La vida es perspectiva. O la perspectiva es la forma en que las personas nos enfrentamos al mundo, lo habitamos y poseemos. Ortega insistió mucho en este asunto al que le llevaron algunas de sus principales lecturas de juventud. Pero perdonen el rodeo, ya que estas líneas no se ocuparán del pensador madrileño sino de un admirador suyo, el periodista y escritor José María Carrascal, quien hace varios años se atrevió a meterse en la vida del propio Ortega, escribiendo una autobiografía apócrifa que en su día reseñé en este mismo portal. Pero es que el concepto orteguiano de perspectiva viene perfectamente a cuento para entrar a comentar el último libro de Carrascal, publicado a sus ochenta y cuatros años, precisamente para consignar su punto de vista (la perspectiva) sobre el mundo.
Lo cierto es que, en términos de perspectiva, más que los años cumplidos lo que de verdad importa es el modo en que esos años se hayan vivido, pues no toda vida acumula igual cantidad de visiones y experiencias, siendo algunas infinitamente más ricas que otras en ese sentido. Tómese como ejemplo la del protagonista de esta reseña. José María Carrascal, a quien muchos españoles sólo pondrían cara a raíz de su entrada como presentador de Telediario en una cadena de televisión privada en los años noventa, regresó entonces a nuestro país y el suyo después de una larga carrera periodística como corresponsal sucesivamente instalado en Alemania, desde 1958, y luego en Estados Unidos, a partir de 1966 hasta finales de los ochenta (aunque sin abandonar nunca del todo su residencia neoyorquina). Como se ve, dos atalayas privilegiadas para contemplar la marcha de la historia durante la segunda mitad del siglo XX.
Aunque no contento con haber presenciado in situ la construcción del Muro de Berlín u ocupar despacho durante varias décadas en la sede central de Naciones Unidas, Carrascal completaría su carrera cultivando una curiosidad intelectual desbordante y una vocación ensayística y literaria ampliamente reconocida, por ejemplo, con el Premio Nadal obtenido en 1972 gracias a su novela Groovy. Recurro a esta semblanza porque sin contar con ella sería bastante más difícil explicar qué interés y mérito pueda tener un libro que su autor titula El mundo visto a los ochenta años. Indudablemente, no son los ochenta años de cualquiera.
“Reflexiones trufadas de remembranzas”. La expresión la aporta el mismo Carrascal y sirve perfectamente para especificar la dimensión híbrida de su libro. A través suyo Carrascal intenta transmitir a los lectores las principales ideas y conclusiones a las que le han conducido una vida marcada, no sólo por las vivencias ya apuntadas, sino también por la decidida voluntad de sacar de ellas el mayor partido posible y, sobre todo, la obsesión por no perder el tiempo (según él, lo más valioso que el hombre tiene). El resultado es una larga suma de entradas dedicadas a los temas y asuntos más dispares. Se ofrece, por una parte, las opiniones sobre algunos temas intemporales: el más allá, Dios, la vida y sus edades o etapas, la muerte, (por supuesto) el tiempo, la impaciencia, la felicidad y el amor.
De otra, se incorpora un conjunto no menos variado de disquisiciones suscitadas por los cambios y novedades a cuya aparición en nuestras vidas ha asistido el autor: evolución de las artes y las ciencias, la liberación femenina, las tarjetas de crédito, la navegación espacial, la informática, la globalización, la creciente importancia del deporte y el fútbol. Y, por supuesto, una serie de apuntes sobre asuntos y problemas políticos, económicos, sociales: antinomia izquierda-derecha, democracia, comunismo y nacionalismos (los viejos y los nuevos), corrupción, crisis económica y otras crisis (de valores, de certezas y referencias), ecología, terrorismo, emigración e inmigración, Naciones Unidas.
Pese a la heterogeneidad de los contenidos, el buen sentido y la sinceridad con las que todos ellos son tratados hace que todas las entradas valgan la pena, sin importar si las apreciaciones leídas se comparten enteramente o no. No obstante, si subjetivamente tuviéramos que escoger unas páginas sobre otras quien firma esta reseña se quedaría con las que Carrascal dedica a perfilar los rasgos y circunstancias de algunos países y escenarios geopolíticos (Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Italia, Rusia, China, India, Israel, Europa y África, el mundo árabe). Y sobre todo su último capítulo dedicado a España, que no tiene desperdicio. Resulta muy estimulante encontrarse con un autor que se siente ciudadano del mundo y al mismo tiempo español y que ha tenido la oportunidad de contemplar a su país natal simultáneamente desde dentro y fuera. En realidad no hay ni una sola entrada del libro de las que no se ocupan íntegra o exclusivamente de España y los españoles donde el autor no meta a ambos.
Ese interés, entre moral y antropológico, por la naturaleza y el devenir de nuestra nación y de sus habitantes desemboca, por cierto, en una visión de conjunto algo amarga (y en esa medida típicamente española). Pero asimismo un diagnóstico repleto de orientaciones sensatas sobre por donde deberían ir los tiros si se quisiera salir de la frustrante situación en la que nos encontramos. Lo que Carrascal no ve muy claro, pese a declarar su convicción en Progreso “por haberlo visto y palpado a lo largo de estos ochenta y tantos años”.