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TRIBUNA

¿Futura revolución lingüística de la RAE?

Antonio Domínguez Rey
miércoles 19 de noviembre de 2014, 20:50h
Un diccionario no es mero repertorio o colección de vocablos. Su concepto deriva de la raíz latina “dic-ere”, el hecho de decir. Lo así producido es voz vuelta palabra, vocablo. La matriz del Diccionario actual de la Real Academia Española (RAE), el Diccionario de Autoridades (Tomo III), ya advertía la distinción en 1732: “Distínguese el Diccionario del Vocabulario, en que este contiene solo las voces traducidas en otra Lengua o explicadas muy simplemente por algún sinónimo…”. Bastaba con indicar la equivalencia de idiomas. Es idea también contenida en los precedentes culturales del decir, término pariente (cognado) del griego “deíknymi”, hacer ver, mostrar, y del sánscrito “disati”: él muestra.

La palabra “diccionario” encierra un gesto en su acción verbal, una deixis cognitiva. El conocimiento que efectúa la voz al decir algo. Contiene más sustancia mental que un compendio de listas verbales. Indica modos y maneras expresivas de un idioma. Y esto puede ajustarse más o menos a lo que se pretende significar expresando. Si un vocablo muestra mejor que otro lo que se dice, la lengua selecciona el término más idóneo. Y si no es así, evalúa algún otro aspecto peculiar, por lo que el término escogido resulta apropiado. Los idiomas tienden a optimar la intención refleja de los hablantes.

En el acto dicente hay una comparación explícita o implícita. Y al comparar, abrimos el mundo de la ciencia. Seleccionamos elementos. Establecemos prioridades, razones, principios. Procedemos describiendo, explicando y según aquel sentido de deixis vocal en lo expresado. Iniciamos un método.

La lexicología atiende al logos o razón del glosario así confeccionado. Delimita las unidades léxicas de un idioma o lengua. Estudia sus relaciones. Educe un sistema. El lexicógrafo las estampa en soporte fijo por unidad seleccionada. De ahí también la técnica lexicográfica, de donde derivan los procedimientos de confección de diccionarios y normas a que se atienen. Por eso la lexicografía forma parte de la ciencia del lenguaje o lingüística.

Fue éste el objetivo de la primera sesión del Simposio Internacional que la Real Academia Española celebró en Madrid del 5 al 7 de noviembre bajo el título de “El futuro de los diccionarios en la era digital”. Los académicos querían resaltar algo evidente. La lingüística estudia también “las relaciones sistémicas” de las unidades léxicas. Y lo hace antes del año 1950, fecha en la que un académico quiso situar tal fenómeno. El comparatismo se basaba en esto. Lo sabían Sánchez de las Brozas, Hervás y Panduro, el P. Sarmiento, Amor Ruibal, entre otros. Donde hay sistema, subyace método: análisis, síntesis. Otro asunto, delicado, es convertir la técnica gráfica de dicciones, o digital de hoy, en lexicología o parte racional del léxico. El salto de grafo o icono a fono, o la fonografía, el fonoicono, pertenecen a una rama lingüística no precisamente afín a la RAE. Los lexicógrafos traslapan casi siempre este matiz de trasvase semiológico. Y la semiótica les produce sarpullido.

El reto del Simposio era la revolución digital y su amenaza sobre el formato libro, es decir, el Diccionario. Se festeja su vigesimotercera edición con motivo del tricentenario de la RAE, creada por Felipe V el 3 de octubre de 1714. Ocasión propicia. Y radical. Habrá un antes y después de este tricentenario y edición impresa de una de las joyas de la RAE con la Ortografía y la Gramática.

La RAE ha seguido un criterio metodológico más bien explicativo. Ya se orientó así el Diccionario de Autoridades: “El Libro que en forma de catálogo contiene por orden Alphabético todas las dicciones de una o más Lenguas, o las pertenecientes a alguna facultad o materia determinada, explicadas regularmente en el mismo Idioma”. Es también el enfoque de la vigesimosegunda edición, de 2001: “Libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o de una materia determinada”. La modificación producida después de tres siglos apenas se nota si atendemos al valor sinónimo de voz por dicción o a la síntesis implícita de catálogo, forma y alfabeto. La brevedad esplende.

El giro es notable en la edición de 2014. Lo motiva el impacto de la era digital. Se alarga la descripción, pero ya contiene algo básico e ineludible en todo diccionario: “Repertorio en forma de libro o en soporte electrónico en el que se recogen, según un orden determinado, las palabras o expresiones de una o más lenguas, o de una materia concreta, acompañadas de su definición, equivalencia o explicación”. El objetivo esencial de un buen diccionario es la definición: precisa y en el mínimo de palabras posibles. Tal exigencia nos conduce a la lógica, parte de la filosofía, y a la naturaleza de los vocablos, con su calidad pertinente o significado, el sentido que lo envuelve e induce. Lógica y lingüística.

La precisión del concepto y de la expresión fundamenta la norma que confiere carácter prescriptivo al diccionario. Y en razón de aquel valor óptimo al que tiende el lenguaje mediante el habla. La palabra dicta. Es dicción. Contiene logos y el flujo anímico en que acontece. En ello se funda el estilo de una lengua, al que la Academia corresponde seleccionando autores de obra relevante y científicos sabios. O así debiera ser.

Lo que hoy está en juego es precisamente el ajuste singular del fluido lógico, psicológico y conceptivo del lenguaje bajo la presión tecnológica y comercial de instrumentos e intereses mediáticos. La impresión gráfica de antes es ahora plasma, reducción icónica -pantallazo- y matema, algoritmo.

Tal fue el fondo temático de las otras dos jornadas del Simposio. La razón comercial de la edición y el efecto algorítmico sobre el lenguaje. Y con un aliciente de fondo, los casi quinientos millones de hispanohablantes que hay en el mundo. Mucho tiempo tardó la RAE en afanarse con este fenómeno. Y llega a su encrucijada entre tensiones mercantiles no solo hispanas. También se interesan por el español otros países potentes en algoritmos e iconos.

La tecnociencia rompe el anillo mágico de la inmortalidad académica. Las palabras se tornan nubes. Cualquier código digital puede elevarlas a categoría de imagen, revolverlas, expandirlas…, negociarlas. El prestigio de antes -Autoridad- es hoy diseminación común de hablantes. La norma se difracta y restringe a foros oficiales. El Diccionario resulta Enciclopedia. La lexicología ya es Lexicón, catálogo o repertorio decidido por el sistema computacional (Noam Chomsky). Cada unidad cifra sistema. Es núcleo sintáctico, “valor virtual de una proposición”, dice Amor Ruibal a principios del siglo XX. Sonido, significado, roles sintácticos, interfaces. Red de redes, concepto también implícito en este autor gallego. Una revolución académica ajena a la RAE.

El nuevo soporte tiene sus exigencias, como las tuvo la imprenta cuando el grafo de los códices devino tipo, plomo, huecograbado. Ahora es la pantalla lisa, esplendente. Y el blanco actual diluye reverberando. Percibimos antes el impacto icónico de la letra que el significado; el icono que la idea o sentido. Por eso aludía el académico Luis Cebrián al reto de crear un modelo electrónico en vez de transferir el diccionario impreso al algoritmo de pantalla. Establecer el texto en función del contexto. Definirlo sobre un lecho líquido de electroimanes.

El reto de fondo consiste en convertir el carácter discreto del lenguaje en continuo, bullente. Y esto revoluciona otra vez el sistema en que se apoya la metodología de la RAE. Se impone un cambio de estructura, de fundamento. Ya no se trata de computar e idear un diccionario digital apropiado a la era nueva que vivimos, como se resumió en las conclusiones del Simposio. El dígito de hoy está siendo cuenta de ayer. La revolución cuántica lo sobrepasa. La traducción automática, instantánea, de lenguas es el objetivo de máquinas y redes más potentes, nanológicas. En vez de Hipertexto, Pantexto. Pancronía. No átomos léxicos, sino cuerdas, supercuerdas, correlaciones, haces, vínculos, enlaces: “Ars combinatoria”. ¡Qué vieja resulta la novedad del mundo!

Se impone la Enciclopedia hablante, el Ordenador Universal del Lenguaje. Todas las lenguas vividas en una sola, la propia. Y así saldrá a luz lo que Amor Ruibal intuía: la pervivencia de una “relación de origen” en el fondo de la lengua, su valor vivo. El discurso latente en toda lexía o unidad de lengua. Por cierto, a cada una debe acompañarla también el resultado de aquel origen en catalán, gallego y gran parte del vasco. Apreciaremos así el verdadero trasfondo vital de la lengua castellana dentro de la koiné latina, hispana y española. Otra revolución lingüística.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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