www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Corrupción y democracia

sábado 08 de noviembre de 2014, 19:27h

La consecuencia más grave del fundamentalismo democrático es, según el espíritu y la letra de la filosofía de Gustavo Bueno, considerar la democracia como algo “internamente incorruptible”. La corrupción es más que una carga de la vida pública española. Es la otra cara de la democracia. Más aún, sin el análisis de la corrupción es imposible comprender el devenir de nuestra democracia. Por eso, precisamente, es menester repensar qué entendemos por corrupción y, sobre todo, cuáles son los caminos para combatirla sin caer en un vacío de poder democrático. Por ejemplo, la obra de Bueno, titulada El fundamentalismo democrático, es un magnífico análisis de los males de la democracia a través de una nueva y más amplia idea de corrupción, que traspasa las fronteras del ámbito delictivo. Esta obra levanta acta de algunos fracasos de la democracia española. En primer lugar, Bueno trata de fundamentar una nueva noción de corrupción. En segundo lugar, hay una descripción crítica de los defensores fundamentalistas de la democracia: quienes lejos de contribuir al desarrollo de la democracia vendrían a convertirse en los principales ideólogos de las democracias corruptas. Y, en tercer lugar, Bueno reitera la defensa de la nación española a través de la descripción y análisis de la mayor de las corrupciones del sistema político español, a saber, utilizar los mecanismos “democráticos” para negar el fundamento del propio sistema político: el Estado-nacional.

Al final, la corrupción máxima estudiada en este libro es una traición a la nación. A España. He aquíuna sólida argumentación para defender la nación española de los ataques perpetrados por los mecanismos del "Estado democrático de derecho". Bueno analiza motivos, siempre irracionales, y ofrece razones, desde su especial perspectiva filosófica, para contrarrestar a los ideólogos fundamentalistas de la democracia, es decir, a quienes ocultan la principal realidad de la democracia, a saber, que ésta aloja en su seno la corrupción. Más aún, la corrupción no es algo coyuntural, o perfectible, en los sistemas democráticos, sino que es un asunto estructural. El ataque a la nación se hace en nombre de la democracia. Esta es principal corrupción del sistema político español. Es el ejemplo más insigne de corrupción democrática puesto por Gustavo Bueno, en sus palabras, de generación de efectos indeseables para la Nación española, de fraude de ley, si se quiere, que la democracia ha propiciado como tal, por lo menos ha facilitado y en todo caso no ha podido conjurar. Esa corrupción es, por expresarlo con palabras de Ortega, en 1917, la democracia morbosa, que más tarde desarrolló el propio Ortega en una obra, aún magistral para comprender la corrupción derivada de todo fundamentalismo democrático, La rebelión de las masas.

La crítica a la corrupción de Bueno y, por supuesto la de Ortega están en las antípodas de la crítica moralista de la corrupción. Moral y política están estrechamente vinculadas. En efecto, esta crítica política a la corrupción nada tiene que ver con la esgrimida por supuestos incorruptos morales. En otras palabras, la“crítica” de la corrupción desde una supuesta autonomía moral, desde un ámbito puro al margen de la política real, es, quizá sin saberlo, una manera de extenderla, o peor, una forma deleznable para alcanzar el poder. Creo que la “crítica” políticamente correcta de la corrupción ha sido más un disfraz, un antifaz, que un genuino discurso crítico que vincule la corrupción a la democracia. El “discurso”, supuestamente crítico sobre la corrupción, ha sido y sigue siendo pesado y de mal gusto literario. Chascarrillos y vacías "moralinas" han sustituido las ideas sobre la íntima conexión de nuestra democracia a la corrupción. Miles de flores de plástico siguen adornando la falsa oratoria sobre la verdad de la política española: democracia y corrupción van cogidas de la mano. Voces de seda y ridículas metáforas utilizan quienes desprecian la corrupción con la boca chica, seguramente, porque no es propia. Las inepcias de los columnistas correctos de la corrupción, la diaria deshonra de la palabra de quien habla de la corrupción sin saber que el hombre es una contradicción de maldades y miserias, de buenos propósitos y resultados catastróficos y la cursilería empalagosa de los falsos críticos de la corrupción son peor que insoportables. Conforman una plaga que complementan a los corruptos con fórmulas retóricas, máscaras, para ocultar que nuestra democracia ha sido inviable sin la corrupción.

Hay algo, pues, tan perverso como la corrupción: la sintaxis bárbara de quienes tratan de “analizarla” o“escribirla” bajo fórmulas, o peor, estereotipos de una política que nunca ha existido. ¡Dónde está la política de los ángeles! Viejos y jóvenes, progresitas y reaccionarios, periodistas pagados por empresas con idearios diferentes, coinciden a la hora de balbucear tópicos sobre las mentiras, las medias verdades o las propuestas de regeneración de los partidos políticos. Y, además, la corrupción –en esto España se equipara al resto del mundo occidental- es el arma clave de todos los partidos políticos para desbancar del poder al adversario y al enemigo. También es, sin duda alguna, el principal motivo que esgrimen las fuerzas políticas antisistema para alcanzar el poder y, a tenor de las encuestas, diríamos que con un éxito notable. Pero de esto escribo otro día.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios