Este pasado fin de semana se escenificaba en Madrid la puesta de largo de Podemos como “partido de casta”, mal que les pese a su líder, Pablo Iglesias. De momento, todo son parabienes: tanto el CIS como varias encuestas que manejan PP y PSOE les dan una intención de voto estratosférica, cada vez que alguno de sus dirigentes toma la palabra copa titulares y, sobre todo, no les salpica ningún caso de corrupción.
Es indudable que la frescura de su discurso ha calado; básicamente, en dos sectores: un electorado joven, harto de los vicios del actual establishment de partidos tradicionales, y otro más variopinto cuya seña de identidad es la indignación causada por la corrupción. En este sentido, parte de las denuncias de Podemos tienen mucho fundamento: la práctica totalidad de formaciones políticas -con PP y PSOE a la cabeza- son maquinarias de poder que, lejos de estar al servicio de ciudadano, se han convertido en lobbies de intereses propios.
Sin embargo, una cosa es hablar y otra muy distinta gobernar. Es muy fácil hablar sobre utopías cuando no se tienen responsabilidades de gobierno. Pero que nadie se lleve a engaño: la indignación y el hartazgo de la actual casta política merecen un correctivo, no pasar de algo malo a otra cosa aún peor. Una opción política condescendiente con el terrorismo de ETA, que se niega a pagar la deuda, que propone cercenar la libertad de expresión controlando a la prensa y que quiere cargarse de raíz la propiedad privada no soluciona el problema:; más bien lo agrava. Cuidado, pues, con lo que se vota. Bien lo saben en Venezuela, que empezaron así eligiendo a Chávez porque estaba hartos de la corrupción, y hoy viven una auténtica pesadilla a causa de darle el poder a un sectario megalómano.