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TRIBUNA

El esperpento catalán

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 20 de octubre de 2014, 23:16h

El esperpento, género literario ideado por el genial gallego Valle Inclán, parece, en principio, poco adecuado a la supuesta y tradicional seriedad y rigor que se atribuye a los catalanes. Pero, en estos últimos tiempos –y como inevitable daño colateral de la congénita idiocia nacionalista- hemos tenido ocasión de presenciar un florido ramillete de esperpénticas actitudes y actuaciones, a cargo de destacados miembros de la tribu separatista que se arremolina en torno al indiscutible y carismático liderazgo de Artur Mas. Incluidos, desde luego, quienes –defraudados por el aparente renuncio “masivo” (de Mas)- tratan de acelerar “el proceso” para llegar cuanto antes al sublime momento en que, por medio de una declaración unilateral (porque yo lo valgo), proclamar la independencia de la República Catalana.

Hemos visto a un atribulado Homs –ideólogo institucional de la perdida soberanía que nunca existió-intentando justificar por qué el 9 de noviembre, aunque no habrá referéndum, por mor de la legalidad constitucional, sí se sacarán las urnas a la calle para que los catalanes decidan. Se le entendía todo: Respetamos al TC pero como somos muy listos, los más listos, ideamos un proceloso procedimiento que nos permite saltarnos (no a la torera, que es algo demasiado español) por la buenas la expresa prohibición. Y, además, damos quince días para ver si inflamos un poco el porcentaje de participación, pues, en otro caso, sería más bien exiguo. Así podremos sacar pecho ante estos pesados de ERC que quieren ser más catalanes que nosotros. Pero, ¿quién va a ser más catalán que nosotros, hijos y herederos (¡ay las herencias!) del padre Pujol, creador del sabroso invento nacionalista? Así pues. Vamos a decidir y la nuestra será la consulta más larga y prolongada que verán los siglos. ¡Nada menos que quince días votando! Aunque los malvados españoles dirán que se va a parecer al discurso de un tartamudo, que se sabe cuándo empieza, pero nunca cuándo termina. Sacaremos la decisión con sacacorchos, si hace falta.

Como ya no tiene encaje un superado y discutible derecho de autodeterminación, los nacionalistas se han inventado esta monserga del derecho a decidir. Este derecho a decidir, incluso en contra y por encima de la Ley, de la razón y del sentido común, se ha convertido para ciertas gentes que están en los aledaños del totalitarismo, en la norma suprema de lo que ellos creen que es democracia. Cualquier grupito se lo atribuye para imponer sus antojos sobre cualquier cuestión por que el voto es, para todos estos seudo-demócratas, la nueva palanca para mover el mundo, aunque sea para sacarle de sus casillas. Como esos eco-canarios que, al grito de “aquí vivimos, aquí decidimos”, se manifiestan contra las prospecciones petrolíferas que, si tuvieran éxito, podrían sacar a aquella ultraperiférica región del paro y de la pobreza. O como aquellos ateneístas del siglo pasado (o del XIX) que, como no se ponían de acuerdo acerca de la existencia de Dios, decidieron someterlo a votación.

Casi simultáneamente a la comparecencia de Homs, veíamos en la televisión a un lloriqueante Junqueras pidiendo ya, sin dilación, la independencia, con la misma actitud de quien está aherrojado, sufriente, y suplica que no se prolongue más su tormento. Sólo en el colmo de la maldad y de la perversión se puede mantener la opresiva situación que padecen los catalanes, privados de las más elementales libertades y sometidos a la odiosa y mesetaria bota castellana. ¡Por favor, ni un minuto más esta abominable tortura! ¡Recuperemos de una vez y para siempre la independencia de nuestra supuesta nación (que nunca existió, pero que nuestros engañados jóvenes se han creído que es tan eterna como nuestros Pirineos y anterior, incluso, a la llegada de los romanos a esta Hispania Citerior). Lo que nunca ha contado el lacrimoso Junqueras es qué haría al día siguiente de esa tan ansiada declaración unilateral de independencia. Podría acordarse, por si acaso, de lo que le pasó a Companys en octubre de 1934, en plena II República, después de un acto similar y, ya de paso, conjurar los manes del general Batet.

Pocos días antes, un canal nacional reproducía un programa de TV3 (un instrumento de entontecimiento general, propio de un país totalitario) en el que un supuesto experto en cuestiones internacionales –perteneciente por su aspecto a esa generación de jóvenes estafada desde su infancia por la propaganda nacionalista, a que se dedica allí el sistema educativo- se ocupaba de la futura política exterior de la Cataluña independiente y ofrecía su carta maestra para que el nuevo estado se hiciese respetar, y temer, por los reticentes pero secretamente deseados socios europeos:¡Ofrecer el puerto de Barcelona como base para los submarinos chinos! ¡Una nueva Albania, seguro que tan próspera como la original, surgiría así en el Mediterráneo, haciendo temblar a las potencias occidentales! ¡Los chinos dominando el Mare Nostrum! Al principio creí que se trataba de un programa de humor, un cuento chino en el sentido literal de la expresión. Pero me aseguraron que iba en serio y que el jovencito en cuestión no era un humorista sino un auténtico (?) “experto”, muy escuchado en los salones del Palau de la plaza de Sant Jaume.

La serie de esperpentos nacida en las calenturientas mentes de los separatistas no acaba ahí. Se podría hacer un grueso volumen, con sorprendentes descubrimientos, al estilo de la en su día famosa “Enciclopedia Soviética”, que nos quería convencer de que todos los notables inventos que han forjado la modernidad habían surgido en aquel maravilloso paraíso del proletariado. Ahí cabrían las investigaciones de otro destacado indagador que ha descubierto que Cervantes era catalán (aunque su nombre se le ha arrebatado a las calles que lo llevaban en algunos municipios en manos de los nacionalistas) y que la primera versión, la original, de Don Quijote se habría escrito en la lengua de Ramón Llull (que no era catalán, sino mallorquín), de Muntaner, o de Ausias March y Joanot Martorell (que eran valencianos). Solo más tarde, algún pardillo de la Meseta lo habría traducido al castellano o español, como se conoce a ese idioma, el nuestro, en todo el mundo.

Me contaba un diplomático destinado en un país europeo su entrevista con dos estudiantes catalanes, chico y chica, beneficiarios de becas Erasmus (que algunos maliciosos llaman Orgasmus, averigüen ustedes por qué). A la chica, evidentemente más inteligente y más culta que el mozalbete, eso de la independencia catalana le parecía una paparrucha (palabra que el nuevo DRAE define sabiamente así: “1. Noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo.// 2. Coloq. Tontería, estupidez, cosa insustancial y desatinada”). Pero el garzón, a sus diecinueve años, era la típica víctima de la gran patraña nacionalista y dejó boquiabierto al diplomático por su total ignorancia de la verdadera historia y por el entusiasmo con que profesaba y defendía lso desvaríos y las tergiversaciones de los “historiadores” al servicio del monumental embuste separatista.

Los esperpentos acaban casi siempre en comedia bufa y mejor no acordarse de los casos en que la obcecación de sus actores los hace concluir en tragedia. En un país como el nuestro, donde rige el Estado de Derecho, la ley tiene suficientes remedios para estas y similares situaciones. Aquí no va a ver ningún choque de trenes como auguran (quizás algunos hasta lo deseen) los pesimistas y a los que les gusta la escandalera. Y no lo habrá porque aquí no hay más que un tren, el del Estado. El supuesto otro, en la línea del esperpento, no es más que un divertido tren de feria, de esos que recorren las localidades turísticas para solaz de sus visitantes.

Ni el radicalismo de Junqueras ni la cantinflanesca ambigüedad de Mas y sus acólitos, capaces de decir, sin solución de continuidad, una cosa y su contraria, tienen salida ni soluciones. Ya es hora de que vuelvan al seguro ámbito del Derecho y dejen de ser unos “fuera de la ley”, como esos “outlaws” de las películas del oeste, que trataban de imponerse con chulescas bravatas de “saloon”. Todos estos esperpentos denotan una “megalomanía delirante”, que es diagnóstico que han aplicado los psiquiatras al “pequeño Nicolás”, que se ha hecho famoso estos días por su rocambolescas aventuras. Y es que estos arúspices del separatismo tiene en común con este atrevido jovenzuelo mucho más de lo que pudiera parecer a primera vista.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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