www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Debate del Castillo-Gabilondo. Al fondo, España (II)

domingo 02 de noviembre de 2014, 19:13h
Actualizado el: 11/02/2014 20:18h

...

He de volver a ciertas precisiones; por elemental honestidad.

En primer lugar, el requisito formal de participación “científica” en el ciclo se satisfizo desde el primer debate: el Sr. Nadal Ariño es Ingeniero de Telecomunicaciones; lo he sabido tarde. En segundo, me ratifico en las apreciaciones traídas a colación en “La educación debe ser un tema de Estado”, válidas desde el punto de vista de un obrero de la enseñanza media y un discurso de bases. Tercero, un ciclo como el referido, de propósito general, ha de ofrecer una vista de pájaro de todo el asunto, incluidas las enseñanzas superiores, plano de enfoque radicalmente diferente. Cuarto, incluso apreciaciones como las de Revel requieren ser afinadas: me son caras porque hacen referencia al modelo en el que me forjé; la familia educaba en primera instancia; en la escuela se completaba esa educación, cuyo peso decrecía a medida que la instrucción lo ganaba; en los institutos de enseñaza media esta era lo sustantivo.

Hoy, ese modelo, con la familia tradicional totalmente trastocada tanto orgánica como funcionalmente, carece de virtualidad y el hecho de educar está delegado la más de las veces en la institución escolar. La responsabilidad de poner en las conductas los límites que requiere la convivencia respetuosa con nuestros semejantes, que en eso consiste educar, la veo excesivamente “dejada”. Por muy variadas razones, una la pura comodidad de eludir el esfuerzo que ello supone. Nuestra referencia inmediata, la Europa que participa en el orbe con “el 8% de población, el 25% del PIB y el comercio mundial y el 40% del gasto social” (Dezcallar), languidece ebria de bienestar, ahíta de satisfacción; no quiere recordar qué caminos nos han permitido llegar hasta aquí y el precio que quienes nos precedieron pagaron por ello. Ignorancia voluntaria, la peor de todas. Y a nada de ello somos ajenos.

Si añadimos la escasa convicción con la que se defiende la incuestionable superioridad de nuestra forma de organizar la convivencia respetuosa con nuestros semejantes –­la posición de la mujer en un plano de equidad en todos los aspectos como piedra de toque­–, es decir de la democracia liberal orteguiana, hemos de aceptar que ya nada es igual. Y a partir de ahí hemos de abordar nuestra responsabilidad en todo ello: quienes somos los grandes beneficiarios del ingente esfuerzo de nuestros inmediatos predecesores, ¿qué futuro estamos diseñando?, ¿qué legado vamos a endosar?

Y, por ir concluyendo, he de hacer mención a un aspecto nada baladí al que tengo la impresión que se hace escasa atención: el ingente volumen de actividad económica que genera la demanda [o la oferta] de formación seria, más allá de la demagogia que podría revestir imputar como única causa la debacle de la instrucción pública; más aún en la etapa universitaria. Queda como mero apunte, no es momento de abordarlo.

Más allá del reconocimiento de que “algo hay que no se viene haciendo bien” (Dezcallar), por tratarse de asunto esencial que debiera ser objeto de gran acuerdo; de la evidencia de las “tablas” para un debate especulativo, un debate de principios filosóficos, con sus ironías y sofismas bien dosificadas (Gabilondo), contrapuestos a realidades sociológicas (del Castillo), dos planos también radicalmente diferentes aunque bien complementarios, he de dar toda la razón al Sr. Gabilondo en su apreciación: “triste relato”, pero que muy triste en verdad.

Porque la constatación de que su PSOE niega “ab initio”, sólo o en compañía de los habituales para la ocasión, cualquier legitimidad a las medidas que la aritmética parlamentaria del PP trate de implantar: “La LOMCE se derogará al día siguiente de que Uds. pierdan las próximas elecciones”, lo es. Es lo que entendí de la intervención de la Sra. del Castillo, en tono que me pareció melancólico.

Exactamente igual que ya sucediera con el gobierno de ese infausto presidente con el que usted colaboró. Ni que decir tiene que tal conducta se enmarca dentro de una categoría política cuyo nombre no es preciso expresar, mal que le duela.

Así que no pude por menos que meditar en la amargura con la que cerré mi primer texto de esta serie. Lo oído, y el recuerdo de Foscarini y de La Boëtie, no vinieron a menguarla.

"... aunque los españoles tienen ingenio, capacidad y medios suficientes para restaurar su país, no lograrán hacerlo; y aunque enteramente capaces de salvar su Estado, no lo salvarán porque les falta voluntad de hacerlo", dijo de nosotros el veneciano Foscarini cuando el alba de la “modernidad” del XIX aún estaba por llegar.

"... es astucia de tiranos embrutecer a sus súbditos”, constató el aquitano en el XVI.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios