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CRÍTICA DE ÓPERA

Muerte en Venecia: belleza a través de los sentidos

viernes 05 de diciembre de 2014, 09:20h
Actualizado el: 12/09/2014 13:55h
Bellísima coproducción del Teatro Real y el Liceu de Barcelona.

  • 'Muerte en Venecia'. Foto: Javier del Real.


  • 'Muerte en Venecia'. Foto: Javier del Real.


  • 'Muerte en Venecia'. Foto: Javier del Real.


  • 'Muerte en Venecia'. Foto: Javier del Real.


  • 'Muerte en Venecia'. Foto: Javier del Real.

Este jueves se ha estrenado en el Teatro Real la última ópera de Benjamin Britten, Muerte en Venecia, en una bellísima coproducción del coliseo madrileño y el Liceu de Barcelona, donde fue estrenada en 2008 también con un grandísimo éxito.

Quién no ha evocado, incluso de forma inconsciente, escenas del filme de Visconti Muerte en Venecia, basado a su vez en la novela de Thomas Mann, mientras se aproximaba al embarcadero de alguno de los lujosos hoteles del Lido veneciano. La intensidad de la pasión infernal y enfermiza que experimenta su protagonista, el escritor Gustav von Aschenbach, y que solo podía terminar con su muerte, fue capaz de no dejar a nadie indiferente. Aunque fuera para mal, es decir, para rechazar la cruel visión de un hombre que, al final de su vida, no tiene más remedio que dejar de lado sus estructuras y principios hasta aceptar que la belleza no es simplemente algo que admiras, sino que tienes que experimentarla. Y no es agradable pensar que la belleza pueda doler tanto. Menos aún, cuando sabedores de que los años nos han arrebatado las armas necesarias para conquistarla, acabamos por sentirnos patéticos. En este caso, además, culpables de una pasión que no controlamos. A Britten, la historia narrada por Mann le impresionó tanto que durante años quiso escribir una ópera basada en la misma. No fue hasta 1970 cuando el compositor, aquejado ya de una grave dolencia cardiaca que precisaba de cirugía, decidió que no podía posponerlo por más tiempo. Y lo supiera o no, Muerte en Venecia sería su última ópera, su testamento artístico. El último “regalo” que escribiría para su pareja desde 1939, el tenor Peter Pears. Britten se negó a entrar en el quirófano hasta haberla terminado.

De acuerdo con la familia de Mann y resueltos los inconvenientes legales de los derechos de la obra que Visconti se disponía a convertir en película para la Warner, el compositor británico empezó a trabajar en la música, y con Myfanwy Piper en el libreto. Le aconsejaron que no fuera a ver la cinta del director italiano, pero los comentarios de algunos amigos que sí la vieron y opinaban que la relación entre el escritor y el joven Tadzio pecaba de sentimentalismo, parece que influyeron en su decisión de que tanto el joven polaco como su familia y amigos fueran en la ópera bailarines mudos. De esta forma, la obra adquiría, además, un mayor grado de introspección, derivando en un monólogo interior “interrumpido” brevemente por otros personajes, secundarios a la vez que indispensables para el desarrollo de una acción que, como advertía la pasada semana en Madrid el director de escena alemán Willy Decker, tiene como único motor la filosofía del protagonista. Difícil reto se antoja, poner en pie una escena en la que el protagonista es, además, la propia historia.

Sin embargo, Decker, curtido en Benjamin Britten – esta es la octava producción del compositor en la que trabaja – no solo logra imprimir acción al diálogo interior del atormentado escritor que viaja a la ciudad de los canales en busca de la caprichosa inspiración que le es esquiva en casa y se topa de bruces con el amor, sino que lo hace de una forma brillante, inteligente. Confiando en la percepción del espectador, en vez de empeñarse en conducirlo de la mano a donde él quiere. Una lástima que Decker no estuviera presente anoche en Madrid – viajó a Nueva York después de los ensayos para ponerse al frente de otra obra –, porque muchos de los aplausos iban con razón dirigidos a la escena, ese caballo de batalla en el que pocas veces nos ponemos de acuerdo los aficionados madrileños. La escenografía, a cargo de Wolfgang Gussmann, da una lección de exquisita coherencia, apostando por la elegancia del juego de luces sobre blanco y negro, sin desperdiciar la magnífica ocasión de convertir a Venecia en personaje esencial, con indiscutible derecho, de la historia. La ciudad que mejor convive con los contrastes: luz y oscuridad, decadencia y belleza, amor y agonía. En definitiva, vida y muerte. Contrastes, pero también consecuencias, dos caras de una misma moneda.

Pero, como quiso Britten para su ópera final, estrenada en 1973, es el tenor quien lleva el peso de toda la obra. Una responsabilidad que en Madrid recae, durante las siete funciones programadas para este mes de diciembre, en John Daszak. Anoche, en el estreno, el tenor británico ya cosechó la mayor parte de los aplausos, por su interpretación del escritor Gustav von Aschenbach, alter ego de Britten, mientras camina de manera inexorable hacia la muerte. Rendido a sus pasiones que ni él mismo acepta o comprende, la capacidad actoral de Daszak resulta indispensable para transmitir la profundidad del dolor y el cansancio del protagonista. Junto a él, el barítono Leigh Melrose cambia de manera constante de piel para dar voz y vida a los siete personajes que le corresponden. Sin pausa, Leigh interpreta al gondolero que no acepta órdenes de sus pasajeros, al solícito director del lujoso hotel, al barbero, al empleado de la agencia de viajes y al viajero, entre otros. Ambos, Daszak y Leigh, han debutado en el Real, al lado de un gran número de solistas y de la mano del responsable del foso para esta producción, el argentino Alejo Pérez, al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, y para quien esta compleja partitura es de una gran variedad de mundos sonoros casi simultáneos en espacios de tiempo muy cortos.

La llegada de Muerte en Venecia al teatro de la Plaza de Oriente servirá, por otra parte, para el desarrollo de una serie de actividades paralelas que giran en torno a la obra de Thomas Mann. Así, la Fundación Juan March ha organizado un ciclo de conciertos sobre el literato y la Filmoteca Nacional, por su parte, tiene programada la versión cinematográfica de Visconti para este mismo mes de diciembre. En el terreno documental, la Biblioteca Nacional ha abierto una exposición sobre la muerte en Venecia de Mariano Fortuny Madrazo, en la que se exponen aguafuertes y dibujos que dialogan con esta novela del Premio Nobel alemán y reflexionan sobre la muerte de Wagner, otro gran autor que falleció en Venecia y que suponía una inspiración de gran poder para Mann.

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