En Estados Unidos se está llevando a cabo un intenso debate político sobre los fallos cometidos en los casos de ébola. Son muchas las voces que se han alzado para denunciar que los hospitales no han seguido correctamente el protocolo y sindicatos de auxiliares sanitarios han amenazado con movilizaciones, tras hacer público que apenas han recibido apoyo y que no les proporcionaron prácticamente instrucciones ni entrenamiento sobre cómo hay que ponerse los trajes de protección frente al terrible virus. Tampoco ha sido precisamente bien visto que el gobernador del Estado donde se han producido los contagios esté de viaje. Lo que no ha hecho Obama que trata que la situación no se le vaya de las manos. Así, ha suspendido actos electorales y permanece en la Casa Blanca para coordinar la respuesta a la crisis.
Sin duda, no es para menos. La oposición ha comenzado una campaña en la que, entre otras propuestas, ha pedido que se impida la entrada al territorio norteamericano de todos los viajeros que llegan de Liberia, Costa de Marfil y Guinea, los tres países asolados por la pandemia, y ha acusado al Centro de Control de Enfermedades de gastar el dinero de forma irresponsable, considerando que la Administración de Obama se ha mostrado incompetente y ha descuidado la seguridad fronteriza.
Es necesario que en Norteamérica como en cualquier otro país donde ha irrumpido este virus mortal -por desgracia, el nuestro- se aborden y analicen con presteza y transparencia los fallos cometidos para que no vuelvan a repetirse. Pero eso no debe servir para lanzarse a la yugular del contrario, aprovecharse políticamente de la crisis, y crear una crispación y una alarma sin límites. Cuando lo que exige un momento como este es unidad para hacer frente al ébola y tomar todas las medidas de prevención evitando los errores.