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TRIBUNA

Corrupción: la excepción no confirma la regla

Alberto Pérez Castellanos
martes 28 de octubre de 2014, 20:23h
Actualizado el: 28/10/2014 20:42h
Casi tanto como lo casos de corrupción que nos invaden cada día, me cansa escuchar que esa lacra de nuestra clase política y empresarial es una seña de identidad de nuestro país y de todos los que en el vivimos, nacimos, trabajamos... Es cierto que son demasiados los que roban, los que se aprovechan de su posición privilegiada, los que ponen la mano, aquellos que han intentado convertir en normal algo indigno, ilegal y nada ético. Pero por muchos delitos que cometan, por muchas tropelías que protagonicen, no me vale escuchar que son un ejemplo de lo que siempre hemos vivido en España, de lo que somos y que es algo innato a nuestro ser.

Me niego a pensar que los millones de personas honradas que cada día salen adelante con esfuerzo se sientan identificadas con un puñado de desalmados que roba a manos llenas. Y no sólo eso. Creo que se nos insulta cuando se compara que alguien busque ahorrarse cuatro duros para evitar que le desahucien, para ahorrar pensando en el futuro de sus hijos o para ayudar a un familiar o un amigo con problemas; con aquellos que tienen sueldos millonarios y encima esconden sus ingresos en Suiza, Andorra o cualquier paraíso fiscal, con los que cobran favor tras favor a base de comisiones, regalos y privilegios, con los que apenas cumplen unos minutos de escarnio público y unos meses de prisión (en el mejor de los casos).

No sólo me parece una injusticia meter en el mismo saco a unos insaciables tiburones de la política y economía, y a unos supervivientes de un sistema corrupto. Es una estrategia creada por los primeros para escudarse en los hechos de los segundos y que, por cierto, es poco efectiva, rastrera y pueril. Quieren que sean dos ejemplos de los mismo mientras que lo que buscan es igualar a quien roba una manzana porque tiene hambre con el que se enriquece cambiando el valor de los terrenos de otro en los que se planta el manzano, se lleva una comisión por la venta de sus frutos, la sidra, la madera, y se va de vacaciones con el dueño de la finca. A el “recalificador” y al propietario les falta criterio y razones para hacer tal comparación, pero sobre todo vergüenza.
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