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TRIBUNA

Teresa de Jesús

domingo 07 de diciembre de 2014, 19:47h

Emil Cioran escribió: “Si Dios fuera un cíclope, España sería su ojo”. Es indudable que la frase ha envejecido prematuramente, pues en nuestro país el laicismo avanza con fervor inquisitorial, organizando autos de fe contra cualquier manifestación religiosa. Se sigue invocando el principio de verificación empírica para cuestionar la fe, con un virulento dogmatismo, que ignora la incapacidad de la física para unificar sus leyes o explicar el origen del cosmos. Newton, Einstein y Heisenberg producen chispas cuando se contrastan sus teorías, pero el saber científico continúa disfrutando del temor reverencial reservado a los ídolos. Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física de 1933, repitió las tesis de Kant en un breve ensayo titulado “Ciencia y religión”, advirtiendo que nuestras distintas formas de interpretar y representar la realidad se configuran de acuerdo con nuestras peculiaridades biológicas y “no pueden ejercer un poder dictatorial sobre nuestras mentes”. El filósofo y moralista judío Hans Jonas ironiza sobre la arrogancia del mundo actual, que descarta la hipótesis de Dios, arrojando al vertedero de la historia las especulaciones de Platón, Aristóteles, Santo Tomás y Kant. Kant refutó las pruebas teológicas sobre la existencia de Dios, pero advirtió que el mundo solo adquiere sentido y finalidad desde una perspectiva sobrenatural. El escepticismo religioso menosprecia cualquier objeción, pero su intransigencia es menos elocuente que una fe sincera. Dios no es un objeto experiencia, sino una vivencia que deja una huella profunda y a veces inspira una peripecia asombrosa. Nos acercamos al quinto centenario del nacimiento de Teresa de Jesús y su obra no cesa de producir frutos. El Carmelo Descalzo se ha propagado por los cinco continentes y la mística teresiana fascina a cualquier sensibilidad despierta, incluso cuando se observa desde la incredulidad.

Nieta de Juan de Toledo, judío converso, Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, probablemente en Gotarrendura, a unos veinte kilómetros al norte de Ávila. Nadie se atreve a cuestionar su extraordinaria personalidad, que reformó el Carmelo, fundó diecisiete conventos y escribió algunas de las mejores páginas del Siglo de Oro. A pesar de su aprecio por la vida ermitaña, Teresa de Jesús rehuyó el campo y buscó la proximidad de las ciudades más prósperas y dinámicas. Los conventos de las carmelitas descalzas se alzaron en una franja de doscientos kilómetros de ancho, donde se concentraban las universidades más prestigiosas de la época. En esa zona, que recorre España de norte a sur, desde Bilbao a Sevilla, pasando por Burgos, Medina del Campo y Toledo, florecieron el humanismo, el erasmismo, el iluminismo y el luteranismo, ferozmente reprimido. Teresa de Jesús no quiso permanecer al margen de los acontecimientos, sino participar en la renovación espiritual de su tiempo. Sería una insensatez atribuirle un precoz feminismo, pero sabemos que la idea del matrimonio no le agradaba. No quería someterse a un hombre e identificaba la vida conventual con un espacio de libertad. En el Libro de las Fundaciones, no oculta la felicidad que le produce “este gran consuelo de vernos a solas” y comenta desinhibida: “Mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas”. De hecho, piensa que las mujeres poseen más cualidades para transitar por la vía contemplativa. No en vano, Cristo buscó su compañía y les otorgó su confianza: “Señor de mi alma, cuando andabádes por el mundo, las mujeres, antes las favorecistes siempre con mucha piedad y hallastes en ella tanto amor” (Camino de perfección). Nuestra triste racionalidad, una herencia envenenada del positivismo, el marxismo y el existencialismo, estima que la experiencia mística constituye un fraude o un simple brote psicótico. El psicoanálisis prefiere hablar de histeria, neurosis y sexualidad sublimada, escondiendo a duras penas sus prejuicios machistas. Sin embargo, la visión mística no es una forma de desorden mental, sino el conocimiento de Dios por medio de una fe iluminada por la razón. Teresa de Jesús se inscribe en la tradición del socratismo cristiano, según el cual el primer paso de cualquier aventura intelectual es conocerse a uno mismo. Influida por San Agustín, intenta llevar a la práctica el itinerario descrito en las Confesiones, que demanda avanzar de lo exterior a lo interior y de lo interior a lo superior. No se trata de una progresión lineal, sino de un viaje por las estancias del alma. La metáfora del castillo interior refleja ese sentido ascendente que impregna la humildad teresiana: conocerse a uno mismo no implica renunciar a los “altos pensamientos”, sino rebelarse contra la mediocridad. La humildad es virtud y la virtud es excelencia, ambición, santidad: “Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéramos no perfecto decir: ‘no somos ángeles’, ‘no somos santas’. Mirad que, aunque no lo somos, es gran bien pensar, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano” (Camino de perfección). Las experiencias místicas de Teresa de Jesús son de carácter intelectual. ¿Qué significa esto? En el Libro de su vida, leemos: “No digo que se ve sol ni claridad, sino una luz que, sin ser luz, alumbra el entendimiento”. La vivencia de Dios es una sensación de unión o comunión que produce paz y felicidad. La metáfora de la saeta que aparece en el famoso episodio de la transverberación no debe interpretarse como un símbolo sexual. Américo Castro pide sensatez: “La Santa pensaba en un dardo o en una flecha. […] No saquemos las cosas de tino”. Al igual que San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús lleva el lenguaje hasta sus límites, intentando expresar lo inefable, lo cual propicia las interpretaciones insuficientes o disparatadas. Antonio Machado ya advirtió que la poesía resultaría innecesaria, si existiera una perfecta correspondencia entre las vivencias y las palabras.

Las reliquias de la reformadora del Carmelo soportaron las mismas extravagancias que las de Voltaire. Aunque faltaba poco más de una década para la Revolución francesa, Francia reaccionó con la misma pasión irracional. Después de la autopsia, uno se queda con el cerebro del filósofo; otro, con el corazón. El París de 1791 reclama un brazo. El general Franco se conforma con una mano de la santa, que le acompaña hasta su lecho de muerte. Ni Voltaire ni Teresa de Jesús son responsables de estos gestos, pero no es menos cierto que casi todos sufrimos cierto grado de fetichismo. La mística teresiana no representa una novedad absoluta, pues en la época del Cardenal Cisneros se toleraba y alentaba esa forma de espiritualidad, que reflejaba el hastío por la teología racional de la escolástica. La aparición de focos luteranos en Valladolid y Sevilla pondrá fin a ese clima. A partir de entonces, la Iglesia Católica se protegerá con una estricta liturgia, colocando bajo sospecha de herejía cualquier desviación o intento de reforma. No es simple fanatismo, sino miedo a las guerras de religión, que devastan el resto de Europa.

2015 será un año complicado. La crisis ha propiciado un peligroso revisionismo, que cuestiona la Constitución, la unidad de España y los buenos modales democráticos. Algunos despacharán el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Jesús como un simple vestigio del nacionalcatolicismo; otros, exaltarán su figura para ocultar sus miserias. No se me ocurre mejor homenaje que releer sus libros y comprobar que es posible cambiar las cosas. Su prosa sencilla, espontánea y altamente introspectiva no invita a la resignación, sino a la rebeldía y el afán de superación. Necesitamos esos sentimientos para mirar el futuro con esperanza y no caer en ese pesimismo que tanto molestaba a Teresa de Jesús, una mujer alegre, inquieta, independiente y tenaz.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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