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TRIBUNA

Isidoro Álvarez

Francisco Diéguez
sábado 01 de noviembre de 2014, 20:09h
Actualizado el: 11/01/2014 20:14h

Cuando nos abandonaste estaba en el hospital grave y con toda la fiebre del mundo. No pude cumplir con mis obligaciones sociales y sentimentales.

Solo conozco dos geniales grades empresas del mismo estilo, El Corte Inglés y la de los Ricordis, total la sociedad general de autores. Una vez le comparé con un gran monarca español, se reía sin saber el porqué de esa comparación. Lo justificaré.

Isidoro para disponer de más tiempo se creó un atuendo permanente, un traje negro con una camisa blanca y corbata oscura, esto para todos sus actos. Un día en una cacería se presentó a las ocho de la mañana con ese atuendo y un paraguas, llovía. Cuando entraban los pájaros por su puesto, éste parecía un nido de ametralladoras pues él cazaba con cuatro escopetas. Se terminó la cacería con una gran comida, unas copas, una mínima tertulia y a la media hora estaba en su Corte Inglés.

Mi último recuerdo fue en su despacho, me esperó a la entrada, como los tripones son enemigos de los abrazos, casi fuimos a parar al suelo, pasamos todos los largos pasillos hasta llegar a su despacho. Hablamos de muchas cosas, le pregunté por su guapísima mujer, me contestó con una frase que yo creo que está en desuso. Está muy bien, con sus achaques.

Durante la charla me dio la sensación de que su cargo le era casi insoportable, a mí me dio un ataque de indiscreción y de meterme en lo que no debo y de pie le dije, mira Isidro, mientras existas, tu puesto no lo puede ocupar nadie, no se concibe un Corte Inglés sin tu presencia, tú tienes que desaparecer en esa silla como Don Ramón. Hubo unos segundos de silencio, me pasó su brazo sobre mis hombros y nos dirigimos por el largo trayecto hasta la salida.

Adiós Isidro.

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