Tras la histórica decisión de poner en marcha el desbloqueo del embargo a Cuba, Barak Obama sigue en la misma línea de una política de disensión, en este caso frente a Rusia. El presidente norteamericano acaba de firmar una ley aprobada por el Congreso que le permite adoptar nuevas sanciones contra Rusia por su actuación en el conflicto de Ucrania. Pero ha decidido dejarlas en suspenso, dada la grave situación por la que atraviesa el país. La caída de los precios del petróleo ha arrastrado a Rusia al borde del precipicio con un desplome brutal del rublo. Al hundimiento económico también han contribuido en considerable medida las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea como respuesta a su descabellada anexión de Crimea en el marco de su inaceptable desestabilización de Ucrania.
Obama ha tenido un gesto sensato y de buena voluntad para no agravar la crisis rusa, con un Vladímir Putin que se empeña irresponsablemente en considerar a Rusia como una gran potencia, cuando no tiene recursos para ello, y en lanzarla a una política imperialista. Su actuación en Ucrania se ha convertido en un paradigma de las intenciones rusas, que, además, Putin reviste de maquiavelismo o de un victimismo que se envuelve en arrogancia. No hace mucho, en el solemne discurso anual pronunciado en el Kremlin acusó a Occidente de pretender el desmembramiento de Rusia. Lejos de eso, Obama tiene en cuenta las actuales dificultades del país.
El mandatario norteamericano, sin embargo, ha señalado que esto no significa un cambio en la política de sanciones. Obama le da un voto de confianza y ahora la pelota está en el tejado de Putin, a quien se le ha vuelto a urgir a que abandone su injerencia en Ucrania. Dado el talante del presidente ruso, es difícil que este gesto de Obama obtenga su compensación. Esperemos, no obstante, que Putin no se atrinchere en una actitud que va en contra del propio pueblo ruso.