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TRIBUNA

Historia, política, oratoria (I)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 19 de diciembre de 2014, 11:02h
Actualizado el: 28/12/2014 08:15h

Recuerda el cronista con intensa vibración la lectura, en una mañana de París de la Francia, en un abril de comedios de los sesenta, de un titular de la primera página del diario más leído del país del Hexágono y aun de las elites de todo el viejo continente, en el que, reproduciendo los apóstrofes de un gran debate en la Cámara de los diputados entre P. Méndes-France y el primer ministro gaullista G. Pompidou, éste reprochaba al célebre líder socialista el ser “un hombre de la II República”, invectiva que mereció de su adversario la siguiente respuesta: ”Y Vd. un personaje del II Imperio…”.

En la melancolía propiciada por la estación otoñal y el pesaroso declive de nuestras instituciones representativas (fuera de las cuales no puede existir clase alguna de democracia), el articulista es incapaz de embridar los mecanismos emocionales que desatan en su ánimo la evocación del bon vieux temps… Porque, en efecto, fue aquélla una época que asistiera, en el último gran tramo de nuestra contemporaneidad –el abierto con la “década prodigiosa” y cerrado con el estallido de la diabólica crisis hodierna-, al fastigio de la Política con mayúscula –en la que priman más las ideas y las ilusiones que los intereses y el abroquelamiento de lo conquistado-, al culmen de la oratoria parlamentarias en Gran Bretaña, Alemania Federal, Italia y, por supuesto, Francia; y, finalmente, al vértice de un saber histórico contemplado como objeto de primera necesidad para el entendimiento de la aventura humana y la recta y provechosa de hombres y mujeres en sociedades libres y creativas. Desde entonces, muchas, muchísimas cosas atañentes a la medicina, el derecho, las comunicaciones, la enseñanza progresaron a escala internacional y nacional; pero también, en ambas dimensiones, decayeron con irrefrenable fuerza ante nuestros impotentes ojos.

Europa, desde luego, ya no es Europa, o, al menos, en la medida del periodo que contemplase los esperanzados esfuerzos para su unión, en lo político y cultural más que en lo económico, pronta y espectacularmente conseguida. Tampoco Francia es ya la Francia de la etapa más roborante del gaullismo y de la aceleración de la cochura de su positiva alternancia socialista. El cronista –y perdón sincero por la nueva referencia personal- experimenta una viva simpatía por el actual primer ministro galo y de cuna hispana, Manuel Valls, cuya obra de atlante –nada menos que devolver a su pueblo las virtudes que labraron su grandeza histórica: trabajo ahincado, sentido de las proporciones, patriotismo embriagador, afán indeclinable de grandeza, responsabilidad a ultranza en todos los menesteres públicos y privados- no puede por menos de suscitar la solidaridad espontánea, aquende y allende los Pirineos, de las gentes que conceden a la Política y sus principales protagonistas el primado de honor y la alta consideración que reclaman el ejercicio y la gestión honesta y biempensante de la res publica en todos sus grados y modulaciones. Mas aun así, ha de reconocerse que en el crepúsculo de este año decisivo de 2014, Francia, la nación con derecho irrenunciable al copyright de la actividad política con marchamo moderno, no es ya el faro de tiempos todavía no demasiados lejanos para la implantación del modelo económico-social que habrá de construir el armazón del próximo relato de una historia para guía y consumo de, cuando menos, las tres próximas generaciones.

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