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TRIBUNA

Pablo Iglesias, asunto de Montoro

viernes 05 de diciembre de 2014, 19:59h

Pablo Iglesias es un fenómeno falaz con mucho mérito; pocos son capaces de hablar tanto teniendo mucho que callar. Su temeridad es pareja a la necedad de quien no examina propios actos antes de criticar los de los demás, máxime cuando se exhibe en el escaparate de los medios de comunicación que pueden denunciar las irregularidades que cometió antes de darse su ensoberbecido baño de masas. Pablo Iglesias no es limpio, nunca lo fue. Ello puede dar pie a que se descubra públicamente lo que solapó como oscuro empresario. No existe ninguna campaña de acoso y derribo que no sea la que ha practicado él contra todos sin poseer ejemplo con el que predicar. Lo mismo sucede con Tania Sánchez y la familia que ha convertido Rivas en un territorio comanche presa de especulación bajo las siglas de IU. O Errejón mamando de la teta de la administración pública que desdice sus sermones sobre la integridad de la política ante la igualdad social. Podemos es una farsa que se origina en sus mismos dirigentes.

Después de conocer las últimas informaciones sobre los antecedentes empresariales, con fingido carácter altruista de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, las cuentas pendientes con Hacienda son vergonzante evidencia; más que las que ellos dicen tener con el Estado español al que pretenden reconvertir mediante una revolución popular que les aúpe al poder para transformar en legal cualquier proceso de expropiación atentando contra la propiedad privada por decreto. Ni más ni menos, el sueño de cualquier ladrón con la excusa del bien colectivo.

La hipocresía es mal reclamo cuando se abanderan causas de Justicia, se percibe desafinada en cuanto no hay coro que realce una voz insuficiente como la que empieza a entonar Pablo Iglesias.

En Venezuela y Argentina lo tienen muy claro, víctimas y victimarios. Está demostrado que quien reparte recibe la mejor parte y si no habría que preguntar a la familia de Chávez, el revolucionario socialista que ni muerto dejó de aprovisionar a los suyos en tanto Maduro raciona productos básicos gloriando el descaro bolivariano que ha convertido Venezuela en una inmundicia demagógica a imagen y semejanza del comunismo más recalcitrante. Comunismo que enriqueció a Fidel Castro quien se agarra a la vida como puede, para no perder sus suntuosas mansiones después de sojuzgar bajo el engaño de la perorata a una pobre y sometida Cuba. Son almas vacías de las que no puede esperarse dignidad. Comunismo que sataniza la economía de mercado para especular con la miseria bajo el yugo de un todopoderoso estado que decide además sobre la libertad de los individuos. Comunismo del que sin ser facha reniego en la teoría remitiéndome a sus misérrimos logros, como para quedarme de brazos cruzados mientras se intenta introducir, mediante burdos populismos, la misma trampa en nuestro país que debiera estar advertido de esta redundantemente histórica amenaza.

Lo que diferencia a Iglesias y adláteres de los dictadores que admiran, es que disimularon las intenciones para camuflar las ambiciones-hasta parecían honrados en tanto porfiaban por alcanzar el poder- mientras que estos podemistas no esconden sus propósitos radicales. Ciertamente que con semejantes mentores de la casta revolucionaria Iglesias aspira a mucho, aunque su fuelle de honradez sea pobre a tenor de los trapicheos y mangoneos que el señor llevó a cabo bajo el yugo capitalista de sus productoras de televisión que explotaron miserablemente a los trabajadores, estos mismos que dice defender en nombre de la regeneración democrática al estilo que pretende estalinista; oxímoron que aún confunde a no pocos incondicionales que deben de ser réplicas exactas de los de Zapatero, el inolvidable que nos llevó a la ruina institucional y económica que aún hemos de remontar.

La legitimidad política de los discursos estriba en la aplicación ejemplar de lo que se comunica. Pablo Iglesias no transmite mensajes de esperanza sino de resentimiento; no basa sus palabras en la inteligencia pragmática de una posibilidad acorde a un programa electoral factible. Su comunicación es extremista arrogándose el derecho de hablar en nombre de la indignación del pueblo. No es positivo ni deseable para una situación crítica que sólo los ignorantes o malintencionados pueden querer solventar dando puntilla a nuestro devenir democrático. Millones de españoles piensan que los extremos nos sobran pero aún más cuando los adalides de la insurrección popular están tan enlodazados en intención corrupta como aquellos que pretenden denunciar.

En el futuro no se sabe qué sucederá porque jugar con la emoción popular conlleva la posibilidad de que la radicalidad más descerebrada imponga argumentos más allá de la prudencia o la coherencia elemental, pero hoy rige la ley que nos ordena a todos y que fiscalmente obliga a responder por las responsabilidades pecuniarias. Ante la irregularidad no caben medias tintas sobre todo si las cometen quienes dicen querer poner veto a los mismos que las perpetran. Antes del triunfo electoral, con premeditación de engaño fiscal, Pablo Iglesias se enriqueció trampeando sin escrúpulos, esa es la realidad contundente que debiera enmudecer su oratoria contra la corruptela.

Al margen de las circunstancias políticas y como derivación de los acontecimientos sucedidos durante su gestión de las productoras de televisión, debería ser investigado. La ley y su cumplimiento competen a todos en mayor o menor medida, se apellide uno Bárcenas, Urdangarín o Iglesias.

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