se hubiera avanzado significativamente. El poderoso ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, recordó el compromiso alemán por el equilibrio de sus Presupuestos. Indirectamente venía a decir que todos los demás países debían atenerse al mismo criterio. Un alto funcionario federal, con menos rodeos, subrayó que “tenemos reglas comunes que hemos acordado entre todos”.

Sin embargo, solo cuarenta y ocho horas más tarde, el día 10, las informaciones transmitían la impresión de que se había producido un vuelco en esta rígida posición germánica. En una conferencia de prensa dada el día 9 en Berlín, la canciller Merkel había expresado su decidida voluntad de usar el gasto público para estimular el crecimiento con el fin de dinamizar la letárgica economía alemana, sin reiterar su conocido énfasis en el equilibrio presupuestario. Esta insólita nueva actitud se interpretó como una respuesta al informe conjunto de cuatro de los más influyentes institutos de economía alemanes que acababan de advertir el estancamiento de la economía germana y reducían el incremento del PIB para este año a un modesto 1’3 por ciento, cuando seis meses antes habían previsto un 1’9 por ciento. Para 2015 dejaban ese crecimiento del PIB en un mísero 1’2 por ciento, muy lejos del 2 por ciento previsto anteriormente. Se preveía, además, un crecimiento cero para el penúltimo trimestre de este año y un 0’1 por ciento para el último. La siempre saludable economía germánica tenía serios achaques.

La economía alemana, basada en la exportación, constataba, además, una caída en las exportaciones, en agosto último, del 5’8 por ciento respecto del mes anterior, lo que sembró la alarma entre los empresarios que venden sus mercancías al extranjero. ¿Qué estaba pasando? No era difícil de precisar: Las economías europeas, principales compradores de los productos germánicos, estaban sumidas en el estancamiento, como Francia, o en la recesión, como Italia. Lógicamente, no podían permitirse la importación de esas mercancías o servicios que compraban en tiempos de bonanza. ¿Cómo van a hacerlo si el nuevo ministro francés de Economía, Macron, sin cortarse un pelo, ha reconocido que la economía francesa está “enferma”?

Llovía sobre mojado. Draghi, presidente del BCE, por aquellos mismos días, había reiterado, en viaje en los Estados Unidos, su voluntad de hacer todo lo posible para impedir que la inflación se mantuviera en “niveles considerados peligrosamente bajos”. Tan bajos que algunos han llegado a temer una deflación que, como escribía Wolfgang München en Financial Times, “pondría en peligro de transformar la depresión en un estancamiento secular, que tendría que medirse en generaciones, no en años”. El llamado “Informe de Ginebra”, redactado por un grupo de académicos, no estaba muy lejos de esa sombría perspectiva y apostaba por las “facilidades cuantitativas”, las QE (“quantitative easing”), de las que nos hemos ocupado recientemente en esta columna.

Draghi expresó también, indirectamente, su deseo de “ir más lejos” en las acciones del BCE, algo que se interpretó, también en la línea QE, como una posible referencia a la compra de bonos de los gobiernos, idea que hasta ahora era categóricamente rechazada por Alemania. Dijo también que los países que tenían posibilidades –y todo el mundo entendió que se refería a Alemania- debían gastar dinero. El dinero que tiene pues, a pesar del último frenazo, el superávit exterior de Alemania es ahora más elevado que incluso el de China. Draghi fue, quizás, demasiado optimista cuando afirmó que los países que no hicieran “las cosas que hay que hacer” (the right things) correrían el peligro de desaparecer porque sus gobiernos no serían reelegidos. No valoró que una buena parte de los electorados son muy sensibles a las tentaciones populistas, de uno u otro color y, muy a menudo, prefieren los populistas a los rigurosos, aunque a la larga tendrán que lamentarlo. Porque gobiernos con influencias populistas está claro que no van a hacer “las cosas que hay que hacer” sino, más bien, adoptarán irresponsables medidas inspiradas en el chavismo o, si quieren, en el zapaterismo. Muy diferentes entre sí, desde luego, pero ambos nefastos.

En Alemania crece también la tendencia a exigir al Gobierno que promueva las inversiones, con créditos a bajo interés, como es ahora posible por los bajos tipos existentes, pues aquel país necesita poner a punto sus infraestructuras, muy envejecidas cuando no obsoletas. La propia canciller Merkel reconoció, en la misma intervención citada, que en Alemania hay que reducir la burocracia, esto es las regulaciones inútiles que, por ejemplo, hacen muy costoso comenzar un nuevo negocio. Eso mismo se decía en el citado informe de los cuatro institutos económicos. Claro está que, como contrapunto y advertencia, Schäuble afirmaba que “firmar cheques no es el camino adecuado para que la eurozona crezca”. Y es que Alemania se va a resistir a las supuestas “alegrías” de sus socios latino-mediterráneos, salvo que vea –como está empezando a ver- las consecuencias negativas de tal política sobre su propia cabeza. Pero ya salen también quienes advierten del peligro de pasarse en esas medidas de incentivar el gasto público. Una vez más, estamos en el juego de las siete y media: Tan malo es no llegar como pasarse.

Para acabar de redondear este cuadro, el Fondo Monetario Internacional anunciaba el día 7 que la eurozona podría caer en su tercera recesión en cinco años y reducía el crecimiento conjunto de la misma a un 0’8 por ciento, tres décimas menos de su última previsión que era del 1’1 por ciento. Expresamente, el FMI pedía también a Alemania que estimulara su economía aumentando el gasto, como remedio para que el conjunto de la zona euro creciese. En la misma línea, un reconocido economista alemán, presidente del Instituto Alemán de Investigación Económica, Marcel Fratzscher, acaba de publicar un libro, La ilusión alemana, en el que también pide que el gobierno invierta en infraestructuras, estimule la inversión privada y modernice el sector servicios. En su opinión, esas serían las precondiciones para que aumentasen los salarios y, en consecuencia, el consumo. Este economista también critica a las empresas alemanas porque invierten en Europa oriental, Asia y los Estados Unidos, en vez de los países de la eurozona. A ver si le hacen caso.

Ante esta nueva fase del debate sobre las políticas económicas, habrá que esperar a ver cuál es la actitud de la nueva Comisión Europea que asumirá funciones el 1 de noviembre. A la “vieja” le queda todavía por delante la tarea de revisar los Presupuestos de los países miembros, que se debe hacer en este mes de octubre. Francia e Italia pueden tener problemas. Las próximas cumbres de la UE -el Consejo Europeo, que va presidir el polaco Tusk- van a ser, desde luego, muy interesantes pues de ellas dependerá la creación de un nuevo clima económico, sobre todo en la eurozona, que permita salir del estancamiento y recobrar el dinamismo perdido. España, gracias a las reformas de estos últimos años, está en mejores condiciones que Francia e Italia, segunda y tercera economías de la eurozona. Nadie duda de que consolidaremos nuestra posición y el FMI ha dicho que seremos el país que más crecerá de la eurozona. Pero es evidente que el estancamiento de nuestros socios más relevantes podría influir negativamente sobre nuestra economía. Si los nuevos stress tests de la banca, cuyos resultados se publicarán el domingo 26 de octubre, son favorables, como parece probable, para nuestros grandes bancos, el crédito podrá comenzar a fluir con la consiguiente consolidación del crecimiento y del empleo. Pero es evidente que, en la eurozona, todos estamos en el mismo barco y todos tenemos, juntos, que salir adelante.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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