El anuncio de la reapertura de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, después de más de medio siglo, es uno de esos hechos que dan una patada al tablero político internacional. Sus consecuencias pueden ser trascendentales, y no sólo, desde luego, para sus principales protagonistas, sino para muchos otros espectadores en el mundo.
Es muy cierto que, con las heridas causadas por décadas de aislamiento, y especialmente con la crueldad dictatorial sufrida por los cubanos, este anuncio pueda ser recibido por muchos como frustrante. Como una cesión estadounidense, y, en concreto, del siempre discutido, por “blando”, Obama. Es natural verlo así, pero probablemente haya más lecturas que hacer en este día que tiene características de histórico.
Para empezar, que la cesión principal, considerada objetivamente, es la del régimen castrista. Porque es éste quien basó todo su relato en el enemigo del Norte. Toda su opresión interior trajo causa de la inventada amenaza del gigante vecino, del imperialismo capitalista. Que si un día fue enemigo del comunismo cubano (por su entonces alianza con la Unión Soviética), hace ya mucho tiempo que a Cuba le dedicaba poco más que indiferencia condescendiente. Aunque siempre salpicada por momentos de confrontación (espionaje) y por alguna efervescencia en la opinión pública causada por la frustración de los exiliados cubanos en suelo estadounidense. Y exacerbada también por los innumerables episodios de represión interna del comunismo cubano.
Pero ahora, los declinantes Castro parecen haber llegado al fin de su viaje. Lástima, por su pueblo, que no lo hubieran hecho hace mucho tiempo. Como mínimo, con la caída del Muro de Berlín. Pero su ambición de poder les ha hecho mantener su propio Muro, el del Caribe, veinticinco años más. Años perdidos de miseria y víctimas. Y que aún no han terminado, aunque obviamente, la normalización diplomática y económica de Cuba con el símbolo de Occidente no puede tener otro final que el avance hacia fórmulas de mayor libertad. Aunque es difícil saber si este proceso será tan rápido como en la Europa del Este, o será más agónico y desesperante.
En todo caso, nada va a ser lo mismo. Ni para Cuba ni para otros países americanos. Y no hay que ser un lince para pensar que el primero que notará las consecuencias de la distensión será la Venezuela del chavismo espectral ahora comandada por Maduro. Pues fue Chávez quien construyó una alianza entre la ideología antiimperialista del castrismo con la financiación vía petróleo. Y con esa entente, logró contagiar a una parte de sus vecinos continentales que, con unas u otras formas, desplegaron un nuevo estandarte bolivariano que contaminó Nicaragua, Ecuador y Bolivia, junto a otros pequeños países. Incluso propició algunos guiños cercanos de Argentina y Brasil.
Pero el primero en la lista es Venezuela. Porque primero Chávez, con su carisma represivo, y ahora Maduro, con su represión sin carisma, se subieron de forma entusiasta al carro cubano como sistema perfecto para la perpetuación en el poder, siempre en nombre del pueblo, obviamente. Se asociaron a la vía al socialismo cubana con todos y cada uno de sus ingredientes, empezando por el apego a la palabra revolución.
No había que ser un genio, insisto, para saber que esa asociación ideológica con el paleocomunsimo cubano solo podía tener como resultado el empobrecimiento general en lo económico y la represión devastadora en lo político. Pequeños tributos que las dictaduras vocacionales no dudan en pagar con tal de ejercer el poder.
Por eso, Venezuela había entrado en caída libre. Sólo que Venezuela no es una pequeña isla, geoestratégicamente irrelevante si carece de apoyos. Venezuela es un país importante, con riquezas naturales extraordinarias. Y su capacidad de contagio vecinal tampoco podía desdeñarse. Porque otros países iban a seguir su estela, que solos no habrían seguido sin un primo de zumosol que les diera la seguridad que su pobreza no podía aportarles.
En una palabra, la Cuba doblemente aislada había dejado de ser un incordio. Pero Venezuela se había (se ha) convertido en un dolor de cabeza. Pues, por desgracia, la opinión pública mundial había dejado a su suerte a los cubanos de la disidencia, protegidos por las corrientes “progresistas” occidentales. Pero es mucho más difícil aguantar ahora el espectáculo represivo de un régimen capaz de acabar con su oposición por la tremenda, a golpe de cárcel o asesinato.
Si las bravatas antioccidentales de Cuba ya no las escuchaba nadie, las del chavismo venezolano amenazaban con acabar con muchos equilibrios. Por ejemplo, en lo que nos atañe, la beligerancia del Gobierno venezolano hacia España no sólo había superado los límites de la paciencia, sino que contagiaba la actitud de otros países americanos hacia nuestro país (como se vio en las ausencias de la Cumbre Iberoamericana). Lo que quizá sirviese para su consumo interno, pero estaba expulsando moralmente lo español de sus naciones hermanas. Pero resulta que cuando el genio Maduro iba, hasta llamando asesino a Aznar, como el castrismo lo hiciera con Bush, era justo Castro el que volvía y negociaba (incluso con la mediación del Papa) la reconciliación con Estados Unidos.
Es cierto que aún queda mucha tela por cortar en este proceso que parece abrirse ahora. Pero es imposible que una relación más normalizada entre Cuba y Estados Unidos no dé que pensar a los otros pueblos subyugados por el populismo antioccidental. Porque cuando caen los muros despiertan las conciencias. Y todo muro se levanta, no para proteger, sino para encerrar a los propios bajo la supuesta amenaza de los otros.
Puede ser aventurado, pero da la impresión de que Estados Unidos, obligado a luchar en varios frentes (Oriente Próximo y el yihadismo en lo militar, Rusia en lo casi militar y China en lo económico) ha querido quitarse presión en un cuarto frente, el de su patio trasero de América. Y puede ser pronto para asegurarlo, pero tiene toda la pinta de que vamos por ese camino.
En fin, y pensándolo bien, también es lástima que en el momento en que el mundo se harta de los castrismos y chavismos (incluso ellos mismos), sean algunos españoles los que quieren trasladar el modelo criptocomunista a nuestra vieja Nación europea. Sólo por dejar a estos revolucionarios de laboratorio en evidencia habría que felicitar a Obama. Hasta él podía acertar alguna vez, aunque pareciera milagroso. Yes, we can.