Adolf Hitler (1889-1945) podría haber sido un hombre cualquiera, si no hubiera sido por un conjunto de circunstancias que cambiaron la historia. Nació en Branau am Inn, en la frontera entre Austria y Alemania, apenas destacó por el amor que tenía por su madre. Con una educación regular y con intereses culturales más amplios, tuvo resultados disímiles. Fracasó en su ingreso a la Academia de Bellas Artes, aunque siguió escuchando música y asistiendo a conciertos, especialmente de uno: " la pasión de Hitler por Wagner no conocía límites", en palabras de su biógrafo Ian Kershaw, Hitler (Península, 2010). Fue soldado en la guerra del 14, sufrió como pocos la derrota de Alemania y rápidamente incursionó en política después del Tratado de Versalles y de la Constitución de Weimar de 1919, que consagraba la democracia. Hitler recelaba de ambos documentos y su significado.
El joven soldado era un hombre común, pero que aprovechaba sus talentos, especialmente uno: la oratoria. Pronto se dio cuenta, según confesaría más tarde, que sabía hablar, y que eso podía ocuparlo en beneficio de sus ideas. Se convirtió en un líder incipiente, populista, capaz de convencer aunque sea a unos pocos. Así formó parte del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, uno de los grupos nacionalistas que circulaban por el mapa político germano. Con ellos organizó su gran momento, el famoso Putsch de la Cervecería de Munich en noviembre de 1923, que resultó finalmente un fracaso y terminó con Hitler en la cárcel, condenado a cinco años por su sedición.
Lejos de amilanarse, el líder rebelde aprovechó sus días en prisión para escribir Mi Lucha, con el apoyo de un fiel Rudolf Hess. Fue su obra fundamental, un texto abigarrado y lleno de proclamas antisemitas, que se convertiría con el tiempo en la "texto sagrado" del nacionalsocialismo. Tuvo trato especial tras la rejas, incluso celebró su cumpleaños con invitados, hasta recibió cierto aprecio de los carceleros. En la cárcel de Landsberg, como señala Kershaw, "Hitler consolidó en su interior y racionalizó para sí la "visión del mundo" que había estado elaborando desde 1919".
Basta leer algunos párrafos de Mi Lucha para saber el contenido profundo del nazismo. Una de sus reflexiones era: "Si al inicio de la guerra y durante esta se hubiera echado gas venenoso a doce o quince mil de esos hebreos corruptores del pueblo, como les ocurrió a cientos de miles de nuestros mejores trabajadores alemanes en el campo, el sacrificio de millones en el frente no habría sido en vano. Antes al contrario: doce mil canallas eliminados a la vez podrían haber salvado las vidas de un millón de auténticos alemanes, valiosos para el futuro". Esto se ve también cuando señala: "Me es hoy día muy difícil, casi imposible, decir en qué momento de mi vida el nombre de judío despertó en mí por primera vez una idea particular… Era una peste, peor que la peste negra de los tiempos pasados, que, en esos sitios, envenenaba al pueblo... El destino mismo me dio la respuesta mientras estaba sumido en el estudio de la doctrina marxista y observaba, sin parcialidad ni precipitación, la acción del pueblo judío".
Sin embargo, y antes de un año, Hitler fue puesto en libertad, el 19 de diciembre de 1924. Muchas cosas contribuirían más tarde a la victoria de Hitler, a la destrucción de la República de Weimar y, todavía más grave, a la consolidación del nacionalsocialismo y al gobierno de quien sería Führer, que llevarían a la ruina de Alemania. Entre los factores más importantes podríamos mencionar, destaca en primer lugar la humillación presente en la sociedad por el Tratado de Versalles, que imponía gravosas condiciones. También resultaba relevante la persistente crisis económica, que generó una situación binaria, como reconoce Niall Ferguson en La guerra del mundo. Los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente (1904-1953) (Barcelona, Debate, 2007): "La Depresión resultó crucial no porque los parados votaran a los nazis, sino porque muchos de ellos se pasaron a los comunistas; como ocurriera en tantos otros países, el fascismo les pareció a muchos una respuesta política racional a la amenaza de la Revolución roja". Esto mismo llevó a un tercer factor, entre otros, cual fue el ataque sistemático e implacable que recibió la República de Weimar de nazis y comunistas, más todavía considerando que en la práctica estos últimos consideraban a los socialdemócratas como sus principales enemigos.
Pero si tuviéramos que decidir un momento esencial, único, irrepetible y dramático, ese se produjo de una manera más o menos silenciosa, pero no por ello menos brutal, el 19 de diciembre de 1924, hace exactamente noventa años: por las puertas de la cárcel a la que había sido condenado por su intento sedicioso, el todavía joven Adolf Hitler salía imperturbable e inamovible en sus convicciones. Dispuesto a completar Mi Lucha como programa ideológico y de futuro para el nacionalsocialismo, convencido de que iba a aprovechar cada minuto de libertad para avanzar en su ideología y para convencer a los alemanes de las bondades de su partido y las debilidades del régimen democrático alemán. ¿Y si hubiéramos sabido lo que vendría por delante? Eso es historia ficción, no lo podemos saber. Pero sí conocemos la ignorancia de sus contemporáneos.
En una crónica del corresponsal del New York Times, como recuerda Luis Reyes en un interesante artículo en Tiempo, se resume la situación: "Su comportamiento en la prisión convenció a las autoridades de que, al igual que su organización, ya no había que temer nada de él. Se piensa que se retirará a la vida privada y volverá a Austria, su país natal". En diciembre de 1924 no comenzó un camino de regreso, sino que continuó el ataque. El destino no sería Austria, sino Alemania y Europa, para gozar de un "espacio vital", el Lebensraum. Nada de vida privada, sino que se convertiría en uno de los hombres más importantes del mundo entero. ¿No había nada que temer de él? Doce años de gobierno bastarían para demostrar lo contrario, en los campos de batalla y, sobre todo, en los campos de exterminio.