La oportunidad postergada
miércoles 21 de mayo de 2008, 20:27h
América Latina ha sido desde siempre la hermana pequeña, simpática y con gracia, pero que se siente sola, y debe gritar y patalear para que su voz sea escuchada. Subdesarrollo, crisis económica, hambruna e inestabilidad social y política son los principales rasgos que la caracterizan ante los ojos del mundo exterior. Genera tristeza ver cómo una región que lo tiene todo (en potencia) como recursos naturales, diversidad geográfica, riqueza, cultura y tradiciones, continúa aún en los umbrales del atraso y la marginación. Pero genera aún más indignación e impotencia observar cómo a pesar de tener en los últimos años tasas de crecimiento a niveles históricos que rondan el 6 por ciento y el 8 por ciento, miles de niños mueren de hambre en países productores y exportadores de alimentos o de enfermedades que pueden ser, no sólo curables, sino también prevenidas.
Los acuerdos comerciales y de cooperación entre los diversos países son imprescindibles para alcanzar un desarrollo sostenible a largo plazo. Reuniones como la reciente V Cumbre entre la UE, América Latina y el Caribe reflejan la voluntad de los interlocutores por lograr objetivos comunes. El aumento del intercambio a nivel internacional ha demostrado ser un factor mejorador de las economías más rezagadas. Sin embargo, es indispensable no sólo que haya equidad a la hora de negociar, sino también acuerdo en el seno de sus miembros.
Los bloques económicos de América Latina representan un factor positivo para entablar conversaciones y llegar a acuerdos, además de reforzar el margen de maniobra de cada país. No obstante, se puede visualizar cómo las diferencias entre los líderes latinoamericanos, la radicalidad de sus ideologías y el nivel de conflictividad de algunos países vecinos, amenazan con menoscabar la sensible estabilidad alcanzada en los últimos tiempos.
Países como Brasil, Chile, México y recientemente Perú han demostrado hacer prevalecer ante todo, una imagen de seriedad y destino seguro para las inversiones internacionales, sin abandonar con ello su posición política de izquierda como son el caso de Lula en Brasil y Bachelet en Chile. Entienden mejor que nadie la globalización económica y la necesidad de seducir a las empresas extranjeras. Han hecho los deberes y han tomado nota que la inversión extranjera directa ha sido el récord en el año 2007, alcanzando la cifra de 100.000 millones de dólares.
Del otro lado del tablero encontramos a Venezuela, Ecuador y Bolivia, que a pesar de tener en sus países los índices más altos de pobreza y desempleo, sobre todo en los últimos dos casos, se empeñan por espantar la inyección de divisas nacionalizando sin matices las empresas extranjeras y financiando proyectos estrambóticos cuando no ilegales. ¿De qué sirve defender a diestra y siniestra la equidad de los pueblos si los recursos que le pertenecen son utilizados contra él mismo?
En este fuego cruzado encontramos países como Argentina, que no deja de sorprender con la increíble capacidad de flirtear con unos y aliarse con otros. Se esfuerza por mejorar su imagen frente al mundo pero no duda en presionar a inversores extranjeros para nacionalizar o “argentinizar” empresas. Un vaivén de medidas que deja entrever la carencia de una política exterior consolidada y coherente a largo plazo que permita despegar al país de una vez por todas y alcanzando la estabilidad institucional, económica, política y social resquebrajada en la crisis del 2001.
Si a ello le sumamos los acuciantes enfrentamientos bélicos como la guerrilla en Colombia, la violencia en México o Brasil y el nivel de conflictividad social en Bolivia por ejemplo, obtenemos un escenario con miles de aristas difícil de moldear, que generan odios entre hermanos, incertidumbre y hasta muertes de inocentes. Resulta indispensable lograr consenso interno para poder alcanzar acuerdos externos. La posibilidad de negociar en solitario como le ha ofrecido la UE en la última cumbre a Perú o México fuera de sus bloques económicos sería retroceder varios pasos. América Latina debe conservar sus diferencias, ellas la enriquecen por doquier, pero en el barco del desarrollo sostenible es vital que logre el consenso adecuado para tomar un solo rumbo.
Haber alcanzado tasas elevadas de crecimiento, un notable aumento de las reservas internacionales netas, la reducción de la tasa de desempleo al 8 por ciento refleja la capacidad de cambio y resultan indispensables para sortear lo mejor posible una posible crisis internacional. Sin embargo, este crecimiento debe dejar de ser coyuntural para convertirse en un factor constante de la región. Y para ello es fundamental aplicar el ABC de las políticas de estado bien entendidas, dirigidas a sanear los agujeros negros del subdesarrollo. Control de la inflación, medidas de sanidad y educación, control del gasto público acompañando el ciclo económico, saneamiento de la corrupción enquistada en todos los niveles de gobierno y sobre todo seguridad jurídica resultan ineludibles. En un Estado de derecho es indispensable la protección de los derechos, las libertades y la propiedad, base para la construcción de la confianza del ciudadano para con el gobernante y del inversor para con el país.
¡Es hora que alguien despierte del letargo a los líderes latinoamericanos y les grite al oído que es su gran oportunidad de pasar a la historia! Las oportunidades se presentan de forma esporádica y no siempre estamos preparados para aprovecharlas. Los lazos establecidos con la Unión Europea, China, Estados Unidos, podrán ayudar a que comience a caminar sola por el mundo, siempre y cuando dé todos los pasos necesarios para sentirse fuerte y hábil para negociar. No permitamos que la posibilidad de aprovechar los años de vacas gordas para fortalecer las instituciones, fomentar la equidad y el desarrollo y fortalecer la economía a través de la inversión extranjera, quede en actas de encuentros que se archivan en los cajones de las buenas intenciones.